DEPORTES › LA RICA HISTORIA DE ESTUDIANTES, CON EQUIPOS LUJOSOS, CUATRO TITULOS PROFESIONALES EN PRIMERA, TRES COPAS LIBERTADORES Y UN TITULO DEL MUNDO

De aquellos Profesores a estos maestros

Lauri, Scopelli, Zozaya, Ferreira y Guaita fueron el primer emblema de un club que fue el primer chico en ganar un título de AFA, en 1967. De aquel ciclo de Zubeldía, en el que brillaba la Bruja Verón, pasando por el soberbio conjunto de 1982/83, hasta éste de la Brujita, que descontó nueve puntos para alcanzar la gloria.

 Por Daniel Guiñazú

Nunca quizá podrá igualarse la gloria imperecedera de aquel Estudiantes de Zubeldía y la Bruja Verón, ganó tres Copas Libertadores y dio la vuelta olímpica en la cara de los mismísimos inventores del fútbol. Pero esta consagración de ayer, en Liniers y ante Boca, bien puede colocarse a la par, no demasiado lejos, de aquellos laureles que supieron conseguirse entre 1968 y 1970. La excepcional reacción que le posibilitó descontar los nueve puntos de ventaja que Boca le llevaba en la séptima fecha, cuando Ricardo La Volpe asumió como director técnico en lugar de Alfio Basile, y obtener 34 de los últimos 36 puntos que jugó en las últimas doce fechas del torneo, su imborrable goleada a Gimnasia 7-0 en el clásico platense y el haberle ganado a los cinco grandes, le otorga a este título, el cuarto que alcanza Estudiantes en el profesionalismo (en el amateurismo, fue campeón de la Federación Argentina en 1913), un sitio preferente en su propia historia y en la del fútbol argentino.

En un punto, este equipo que armó y conduce con mano sabia Diego Simeone, tiene contacto con otro equipo de Estudiantes que, a principios de la década del 30, hizo época pese a no haber podido salir campeón. Aquellos profesores inolvidables, con la célebre delantera de Lauri, Scopelli, Zozaya, Ferreira y Guaita como emblema eterno, pelearon palmo a palmo con Boca el último campeonato amateur en 1930 y el primero profesional en 1931. Fueron subcampeones un año y terceros en el siguiente, siempre detrás de Boca. Pero dejaron en el recuerdo una estela de calidad que perduró en el tiempo. Aquel cuadro que combinaba el estilo y la contundencia, y que hicieron inolvidable la velocidad de Lauri, los goles de Scopelli y Zozaya, la sabiduría de Nolo Ferreira y la potencia de Guaita, conquistó 276 goles entre 1930 y 1932, ganó 63 partidos, perdió 26 y fundó una escuela de estética y buen gusto futbolero que se prologó en otros grandes equipos de la centenaria historia pincharrata, que veinte jóvenes platenses empezaron a escribir en una zapatería, la noche del 4 de agosto de 1905.

Estudiantes salió tercero en 1944 a 7 puntos otra vez de Boca y, en 1948, repitió la colocación a cuatro unidades de Independiente, el ganador de ese campeonato que truncó la huelga. Eran tiempos de fiesta en los que Ricardo Infante comandaba la delantera con talento, Manuel Pelegrina desarmaba defensas a fuerza de zurdazos, Juan José Negri era un inspirado insider derecho, Walter Garcerón, un reloj que siempre daba la hora exacta marcando el lateral derecho, y Gabriel Ogando tejía cada domingo una telaraña delante de su arco. Sin embargo, el sueño de una alegría grande se fue dilatando. Tanto que hubo que soportar un descenso a la B en 1953 (el ascenso se consiguió al año siguiente) y un sinfín de campañas intrascendentes, frustrantes.

El 15 de enero de 1965 firmó contrato como técnico Osvaldo Zubeldía, con un único objetivo: alejar a Estudiantes del riesgo de volver a la B que, por entonces, era su compañero inseparable de ruta. No prometió sino hablar poco, trabajar muchísimo, vivir para el fútbol las 24 horas de los siete días de la semana y dar el ejemplo siempre. Como no había mucho dinero, trajo jugadores baratos, casi de descarte (Carlos Bilardo, Enry Barale, Hugo Spadaro, Roberto Santiago, Marcos Conigliaro), hizo base con lo mejor de la tercera subcampeona de 1964 (Poletti, Aguirre Suárez, Malbernat, Manera, Pachamé, Echecopar, Eduardo Flores y Verón) y diseñó un equipo que conmovió la historia del club y del fútbol argentino.

Ese Estudiantes que hacía un culto de la pelota parada y de la sistematización de los movimientos colectivos, y que ensayaba cada jugada hasta la obsesión, que en la semana jugaba los partidos en el pizarrón y los ganaba el domingo en el verde césped, tenía la calidad de Alberto Poletti bajo los tres palos, y de Eduardo Manera y Raúl Madero en el fondo, el ida y vuelta del Bocha Flores y el talento de la Bruja Verón. Pero también la reciedumbre de Ramón Aguirre Suárez, la marca tenaz de Oscar Malbernat, el despliegue de Carlos Pachamé, los piques de Felipe Ribaudo y Marcos Conigliaro, y, sobre todo, la picardía de Carlos Bilardo para convertirse dentro de la cancha en el decodificador de los mensajes de Zubeldía y manejar los climas de los partidos. Con todo ese cúmulo de trabajo, fútbol y picardías, Estudiantes hizo milagros, concretó hazañas, se llenó de gloria.

En las semifinales del Metropolitano de 1967, dio vuelta un partido increíble contra Platense en cancha de Boca: perdía 3 a 1, tenía un hombre menos por la lesión de Barale, y lo terminó ganando 4 a 3 con goles de Conigliaro, Verón, ¡Bilardo de volea! y Madero de penal. La final fue un trámite: 3 a 0 a Racing en el viejo Gasómetro de la avenida La Plata. Después de 35 años, Estudiantes era el primer equipo chico que se alzaba con un título de Primera. Y no sólo eso: se clasificó subcampeón invicto del campeonato Nacional y entró en la Copa Libertadores. Pero no para participar como uno más, sino para ganarla. Luego de 16 partidos que, muchas veces más que fútbol fueron batallas, el 16 de mayo de 1968 en el estadio Centenario de Montevideo, venció 2 a 0 a Palmeiras con goles de Ribaudo y Verón y alzó su primera Copa. Esperaba el Manchester United, el rey de Europa, para definir en dos partidos, el título de campeón del mundo que, sólo tres años antes, sonaba como la quimera de algunos locos soñadores.

Un cabezazo de Conigliaro le dio la victoria por 1 a 0 en un partido lleno de mañas jugado en la Bombonera. Nadie daba nada por Estudiantes para el desquite en Old Trafford. Pero el Pincha sacó pecho en Inglaterra y con un frentazo de Verón a los 5 minutos del primer tiempo y la hombría de todos, sacó un 1-1 y les refregó a los ingleses en la cara (y a no pocos argentinos), el orgullo de ser campeón del mundo. La vuelta olímpica bajo la lluvia es el máximo momento de la historia estudiantil, casi la justificación de su existencia.

Después, se mezclaron las alegrías y las tristezas. En 1969 se ganó la segunda Libertadores ante Nacional de Montevideo, pero la Intercontinental se esfumó luego de dos guerras ante el Milan, que terminaron con Poletti, Aguirre Suárez y Manera presos en Villa Devoto por orden expresa del dictador Onganía. En 1970 se volvió a ganar la Copa frente a Peñarol, pero la Intercontinental quedó en manos del Feyenoord de Holanda. El ciclo de Zubeldía había llegado a su fin. Y después de perder la Copa del ‘71 a manos de Nacional, luego de tres partidos terribles, el club estaba en ruinas, y el equipo, al borde del descenso. Los dirigentes y los jugadores coincidieron en un punto: sólo una persona podía intentar la reconstrucción. Se llamaba Carlos Salvador Bilardo.

Con Bilardo en el banco, Estudiantes se salvó del descenso en 1971 ganando 19 de los últimos 24 puntos del campeonato. Cuatro años más tarde, en su tercer paso como técnico, le peleó el campeonato Nacional al River de Angel Labruna y fue subcampeón. Y en 1982, por cuarta vez con el saco del DT, armó un equipazo que arrasó con todo. Delménico; Camino, Brown, Landucci o Gette, Herrera; Trobbiani, Russo, Sabella, Ponce; Gottardi y Trama escribieron otra página de gloria, el mejor homenaje del alumno aventajado a su viejo maestro.

Ese Estudiantes tuvo todo. El sacrificio, el esfuerzo y la mística ganadora de los campeones del mundo y el fútbol que brotaba de las zurdas inspiradas de Sabella y Ponce y las pisadas de Trobbiani. La disciplina táctica y el trabajo colectivo que Zubeldía impuso como marca de fábrica y Bilardo corrigió y aumentó, y el juego libre y rico que brotaba de la asociación de semejantes talentos. La resultante fue un equipo notable, que ganó los partidos que tenía que ganar, no perdió los que podía llegar a perder y que se llevó el Metropolitano de 1982 que terminó en febrero de 1983, luego de un duelo mano a mano contra el Independiente de Bochini, Marangoni y Burruchaga, al que quebró por dos puntos (54 a 52). Los triunfos ante Vélez por 1 a 0 en La Plata con un gol de cabeza de José Luis Brown a cuatro minutos del final, y el 2 a 0 a Talleres en Córdoba (Brown de penal y Gottardi) la noche del festejo y la vuelta olímpica, todavía se recuerdan con emoción.

Aquel título fue el trampolín que Bilardo necesitaba para llegar a la dirección técnica del seleccionado nacional. Pero esa es otra historia. La de Estudiantes prosiguió con otro hijo dilecto de la casa como técnico. Eduardo Luján Manera retocó levemente el esquema de Bilardo, cambió algunos hombres (Bertero por Delménico y Agüero por Gette) y se lanzó a la conquista del campeonato Nacional de 1983 que consiguió en otro mano a mano con Independiente. En La Plata, dio una exhibición y ganó 2 a 0 (Trama y Gottardi). En Avellaneda, sufrió y perdió 2 a 1, pero el gol de visitante de Trama valió doble y le dio a Estudiantes, su segundo campeonato consecutivo y el último antes de la gloria fresca de ayer.

Los últimos 20 años fueron ingratos. Estudiantes corrió detrás de la gloria sin poderla volver a alcanzar, las sucesivas crisis económicas desmantelaron rápido más de un equipo con aspiraciones, los técnicos fueron la moneda de cambio ante la falta de buenos resultados y el descenso de 1994 fue el corolario de tanta mediocridad dentro y fuera del campo de juego. El campeón que ganó al galope con fútbol y goles, el Nacional B de 1995, tenía, más jóvenes, a Verón, Calderón, Rubén Capria, Bossio y un emblema pincha, Edgardo Prátola, que se fue de gira al cielo. No se los pudo soportar. Y Estudiantes lo pagó caro, con un rumbo futbolístico incierto. Con Merlo como técnico, en 2005 volvió a la Copa. Con Burruchaga, este año llegó a cuartos de final. Con Simeone en el banco y Verón como gran conductor dentro y fuera de la cancha, este año se armó para dar pelea arriba. Los sueños se quedaron cortos. Esperaba la grandeza. Hoy, sin discusiones, con fútbol y coraje, Estudiantes ha vuelto a ser el mejor de todos. Y bien merecido lo tiene.

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La alegría de Juan Sebastián Verón enmarcada en el delirio de la tribuna pincha celebrando el título.
 
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