CONTRATAPA › OBAMA

El día después

 Por Boaventura de Sousa Santos *

La magia y el simbolismo de la elección de Obama como presidente de Estados Unidos atravesaron el mundo como un cometa. La luz de esperanza, de victoria contra el racismo y de oportunidad para la paz fue tan intensa que, por un momento, el mundo pareció reconciliado consigo mismo. Fue un momento breve, pero permitió imaginar la utopía de una sociedad más democrática, sin prejuicios raciales, centrada en la búsqueda de la paz y la justicia social. Como todas las luces intensas, el resplandor nos dejó ciegos a la realidad que yacía junto a una ilusión tan atractiva. En el mismo momento en que el mundo asistía conmovido al discurso de aceptación de Obama, la noche del 4 de noviembre, en el norte de Afganistán una fiesta de casamiento era destruida por bombarderos de los Estados Unidos, dejando cuarenta cadáveres sobre el suelo cubierto de sangre y ropas de fiesta. Fue el sexto casamiento destruido desde que comenzó la invasión a Irak.

A medida que el resplandor se desvanece, el mundo se prepara para un período de cierta suspensión entre las frustraciones que siguen a las grandes expectativas y la necesidad de no hacer juicios precipitados. El mundo al que me refiero no es todo el mundo. No son, por ejemplo, los racistas que están a la espera de la primera señal para gritar que “los negros no saben gobernar”. Son los ciudadanos de los Estados Unidos y de todo el planeta que en la noche de la elección se regocijaron con la posibilidad de un mundo mejor. Son la inmensa mayoría de la especie humana, pero su poder no es proporcional a su número.

En el área de la seguridad y la guerra, los motivos para el optimismo son: el cierre de la base de Guantánamo; la abolición de la tortura; la revocación de unos doscientos decretos presidenciales que hicieron de EE.UU. un Estado autoritario en el plano interno y un Estado paria en el plano internacional; el regreso de la diplomacia y del multilateralismo. Entre los motivos de preocupación, el principal es la guerra. ¿Cumplirá Obama su promesa de retirar las tropas de Irak en dieciséis meses? La propuesta de promover un acuerdo entre la India y Pakistán sobre el territorio de Cachemira (sin consultar a sus habitantes, claro), con el objetivo de que el ejército pakistaní esté disponible para combatir a los talibán, además de poco realista, corre el riesgo de transformar a Afganistán en la guerra de Obama, tal como Irak fue la guerra de Bush. Si Osama bin Laden es, de hecho, el inspirador del terrorismo, sólo los talibán podrán entregarlo. Para eso hay que negociar con ellos, lo que será imposible si continúan siendo el enemigo pese a que controlan el poder local de más de la mitad del país y su mayor base étnica (los pashtunes) está distribuida entre Afganistán y Pakistán. ¿Quién podría imaginar hoy que Vietnam fue alguna vez una amenaza comunista para la seguridad estadounidense? Y, no obstante, en su nombre murieron 58 mil soldados norteamericanos y un millón de vietnamitas. ¿Qué se dirá mañana de la “amenaza terrorista” de Irak y de Afganistán?

En el plano internacional, no es seguro que Obama produzca un gran viraje hacia el respeto por los pueblos con intereses diferentes de los de las multinacionales estadounidenses, ni que vaya a priorizar las buenas relaciones con Rusia, ahora que se sabe que Georgia fue activamente inducida a invadir Osetia del Sur para provocar la invasión rusa, con la pretensión de obtener dividendos para la campaña de McCain; ahora que se sabe que la instalación de misiles a 800 kilómetros de la frontera rusa fue una provocación premeditada de los neoconservadores.

En el plano de la economía, la dimensión de la crisis que se aproxima todavía está por determinarse y la capacidad de maniobra de Obama será escasa. Tal como sucede en todos lados, tendrá que recurrir a la inversión pública para detener el desempleo. Pero, ¿aprovechará la oportunidad para construir un “capitalismo con rostro humano”, tal como hizo Roosevelt ante la crisis de 1929 (y luego deshicieron Reagan y Clinton)? En Washington D.C., unos 40 mil lobbystas ya trabajan para influir sobre el voto de los 537 representantes del pueblo norteamericano e impedir que eso suceda.

* Doctor en Sociología del Derecho; profesor de la Universidad de Coimbra (Portugal) y de la Universidad de Wisconsin (EE.UU.).
Traducción: Javier Lorca.

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