CULTURA › OPINIÓN

Aquel sueño del pibe

Por Horacio Salas

Nunca había estado fuera de la Argentina, y al mes siguiente salía la segunda edición de las obras completas de Pablo Neruda, quien, cansado de reportajes, no solía otorgar entrevistas. Sin embargo, gracias a Margarita Aguirre, que había sido su secretaria, me recibiría en Isla Negra para una corta charla, habría dicho. En la puerta me recibió un hombre corpulento, cubierto con una gorra gastada y un amplio poncho blanco; hablaba con voz finita, como adelgazada, impropia de su tamaño. Después, las presentaciones: Matilde, su mujer; Laura, su hermana, y el ensayista Luis Oyarzún, que había llegado para ofrecerle un lugar en la Academia chilena.
Al concluir el almuerzo, donde Neruda contó anécdotas de su estadía en Birmania a fines de los años veinte, deteniéndose especialmente en detalles de los fumaderos de opio, anunció que él y Matilde por ningún motivo dejaban de lado la siesta. Esa noche, después de una charla distendida, Neruda me invitó a quedarme hasta que ellos viajaran a Santiago, viaje que se demoró más de lo esperado, y pude –por unos días– vivir en esa casa, que no era el monumento kitsch que hoy han armado para el turismo. Moverme entre sus libros, sus papeles, sus mascarones de proa, sus barquitos encerrados en botellas y charlar con él siempre despatarrado en un sillón, frente a un gran ventanal que daba al esmeralda profundo del Pacífico, era el sueño del pibe. En esos días sentí que tocaba la poesía, que convivía con la historia latinoamericana. Luego, la otra historia, sólo habría de dejar lugar a oscuras pesadillas.

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