CONTRATAPA › ARTE DE ULTIMAR

Mudar colchones

 Por Juan Sasturain

Hay una diferencia entre el crimen y los negocios. Para hacer negocios es necesario tener capital. A veces pienso que es la única diferencia.

Raymond Chandler, El largo adiós

Creo que fue hace pocos días, charlando con mi hijo Diego, que en medio de divagaciones libres sobre situaciones límite apareció la mudanza, momento de alevosa confrontación y exposición pública e íntima, grandezas, miserias, pudores e impudicias: “Lo peor son los colchones”, concluyó Diego, siempre tan sagaz. De esa jocosa iluminación proviene el elusivo título de esta nota. En cuanto al acápite, la cita de Chandler no está sacada de uno de los tantos monólogos reflexivos del demoledor Philip Marlowe en su mejor novela sino de un interlocutor ocasional del detective. A la altura del capítulo XXV están hablando de especulación/apropiación inmobiliaria, de la venta semiextorsiva de tierras. A Marlowe, la comparación le resulta demasiado cínica y acota que incluso el crimen también necesita capital. En fin, que las diferencias son menores aún.

Seguidor como soy del nunca suficientemente valorado Pancho Ibáñez y de su difundido apotegma de que “todo tiene que ver con todo”, lo mío es un poco intuitivo y acaso no muy riguroso, pero no puedo evitar que las referencias me vengan a cuento y a novela con motivo del tema de las voraces AFJP –hoy en saludable cuestión, claro–, un auténtico (y legal) emprendimiento comercial/delictivo que Menem & Co –vía nuestro soberano Congreso, no olvidemos– supo poner en marcha. Y lo hizo, precisamente, habilitando a los dispuestos al saqueo y a la especulación, el acceso al bendito capital: lo único que no tenían (no querían tener) y que nunca están dispuestos a poner, por supuesto. Siempre hay algún boludo a sueldo, cada uno de nosotros, más precisamente, que la pone mes a mes.

Así, lo de los noventa, como en todos los aspectos de la llamada “apertura de la economía”, con el verso de la “desregulación” y el fomento de la “iniciativa privada”, en este caso fue lo más parecido a distribuir patentes de corso entregándoles a los piratas los galeones inermes –y anclados, en lo posible– para que “administraran” el botín, se lo repartieran sin codazos. Buen discurso acorde con los tiempos: “Dame la guita que yo te la cuido y te la hago trabajar, vas a ver cómo te devuelvo mucho más de lo que me diste... Total, si no te rinde lo que según mis cálculos especulativos debería, yo no pierdo –siempre cobro comisiones, vivo de vos, saco para mí–, ya que como un modo de ‘protegerte’ a vos –en realidad, protegerme a mí– el pelotudo del Estado que me regaló tus aportes se hace cargo de mi ineficiencia. Dormí sin frazada”. Nos despertamos cagados de frío.

Por todo esto, más allá de la proverbial, sistemática, casi ridícula torpeza con que se instrumentan las políticas y se anuncian/toman las decisiones en materia económica desde el Gobierno, el gesto de cortarles el chorro a estos chorros es en principio saludabilísimo. Lo curioso son dos cosas: una de ellas, cómo se rasgan las vestiduras (ahora) muchos de los que aparecen repentina y saludablemente preocupados por la integridad de los fondos aportados por la gilada, hoy de golpe en peligro –dicen–, en manos de un Estado voraz y ladrón, pésimo distribuidor. La otra es el patético impudor con que las bandas administradoras en retirada tratan de zafar, salvar como siempre los muebles y la ropa, se mudan y –en la calle, en los diarios, digo– podemos ver los impúdicos colchones compartidos, las huellas de una intimidad vergonzante que no los avergüenza.

Es que son literalmente unos sinvergüenzas. Como decía una tía mía, jubilada.

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Imagen: Rafael Yohai
 
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