CONTRATAPA

Nadar de noche

Por Rafael A. Bielsa
Durante los últimos tres lustros, parte del periodismo argentino fue una ventana abierta al aire fresco. Hoy, parte del periodismo argentino, inclusive parte de la primera parte, ha dejado de serlo. Como si nadara de noche, se guía por intuiciones, por errores de cálculo, por la ráfaga de rating de lo que cree que es una estrella. Como si nadara de noche, con sus brazadas demasiado ambiciosas o demasiado mezquinas, golpea al que nada cerca.
En mitad de la oscuridad, se ve lo que está más próximo, se escuchan palabras que se superponen sin alcanzar a formular un aviso, se confunden gatos pardos con tigres de Bengala. De noche, no se sabe si se está de frente o si se está de espaldas, si se está yendo o volviendo, si se acerca el final o más cercano está el principio.
El modo de ejercicio de la libertad de prensa frente a una tragedia es quizás el punto más estratégico desde donde observar comportamientos, reflexionar acerca de ellos y sacar algunas conclusiones.
En ocasión de los atentados del 11 de setiembre de 2001 contra las torres gemelas del World Trade Center, en Nueva York, no se vieron retratos de un solo cadáver. La autorrestricción de los medios de comunicación norteamericanos hizo que optaran por no difundir imágenes “chocantes”. Después del discurso del 20 de septiembre del presidente Bush, en el que llamaba a una “guerra contra el terrorismo”, a la autocensura se añadió la “fiebre patriótica”. Las consignas fueron “La nueva guerra de América” o “En guerra contra el terror” (CNN), y también “América contraataca” (CBS). Paul Khlebnikov, periodista de la revista económica Forbes, ha dicho que “... si, en ocasiones, los medios dieron muestras de falta de objetividad, nunca fue por presiones de las autoridades”.
Con todo, la búsqueda de límites hacia adentro de los medios de prensa es, sin dudas, la mejor de las soluciones frente a las presuntas consecuencias negativas de no tener responsabilidad, mesura y equilibrio. También en los Estados Unidos encontramos ejemplos de la otra posibilidad, esto es, que las autoridades gubernamentales tomen cartas en el asunto, marcadas por sus urgencias, aplicando la teoría “están conmigo o son mis enemigos”.
El 28 de septiembre se supo que Ian Austin, fotógrafo de la agencia Aurora Quanta Productions, había entrado en el perímetro de seguridad trazado por las fuerzas de seguridad alrededor de los restos del World Trade Center, y como consecuencia de ello había permanecido tres días en prisión. Austin confió que “... los policías me dijeron que querían dar ejemplo conmigo”. De acuerdo con The Reporters Committee for Freedom of the Press (RCFP), organización norteamericana de defensa de la libertad de prensa, “al menos cuatro periodistas” fueron detenidos y acusados de violar las reglas de acceso al sitio de la catástrofe.
Después del 11 de septiembre se creó un complejo sistema de acreditaciones, por parte de la policía y del ejército, para los periodistas que quisieran ingresar al lugar del World Trade Center. Según el diario Los Angeles Times, a partir del 19 de septiembre la policía empezó a secuestrar las películas de fotógrafos que se acercaran. A muchos se les retiraron los permisos de acceso, por no obedecer las órdenes de las autoridades. Para Don Emmert, responsable de fotografía de la Agencia France-Press en Nueva York, las condiciones de acceso son “dignas de un Estado policial”. Los que circulaban libremente eran los fotógrafos militares de la Marina norteamericana y de la FEMA (Federal Emergency Agency). “Ellos proporcionaban fotos a las agencias, pero no se podía esperar ver cadáveres”, explica Emmert. En la Rusia de Vladimir Putin, luego de la toma de 800 rehenes por terroristas en el Teatro Dubrovka de Moscú y la operación de rescate que terminó con más de 90 rehenes y 50 terroristas muertos por el empleo de un gas opiáceo, la Duma del Estado (cámara baja del Parlamento) aprobó en noviembre de 2002 una nueva ley de prensa que prohíbe divulgar información “que revele métodos técnicos especiales y tácticas de una operación antiterrorista de las fuerzas de seguridad”, y difundir citas textuales de personas contrarias a una operación antiterrorista.
La medida, que fue votada por 231 diputados oficialistas, contra 106 (legisladores liberales y de izquierda en su mayoría), también prohíbe informar sobre la guerra que libra el ejército ruso contra los rebeldes separatistas en la república de Chechenia, según las autoridades una “operación antiterrorista”, así como difundir datos sobre las unidades de elite que participen en las operaciones, las comisiones encargadas de manejar situaciones de crisis, “secretos de Estado” o cualquier otro dato sobre armamento, municiones y explosivos. Esta norma deberá ser ratificada por la cámara alta del Parlamento.
En nuestro país, la noticia del secuestro del rugbier Federico Virasoro fue dada cuando el secuestrado seguía en cautiverio y la negociación con los delincuentes estaba en pleno progreso. Dicen que hubo alguna vacilación por parte de los secuestradores –”¿no convendrá liquidar a este tipo?”–, pero afortunadamente el caso terminó “bien”: la familia pagó 50.000 dólares y Virasoro recuperó la libertad. El analista Raúl Kollmann escribió que el periodista que habló había obtenido, por parte de la policía, la seguridad de que tendría la primicia si esperaba a que el secuestrado fuese liberado. Fue “aquel” periodista, pero bien pudo haber sido cualquier otro; quien estaba encerrado era Federico Virasoro, pero antes lo había estado el hermano de Juan Román Riquelme, y luego lo estuvo Antonio Echarri.
Hoy, parte del periodismo argentino disputa, con la saña y con las novatadas de los criminales y con la incompetencia de las fuerzas de seguridad, segmentos de responsabilidad en el peor desenlace imaginable de tragedias tales como el secuestro extorsivo. Desdeña lo que dicen los códigos de ética de muchos medios de prensa del mundo respecto del derecho a la intimidad, la transmisión de noticias comprobadas, y de la no manipulación de los rumores.
Parte del periodismo nada de noche. Y como suele suceder cuando se nada de noche, va donde el agua negra resuelve, y no donde habría que ir.

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