DEPORTES › OPINION

Sobre héroes y tumbas

 Por Rubén Rossi *

“Maldito sea quien olvida.”
Severino Di Giovanni

Siempre consideré que la dignidad del hombre es absoluta o no existe, y si algo procuro es tener dignidad. La totalidad de lo que soy y de lo que somos no obedece exclusivamente a lo que hoy pensamos o lo que nos está ocurriendo, sino que tiene una influencia determinante de los años ya vividos, en mi caso y en el de mis compañeros del seleccionado juvenil de 1979, en aquellos años de tristeza para nuestro país.

Fuimos partícipes voluntarios, junto a ellos y a los integrantes del cuerpo técnico, de una alegría para una parte del pueblo argentino, e involuntarios ante la infamia e ignominia que sufría otra parte de ese mismo pueblo, el nuestro.

Contábamos con 18, 19 años y habíamos obtenido por primera vez en la historia el Campeonato Mundial Juvenil, en el lejano Japón. Nos sentíamos eufóricos por retornar a nuestro país y sólo pensábamos en ese “poquito de gloria” que habíamos logrado conseguir en una cancha de fútbol para ofrendársela a nuestras familias y a todos los argentinos. Pero para variar, como lo hiciera Adolf Hitler con los Juegos Olímpicos de 1936, por sólo poner un ejemplo, nos utilizaron, nos manipularon, se sirvieron de nosotros para tapar con un dedo tanta sangre que brotaba de sus manos.

La temible Junta Militar, iniciada por los tristemente célebres Videla, Massera y Agosti, se apropió de ese triunfo legítimo y ganado en la cancha (igual que ocurriera con el Mundial 1978) para monopolizarlo y tratar de arrastrarlo a su asqueroso corral. Contó con la ayuda de medios de comunicación grandes (que no es lo mismo que grandes medios). A fuerza de ser sinceros, unos conscientes y otros no (de no haber sido así, que se me perdone mi inocencia y puerilidad), lograron ocultar el reclamo de las Madres de Plaza de Mayo que, acompañando a los integrantes de la Comisión de Derechos Humanos de la OEA, venían a reclamar por la aparición con vida de sus hijos.

Recuerdo que al regresar de Japón nos llevaron a la Casa de Gobierno, y el dictador Videla nos dio, a modo de lección, un minidiscurso castrense sobre cuáles eran las palabras que podrían sintetizar nuestro logro deportivo: “Tiempo y esfuerzo”, términos que hoy, después de tantos años y habiéndolas escuchado en demasiadas ocasiones en boca de tantos dirigentes políticos, deportivos, empresarios, traduciría de esta forma: “Utilicemos el tiempo y el esfuerzo de los demás para aprovecharnos nosotros”.

Mientras mi madre y las de algunos de mis compañeros almorzaban con Mirtha Legrand, llenas de orgullo por nosotros, sus hijos, otras con no menos orgullo y en un contexto doloroso pugnaban por conocer el paradero de los suyos. Hoy, después de tantos años, pienso que de haber tenido yo más edad, con más conciencia social y un pensamiento político más depurado, mi mamá podría haber integrado tranquilamente el segundo grupo, el de Madres.

Cada vez que se cumple un nuevo aniversario de ese fatídico golpe militar me vienen a la cabeza esas imágenes y no logro evitar que la tristeza y la congoja me invadan. Luego recuerdo un párrafo de Osvaldo Bayer, que en parte me tranquiliza: “No se podrá comprender íntegramente al Hombre si no se comprende primero la época en la que le tocó vivir”. En esas sabias palabras me refugio, para poder gritar que sólo jugamos de jugadores, que representamos de la mejor forma que pudimos los principios e ideales del viejo y querido fútbol argentino, que encarnamos el espíritu del potrero, ése de los barrios pobres, que jamás conocieron los niños de las señoras coquetas de la Recoleta porteña y de quienes custodiaban sus inversiones, instruidos en el Colegio Militar, West Point y otros...

No obstante, cuando llega esa fecha, comienzo a buscar tozudamente mi propia redención y la voy encontrando en la misma historia y en algunos de quienes se atrevieron a ir corriendo el velo a tanta falsedad. La película Fútbol Argentino comienza con las acciones de aquel equipo juvenil campeón del mundo, cuyo guión escribió mi admirado Bayer, quien tiene una cátedra de Derechos Humanos en la Universidad de Buenos Aires y redactó, entre otros libros, La Patagonia rebelde, y ni hablar de lo bien que me hace sentir releer la dedicatoria que me consiguió un amigo periodista de Santa Fe: “Al querido Rubén Rossi, en el recuerdo de sus hazañas, fraternalmente”.

Ahí, en esos gestos y en tantos otros, pero sobre todo en la inocencia que me brinda la severidad de mi propia conciencia, siento que no quisimos, no deseamos, no participamos con aquella terrible dictadura más que lo que lo hicieron quienes conducían un taxi, trabajaban en una carnicería o simplemente eran obreros.

Lo supe después, eso de que una dictadura no se hace solamente con tres militares locos y un par de señores de la Sociedad Rural.

Nosotros hicimos lo que pudimos para brindar una sonrisa entre tantas lágrimas desde la honestidad y el respeto por un estilo de juego y con un maestro como entrenador, que ni siquiera estuvo en esa utilización de nuestra llegada y quien más me inculcó lo importante de adquirir conciencia social.

Es asombroso que se haya querido instaurar la inmoral teoría de los dos demonios y que entre sus más acérrimos defensores haya estado un reconocido intelectual argentino ya fallecido. Porque si de aquella noche tan negra en la historia de nuestro país, donde según decían a modo de justificación de lo injustificable reinaban dos demonios, sería tragicómico aspirar ahora a que de esos demonios pudiera engendrarse una “sociedad angelical” más justa, altruista y solidaria...

Echando un vistazo al pasado, creo que todos los argentinos deberíamos tener una “Memoria Activa”, luchar para que “Nunca Más” se pueda utilizar esa depravada “Obediencia debida”, que no florezcan otras “Madres y Abuelas” (la dignidad en carne viva), que H.I.J.O.S. sea sólo sinónimo de descendientes y no de quienes quieren saber el nombre de sus verdaderos Padres y dónde están.

Mientras muy despacito vamos caminando a paso firme hacia nuestras tumbas, todos quienes vivimos en aquellos años de plomo no debemos borrar del recuerdo a quienes fueron los genuinos héroes, esos que lucharon contra el único “demonio” que existió: un Estado que le fue arrebatado al pueblo.

* Campeón mundial juvenil en 1979, actual director de fútbol amateur de Colón de Santa Fe.

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