DEPORTES

Guanabara, verano del ‘62

Por Diego Bonadeo

Hace cuarenta veranos, allá por 1962, Joao Gilberto aparecía con su vocecita que ni siquiera era de sombra como la de Malena– para cantarle y contarle al mundo de la maravillosa imaginería de Tom Jobim y de Vinicius. Todavía no había llegado a Río de Janeiro el enorme Stan Getz para saxofonizar el inolvidable solo de “Garota de Ipanema”, para después quedarse con Astrud, la mujer de Gilberto, en inocultable gesto de abigeato de alcoba y pentagrama. Ya el brasileño Manoel Dos Santos se había convertido en el nadador más veloz del mundo, como recordista flamante para los cien metros estilo libre.
Por entonces, Luis Alberto Nicolao era el mejor nadador argentino, y también el más rápido. Aparte de su especialidad de siempre –los 100 mariposa– había empezado a incursionar en los 200 y también en las distancias cortas de crol. El problema era la falta de escenarios para homologar records. Había muy pocas piletas de 50 metros en la Argentina y ninguna cubierta para el invierno. La solución era, para quienes habían estudiado la cuestión, la muy “rápida” pileta carioca de Guanabara, cerca del mar y no tan lejos de donde seguramente años después Stan Getz le cuatrearía la “prienda” a Gilberto. Y allá fueron Nicolao y su entrenador Alberto Carranza, hace cuarenta años, con la consigna de bajarle el record mundial de los 100 metros mariposa al norteamericano Fred Schmidt. Dos veces consiguió Nicolao en tres días mejorar la marca anterior para dejarla, definitivamente por entonces, en 57 segundos clavados.
Hace cuarenta veranos también, las tribunas de la pileta de cincuenta metros de Vélez estuvieron llenas como nunca antes y nunca después. La convocatoria del Campeonato Sudamericano de Natación era la gran excusa para ver nadar a Nicolao. Que en ese torneo corrió sus pruebas habituales y todas las demás que el cuero le dio. No solamente los 100 y 200 mariposa. También los 100 y 200 libre, las tres postas –4x100 libre, 4x200 libre y 4x100 cuatro estilos– y nada menos que lo que si bien por estos tiempos es una prueba de velocidad pura, por entonces significaba, para un velocista nato, el esfuerzo adicional de una carrera de medio fondo: los 400 libre.
Mientras tanto, cuarenta veranos después, nuestra natación, que desde entonces y hasta ahora tuvo algún estertor más o menos trascendente, parece vivir en notoriedad la espectacular carrera deportiva del cordobés José Meolans, uno de los cuatro o cinco libristas más rápidos del mundo. Y Stan Getz se murió, así como Vinicius y Jobim. Vaya a saber uno qué se hizo de Astrud. Joao Gilberto desembarca cada tanto por aquí –con o sin Caetano Veloso– para recordarnos que “el pato, venía cantando alegremente”, que hay sambas “de una nota sola” y, muy especialmente, que “el corazón tiene razones que la propia razón desconoce”.

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