CONTRATAPA

Homo Dios

 Por Rodrigo Fresán

Desde Barcelona

UNO Rodríguez lleva esa foto reciente en su billetera. En el mismo sitio donde otros guardan instantáneas de fugaces seres queridos, billetes de lotería perdedores, o preservativos que a veces no. La foto –click del observatorio orbital Chandra-X– es una postal cósmica en la que algo parecido a la mano de Dios despide rayos en los cielos de una capilla Sixtina astral. Aquí está: algo como dibujado por Jack Kirby para la Marvel Comics, algo muy Galactus desatado y furioso. O algo muy Cthulhu y lleno de adjetivos de H. P. Lovecraft (del que se acaba de rematar el manuscrito de una “historia de las supersticiones” encargado en 1926 por el ilusionista Harry Houdini y donde se lee que “la mayoría de nosotros, en lo más profundo de nuestro corazón, somos verdaderos paganos”). Pero no: es la foto de una giratoria estrella neutrónica de unos veinte kilómetros de diámetro y diecisiete siglos de edad. Pulsar B1509 liberando lluvia púrpura con un escudo electromagnético quince trillones de veces más fuerte que el de la Tierra. Pero a Rodríguez le sigue pareciendo una mano celestial que te puede mostrar el dedo medio en alto y fuck you o bendecirte con un v de la victoria o dar un puñetazo en la mesa de nuestras últimas cenas. Algo en que creer para los que –zarpa zurda de Maradona incluida– no creen en nada.

DOS Hay tantas canciones sobre Dios como canciones sobre el amor. Y uno y otro son entidades ambiguas e impredecibles que no creen en ti: un día todo bien, y una noche se acabó lo que se sentía. Y plagas y castigos. Así, el piadoso “God”, Lado B del single “Purple Rain”, del reverendo y reverente y profano y profundo y dionisíaco y apolíneo y romántico y soft-pornógrafo y cursi-kitsch y vintage-vanguardista y funk y psicodélico y carnal-espiritual sexy motherfucker alguna vez conocido como Prince y alabado hasta por L’Observatore (Rodríguez se dice que si él fuese Madonna, la única que queda de la Santísima Trinidad de la MTV Generation 58, ya mismo estaría desapareciendo en un convento de clausura). Y el “Dios es el concepto con el que medimos nuestro dolor”, cantaba un John Lennon gritón y primal. Y el Dios tan poco interesado en sus criaturas en “Big Sky” de The Kinks. Y el Dios tronante y rayado de Bob Dylan. Y el Dios en aquella otra canción de XTC al que se le pregunta si creó a la humanidad luego de que la humanidad lo crease y en esa otra en la que, con la voz de Randy Newman, se ríe de todas sus criaturitas maravillado porque éstas crean en algo como él. “De verdad que me necesitan”, se regocija desconcertado el Dios de Newman desde la segunda estrella a la derecha (¿Pulsar B1509?) y todo recto hasta el nunca jamás de los jamases. Pero, aún así, más allá de versos y salmos, Rodríguez (que ha leído y sonreído a los agnósticos Richard Dawknis y Christopher Hitchens) sigue diciendo “Dios mío” o, mejor, un “Diossss...” (con ese ssssonido final como de globo que se desinfla). Y reza por la segunda venida de aquella fe que le impusieron de niño y que se le perdió en la adolescencia y que se le hace tan difícil de recuperar cada vez que oye de curas pederastas o, incluso, de las astucias de un Papa que da la bienvenida a los divorciados para aumentar la clientela (sin sospechar, se dice Rodríguez, que no conseguirá otra cosa que provocar un tsunami de separaciones reprimidas durante años en México y otros bastiones del catolicismo). O que los dioses hawaianos prohibieron que se erija un telescopio gigante en Mauna Kea y que los dioses malasios provocaron un terremoto porque unos turistas ingleses se desnudaron en la cima del sagrado Monte Kinabalu y lo colgaron en las redes. O de las masas de creyentes –todavía en éxtasis por los festejos de las cuatro décadas de la Edad de Jobs– con ansias no de poder pero sino de más potencia a las que sólo les queda consolarse a la espera del nuevo gadget mejorado (pero no tanto y tal vez nada) de Apple. O de los infieles conspiranoicos comentando eso de que el símbolo de la empresa es el fruto tentador y prohibido y mordido del árbol de la sabiduría y que el primer Mac tenía el anticrístico precio de 666 dólares con 66 centavos y Diossss...

TRES En busca de algo más serio y confiable, Rodríguez viene viendo –-domingo tras domingo, en el National Geographic Channel– los seis capítulos de la serie documental The Story of God. Allí, Morgan Freeman (quien hizo de Dios en una de esas infernales comedietas de/con Jim Carrey) va de aquí para allá por veinte ciudades en siete países en cinco continentes y cinco religiones (budismo, cristianismo, hinduismo, islamismo y judaísmo), sube a pirámides egipcias y aztecas o desciende a sótanos vaticanos o se para junto a muros de lamentaciones en busca de explicar esa variante del ser o no ser que es creer o no creer. Ese signo de los tiempos que vale para todos los tiempos, desde el Génesis al Apocalipsis. Y no está mal el programa con Freeman; aunque tiene un defecto mortal y un pecado imperdonable: no prueba la existencia de Dios. Freeman no consigue entrevista/audiencia con el protagonista. Y busca suplir semejante ausencia con amable gravitas y aportando su voz y sonrisa para conversar (con religiosos, neurólogos, académicos, antropólogos y hasta con un robot hecho a nuestra imagen y semejanza que se propone como vida digital después de la muerte) sobre el Bien y el Mal y el Principio y el Fin. Y en un momento luminoso, al final del túnel, Freeman encuentra su Paraíso en una aldea en la India. Es el único lugar donde no lo reconocen, explica con humilde soberbia. Ahora, lee Rodríguez, Freeman se prepara para participar en una nueva versión de Ben-Hur para, de aquí a unos años, incluirla en la programación catódica de Semana Santa; fecha que nunca se sabe muy bien cuándo cae –pero en la que todos creen en este estado aconfesional tan católico– porque es muy buena para el turismo. Y, a esta altura, el cielo de los visitantes es lo único que puede salvar a los españoles del infierno de sus locales.

CUATRO Mientras sus satánicas y longevas majestades, Los Rolling Stones, siguen dando vueltas por ahí, se supo de la muerte inesperada de Prince a los 57 años el mismo día en que la Queen cumplió previsiblemente sus 90. Coronada de gloria sigue viviendo por derecho divino Elizabeth II mientras su hijo Charles la mira desde afuera. Lo de Felipe VI es diferente: no lleva corona ni cetro se supone proclamado por un pacto con el Estado y no por el índice de Dios. En cualquier caso, el monarca ya está recibiendo (por tercera vez) a sus peones parlamentarios. Aquí vienen de nuevo haciendo bufonadas. Rajoy como un Jehová ausente. Iglesias como un amateur Jesucristo en versión Superstar informando en entrevista que “mi madre me ha dicho que se me ha puesto cara de presidente” (¡milagro!). Sánchez como el José al que van corneando desde todas partes. Y Rivera como ese centurión convertible que de pronto ve la luz. Todos ellos predicando en un paisaje corrupto –se entra y se sale de cárceles y tribunales como quien va al baño a orar– donde todo es Sodoma y Westeros y Panamá. Rodríguez puede imaginar a Felipe VI viéndolos venir, de nuevo, pensando un “Diossss...” mientras mira al cielo y le pide un deseo a Pulsar B1509 sabiendo que no se lo va a conceder porque ya le cumplió el otro deseo.

Y ya se sabe que Dios siempre es muy pesadillesco cuando te hace realidad un sueño.

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