DIALOGOS › VICTORIA GODDARD, ANTROPóLOGA SOCIAL, INVESTIGADORA DE LOS EFECTOS DE LAS PRIVATIZACIONES EN LAS SOCIEDADES

“Todos nos decían que habían perdido su país”

Profesora, docente y viajera académica, realizó un trabajo para la Unión Europea comparando los efectos de la privatización del acero en la Argentina, Brasil, España y Eslovaquia. Los hilos comunes, las diferencias y las consecuencias del neoliberalismo.

 Por Andrew Graham-Yooll

Otra de argentinos lejos de aquí. La Unión Europea le encargó a Victoria Goddard y a su equipo “multiuniversitario” un estudio de los efectos sociales surgidos de los cambiantes modelos económicos en los años ’90. Había que entender cómo las privatizaciones influyeron en comunidades enteras. El objetivo del estudio comparaba las nuevas formas en la industria siderúrgica en cuatro países: Argentina, Brasil, España y Eslovaquia. De una exploración inicial de una industria y su población se llegó al análisis de los múltiples efectos causados por el tormento económico de las privatizaciones de grandes empresas estatales. Las privatizaciones no estaban en los objetivos iniciales, pero “en el estudio surgieron con más fuerza justamente porque no los buscábamos”. La doctora Goddard es una de las principales investigadoras y redactoras del informe elaborado por su equipo internacional.

–¿Qué efectos tuvieron las privatizaciones en su contexto más amplio? Aquí interesa el caso argentino, pero también hay que saber lo ocurrido en otros destinos.

–En la Argentina estudiamos el caso Somisa, en San Nicolás. La Comisión Europea buscaba conocer los efectos de modelos cambiantes a través de las formas de trabajo en la industria siderúrgica de cuatro países. El foco original no era la privatización. La privatización surgió, fue la “revelación”, y por eso tuvo un impacto mayor. Nuestras preguntas eran: ¿cómo afectan a las formas laborales, de entrenamiento?, ¿se presentaban oportunidades o no? Nos interesaba el dominio global, cómo promovían sus ideas el Banco Mundial, o el FMI, los bancos de desarrollo y demás.

–¿Hubo evidencia de continuidad en el informe? Esos bancos son peligrosos.

–Sí, pero lo que surge es que la industria siderúrgica es vista como pilar del desarrollo nacional moderno, la industria pesada como prioridad Tratamos de reunir ideas globales, ya había especialistas locales cuya investigación se dirigía a perspectivas nacionales. Hubo una primera etapa de investigación histórica seguida de estudios etnográficos. Significó contactar a la gente afectada o comprometida a través de entrevistas y viviendo con ellos para saber cómo se sentían. Tuvimos un equipo de la Universidad de Brasilia encargado de las tendencias globales y un equipo de economistas de la Universidad de Bolonia. Lo que descubrimos bastante temprano fue que en las trayectorias históricas de la Argentina, Brasil, España y Eslovaquia había paralelos importantes en la relación con la privatización. Esto viene en parte del siglo XIX, de la Revolución Industrial, la expansión de los ferrocarriles, etcétera. El estudio de la siderurgia halla su contexto en el desarrollo nacional a comienzos del siglo XX. En Eslovaquia viene con la influencia del Comecon, los planes quinquenales del bloque soviético, pero con prioridades similares de desarrollo en la España de Francisco Franco, en la Argentina y Brasil bajo diversos gobiernos civiles y militares.

–Recuerdo que el general Juan Carlos Onganía, luego del golpe de Estado de junio de 1966, expresó su sueño de una industria del acero para el desarrollo nacional, pero en general sólo se logró un metal de bajo nivel y muy sulfuroso. Esto es lo que desanimó la posibilidad de inversión asociada en la región.

–Ocurrió en otros países, al margen de la calidad de los recursos. El objetivo era producir acero, aun cuando lo básico necesario no estaba disponible. Brasil tenía los recursos, el hierro mineral, tenía carbón, tenía la materia prima para encarar el proyecto, pero no así en otros países. La Argentina no tenía los mismos recursos. La planta de Somisa fue parte de un plan de industria nacional durante el primer gobierno de Juan Perón, establecido en un programa del acero en 1947. Fue dirigido a la sustitución de importaciones y el apoyo a la autonomía económica. Las demoras en la implementación del plan hicieron que la planta no comenzara a operar hasta los años ’60. Pero hay evidencia de que tuvo el efecto de reforzar la industria local, reduciendo las importaciones. En España, por el contrario, había importantes depósitos de carbón. Eslovaquia operaba con una base económica más amplia porque era parte del Comecon. Estos elementos influyeron en la investigación. Está de moda en las ciencias sociales hablar del trabajo “inmaterial”, la nueva economía de la tecnología y el conocimiento; muchos dicen que la industria está muerta y es irrelevante. Nosotros queríamos encontrar la evidencia de esto. Pudimos demostrar que la gran industria pesada no está muerta, a pesar de los cambios de políticas. Queríamos demostrar que la industria fue reconfigurada y sigue. Puede haber perdido su lugar estratégico, pero sigue siendo un empleador importante y un factor significativo en las economías.

–Con ese fondo de estudio y percepción, ¿qué fue lo que se halló o, más bien, qué comenzaron a encontrar?

–Lo que hallamos al mirar las trayectorias nacionales fue la sorprendente congruencia de términos que surgió cuando se iniciaron las privatizaciones. Coincide con los efectos de la decadencia global en los ’60 y los ’70, donde se inician las recesiones (la crisis del petróleo de 1973) que, juntos, son factores globales que decidieron tendencias.

–Es el fin del viejo capitalismo y tiene que ser comprendido como tal. Se eclipsó la administración estatal nacida de la competencia clásica con el viejo capitalismo. ¿Tenemos que ver la privatización como una nueva forma de aventura financiera más que una nueva iniciativa del capitalismo?

–La privatización se convierte en parte de los movimientos financieros internacionales. Por lo tanto, la pauta es: privatización inmediata o eventual por contagio, que se convierte en la internacionalización de la industria, en términos de transferencias nuevas. La Argentina y Brasil tuvieron una forma muy variable de inversión mixta (digamos extranjera) en la industria. Pero de ahí en más vemos en todos nuestros casos las fusiones y adquisiciones globales que cambian el panorama de la industria, local y global.

–¿Con cierta sofisticación en el discurso que decía que esto era un retorno al viejo capitalismo...?

–El proceso se aceleró, también su importancia. Se alentó o empujó con un discurso de fondo que enfatizó la velocidad, cosa que provino de agencias internacionales, donde las teorías de privatización como nuevo capitalismo se convirtieron en una biblia con respaldo multinacional. Terminamos reconociendo que en el desarrollo del siglo XX había etapas en las que el capitalismo dominaba a las industrias y luego esa relación caía dramáticamente con la nacionalización masiva. Estamos hablando de los años ’30, de los ’40, los ’50... hasta los ’60, en algunos casos. Luego siguió una masiva coincidencia donde ocurre la privatización o reprivatización, donde los intereses financieros claramente reemplazaron las antiguas prioridades ideológicas del Estado nación.

–¿En dónde se perdió el concepto de seguridad nacional en la dirección de la empresa estatal? En la Argentina y en Brasil, para tomar dos de los países de su estudio, fueron los militares que decidieron que las grandes industrias eran territorio de ellos.

–La seguridad nacional no está en mi campo de estudio; sin embargo, para nosotros fue importante enfatizar el rol de los militares en todas las instancias de la etapa fundacional, de la Argentina y Brasil, pero también de Eslovaquia y España. El principal punto de cambio es cuando se decide que el enemigo era interno. En segundo lugar, el desarmado del Comecon y la conclusión de la Guerra Fría tienen su efecto en el cambio de las prioridades ideológicas. Las premisas de políticas nacionales, incluyendo la seguridad del Estado, se relacionan con las prioridades del capitalismo y los diferentes sectores de capitales. Los intereses del capital cambiaron en forma importante en los ’70. La reorganización y la reestructuración de la industria ocurre a lo largo y ancho del espectro. Ya no es un campo en el que negocian los Estados entre sí, es un escenario en el que compiten actores diferentes en la acumulación de la riqueza. Siempre hubo ese elemento, naturalmente, pero pasa a ser mucho más explícito, al punto de que se reemplazan muchos aspectos de los intereses ideológicos del desarrollo y la integridad nacionales. La evolución tecnológica facilita el proceso. Preferiría llevar el tema de la seguridad nacional a la soberanía. Están relacionadas, pero son muy diferentes. Hay que pensar en la minería, por ejemplo, que involucra los recursos del subsuelo. La soberanía del suelo tiene que ser considerada en el proceso de nacionalización y privatización. Esto no siempre se hizo. Hay que considerar el elemento de soberanía. Aun cuando la Constitución diga que ningún extranjero puede usurpar el terreno, muchas veces se usurpa. Lo usurpan, así nomás. El otro factor de soberanía que muchas veces se olvida tiene que ver con empleos y estilos de vida. Las transnacionales pueden cambiar el domicilio de su operación con facilidad. Eso causa gran incertidumbre en los trabajadores y sus comunidades.

–Y ahí se llega al modelo neoliberal.

–Ahí sí, uno de los elementos que consideramos fue el modelo neoliberal: la centralidad de la elección individual y la opinión de que la economía podía reducirse a los mercados y la racionalidad no cuestionada de la maximización de la plusvalía, todo lo cual prevaleció por encima de toda idea de interés nacional. Margaret Thatcher fue la más hábil en la combinación de estos discursos. Afirmaba que el concepto del éxito individual prevalecía por sobre el éxito nacional. Fue la pionera del modelo neoliberal cuando llegó al gobierno, en mayo de 1979. A pesar de una oposición vigorosa, implementó el “thatcherismo” e impuso la privatización de industrias y servicios mientras estaba en la cresta de la popularidad lograda luego de la crisis de Malvinas en 1982. La nueva ideología de mercado del ajuste estructural recorrió todo el planeta. Una de nuestras primeras conclusiones fue la coincidencia de la privatización en diferentes contextos que estudiamos a nivel nacional y local. La secuela y profundidad de la implementación de la nacionalización primero y luego la privatización ocurrían en el escenario mundial. Esto se dio en los términos de los cambios del capitalismo y la acumulación. Había recesiones, había crisis petroleras, primero la dramática crisis de 1973 y la segunda de 1979, reflejadas en el cambio de las ideologías y prácticas del capitalismo mundial. Un ingeniero en la industria del acero en Italia dijo con razón que había que tomar en cuenta otros factores de la privatización. En el acero hay una cuestión de escala. Esto tiene que ser comprendido en términos históricos. Cuando se considera la nacionalización, allá lejos en los sueños militares de los años ’50 y ’60, hay que recordar que se coincide con un momento de posguerra en que eran necesarias las inversiones masivas. Se requería un enorme esfuerzo del Estado para construir esas grandes plantas, como lo fue Somisa en San Nicolás (que es la que estudiamos), que sale de los planes a los que se dio inicio en 1947 durante el primer gobierno de Juan Perón, con la participación de Rocca. Fue inaugurado por Arturo Frondizi en 1960, privatizado por Carlos Menem en diciembre de 1990 y transferido en 1992 a un complejo mixto de propiedad privada nacional e internacional encabezado por el grupo argentino-italiano Techint, y que incluía participantes chilenos, brasileños y británicos, cuando se cambió el nombre de la empresa de Somisa a Siderar. Es decir, la empresa vivió una especie de círculo, desde su fundación a su privatización. En el proceso hubo una dramática reducción en la planta de empleados. En Brasil, en Volta Redonda (que se inauguró en 1946, cuando fue la primera en Sudamérica), la inversión del Estado estaba dirigida no sólo a construir la planta sino a crear un pueblo para obreros y gerentes, un ejercicio faraónico. Para los grandes proyectos se necesitaba la inversión estatal. El capital privado no podía abarcarlas. El problema fue que, una vez hecha la inversión, el producto pasó de ser un activo a un obstáculo. En las cambiantes condiciones económicas se requería mayor fluidez y flexibilidad de gestión. Los cambiantes mercados requerían operaciones globales para alcanzar varias regiones.

–Este es un aspecto de escala, pero hay otros...

–Otro aspecto de escala es que una vez que se prevé un alcance de mercado global donde hay que competir con otros actores, la escala adquiere importancia no en lo faraónico sino en los términos de las operaciones. Hay que sobrevivir en una economía mucho más amplia.

–¿Cómo se explica entonces la experiencia china, con la compra de plantas masivas, por ejemplo de Alemania, para su reinstalación en China?

–Los chinos hacen lo que otros hicieron en los años ’30, pero trabajan en un contexto global en forma simultánea. Es un desarrollo de inversión masiva en infraestructura. Son muy ágiles.

–¿Cómo contemplaron ustedes el costo social de los cambios?

–Como antropólogos, fue nuestra preocupación primordial. Los efectos sociales en estos procesos vuelven una y otra vez a llamar la atención a toda privatización. La gente que buscamos en la investigación quería hablar de eso. Aun cuando la gente había sufrido crisis, persecución, represión, la conversación volvía siempre al punto: “Cuando perdimos nuestro país...”. Cuando se les quitó todo a lo que se había acostumbrado una generación o más y pasó a ser otra cosa, asociada con despidos de casi la mitad del personal... La privatización se presenta como el incidente crítico en la vida de esta gente, de la vida de sus padres o de sus abuelos. En términos de efecto está la narración de la pérdida, la pérdida de una forma de vida, la pérdida de ingresos, de la seguridad, de un status y un prestigio. Y las diferencias generacionales eran claramente distinguibles. Un pantallazo de los cambios en la industria muestra en primer lugar los migrantes desde diferentes zonas, en general desde lo rural: los hombres venían con fuerza física y muy buenas intenciones. Aprendieron un oficio. Eso cambia a medida que la industria invierte en tecnología e innovación y se busca un nivel formal de educación. La segunda generación está mejor educada y sigue disfrutando de puestos fijos, se interrumpe a partir de la segunda generación y surge la ruptura de la estabilidad. Los jóvenes de ahora, los de treinta años, están en posición diferente a todo lo que aconteció antes. En San Nicolás, por ejemplo, sigue habiendo una memoria de prestigio por haber trabajado en la antigua empresa. Y ahora sienten orgullo de poder asociarse con Siderar. Quizá ya no tengan trabajo en la planta, pero gustan usar la camiseta con el logo de la empresa. Da status. La tragedia es que hay buena voluntad de todas las partes, de los jóvenes, de sus familias, hay cursos, hay inversión de los sindicatos, la empresa y el municipio, pero no están los empleos porque no está el mercado. Los chicos hacen los cursos, tratan de entrar como subcontratados, que desde la privatización es la forma de lograr empleo en la planta. La privatización ha creado una flexibilización del trabajo. Esto significa que las empresas pueden reducir su plantel de subcontratados, algunas veces hasta en un 50 por ciento. Un trabajador contratado está a buen resguardo, pero lo que hicieron cada vez más las empresas era recurrir a terceros, para subcontratar, o instalar contratos temporarios para pagar menos, sin incentivos ni beneficios. Estos subcontratados son en su mayoría jóvenes que han cumplido con los cursos. Una vez adentro se alienta la competencia entre los ingresantes para que demuestren oficio y disciplina. Además de ser mano de obra barata, estos aspirantes conocen la cultura de la fábrica.

–Suena como una nueva forma de la división global del trabajo.

–Forma a la que muchos nunca logran entrar. Encontramos que los entrevistados que han cumplido los cursos se hallaban bien dispuestos hacia el sistema. Esto en San Nicolás. Pero muchos quizá nunca lleguen. Consultamos acerca de alternativas, pero no sabían qué había afuera: la firma ofrece seguridad, status... Los cambios tuvieron consecuencias dramáticas, hasta en la perspectiva de lo que significa ser un hombre.

–Es interesante y preocupante, no sólo en la Argentina. La clave está en la juventud, el desempleo, el subempleo, los ingresos reducidos... La condena de los jóvenes a un futuro precario es un elemento permanente que hay que tomar en cuenta. Esto altera las perspectivas de vida.

–Revisando las entrevistas que hicimos, la impresión es que en el caso argentino la privatización causó un profundo desorden en las familias. Si el desorden ya estaba, no podemos saberlo. En muchas historias, la gente joven contaba versiones parecidas: “Mi papá perdió su trabajo, se alcoholizó, no lo vimos más, se separó, nos quedamos con los abuelos, era lo que había...”, y así, una y otra vez. Vemos una fragmentación de la sociedad. Si las familias se dispersan, los chicos salen a trabajar más jóvenes, abandonan los estudios. Se daña el tejido social. El caso de España es interesante. Tiene que ver con la vida familiar y la vivienda. Hay una historia familiar más estable que se asocia con la creación de la industria siderúrgica bajo la versión franquista del Estado paternalista. La creación de la industria del acero produjo una migración masiva desde las zonas rurales para construir y operar las plantas. Con la privatización, el empleo en la industria tuvo una transición despareja. Pero aun ahora, cuando las nuevas generaciones no tienen empleo o enfrentan la reemigración, vemos una fuerte adhesión al modelo tradicional de la familia. Pueden ser formas familiares duraderas con valores católicos o un Estado habitacional relativamente fuerte con raíces en la industria. En San Nicolás, donde pensaba hallar una situación parecida, había evidencia de una mayor inestabilidad, “la dispersión” era mayor, debido a “una pulverización de las relaciones de familia”.

–La decadencia que acelera la privatización enfatizó la situación que surgió de la última dictadura militar. El régimen militar destruyó las redes sociales (frase que hoy tiene otro significado) y preparó el camino a una privatización salvaje.

–Puedo estar de acuerdo, pero sólo llegaría a ello a través de una pregunta. En nuestras entrevistas se enfatizó en la privatización y sus efectos, y hubo poca o ninguna referencia a la dimensión de pérdida a través de la dictadura. Los consultados no querían que se los presione con este tema. Para entender en forma amplia este aspecto hay que explorar la historia local, la historia de la sociedad civil, de los sindicatos, cómo se relacionaron con los militares y con los gobiernos post-militares. La pregunta tiene que ver con la explicación: ¿por qué hubo tantos silencios que aún sorprenden?

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Imagen: Alberto Gentilcore
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