ECONOMíA › PANORAMA ECONOMICO

Inflación, el gran misterio

 Por Julio Nudler

¿Cuánta inflación hay en la Argentina? La pregunta suena sencilla, sólo que no parece tener respuesta. Cada cual tira su porcentaje, o más aún: al negarse a admitir el ajuste inflacionario de los balances impositivos, que exigen las empresas para pagar menos por Ganancias, el ministerio de Economía ha sostenido, lisa y llanamente, que no hay inflación. Lo que hay –o, mejor dicho, hubo– es un pronunciado “cambio de precios relativos” provocado por el colapso de la convertibilidad y la consiguiente devaluación del peso. Este argumento puede ser tomado como un ejercicio de humor negro, porque lo concreto y doloroso es que la mayoría de los bienes se encarecieron, y muchos de ellos enormemente. Pero esto no quita que, tras la gran sacudida, que hizo pico en abril de 2002, el aumento de los precios se haya desacelerado velozmente. Ahora, mirando hacia adelante, resulta muy complicado pronosticar la futura marcha de los índices.
La cuestión no tiene nada de teórico. Si un banco le ofrece a un cliente un crédito a una tasa del, digamos, 45 por ciento anual, ¿cómo podría saber el candidato si es cara o barata, y en última instancia si podrá pagarla o no? Es decir, de cuánto se hará cargo la inflación. En otros términos, de qué tasa real le están hablando. En este sentido, hay muchas razones para el desconcierto. Con el Fondo Monetario se estimó para el 2003 una inflación del 35 por ciento. En el Presupuesto se vaticinó, en cambio, un 22 por ciento, el mismo porcentaje que se usó para el programa monetario. Y esta semana las actuales autoridades del Banco Central, que asumieron cuando todos esos números ya estaban dibujados, mostraron un cálculo que, basándose en lo ocurrido en los tres meses últimos, proyecta un incremento anual del 7 por ciento, punta a punta, en los precios minoristas. ¿Qué valor utilizar para formarse una idea sobre la tasa de interés pedida por el banco?
Intuitivamente, cualquiera diría que una inflación más baja es siempre mejor que una más alta, sin llegar al extremo de la nociva deflación. Por ende, si se puede lograr un 7 por ciento anual, ¿por qué plantearse un 22 ó un 35 por ciento? Esto será verdad, pero los agentes económicos necesitan saber, aunque sea aproximadamente, dónde están parados, sea para tomar o no un crédito, acordar un salario o convenir un alquiler. Cualquier contrato que se extienda en el tiempo, no habiendo indexación, requiere de una estimación relativamente confiable sobre la marcha futura de los precios. Precisamente lo que falta. También a Hacienda le es indispensable, porque de la inflación depende la recaudación de tributos como el IVA. Ya bastantes problemas tiene con el bajón del dólar.
Se supone que el BCRA aspira a guiar su política monetaria, cuando esté en condiciones de hacerlo, de acuerdo a un objetivo de inflación, según lo que se conoce como inflation targeting (IT). Esta técnica implica, como es obvio, la existencia de un target o meta, a la que se apuntaría, y de instrumentos capaces de dar en el blanco. Por ahora es sólo una aspiración. Mientras tanto, Alfonso Prat Gay, presidente del Central, insiste en que su objetivo primordial es cuidar el valor del peso, lo cual implica evitar su desvalorización. En otras palabras, contener el incremento de los precios en general, y no específicamente el del dólar, aunque aquellos dependen de éste. Lo que no queda muy claro es cuánta desvalorización del peso le resulta admisible.
El IT suele consistir en la fijación como objetivo de una banda inflacionaria –es decir, un máximo y un mínimo–, dentro de la cual debería situarse la tasa anual de alza en los precios. Para orientar la variación de los precios hacia esa meta, la banca central (en el caso de Estados Unidos la Reserva Federal) se vale de la tasa de interés de corto plazo. La sube si los precios están creciendo demasiado (como acaba de hacer la banca central brasileña), y la baja si aumentan demasiado poco.Son maneras de enfriar la economía o de estimularla (con tasas menores, por ejemplo, se alentaría la demanda de bienes financiados). En general, no importa sólo la inflación, sino también el nivel de actividad y la desocupación.
Según la regla desarrollada por John Taylor, ex subsecretario del Tesoro de Estados Unidos, el IT no se vale del manejo directo de la cantidad de dinero (oferta monetaria) como instrumento. No es el monetarismo duro de un Milton Friedman. De todas formas, a través de la tasa de interés también se induce una expansión o absorción de medios de pago, por medio de las operaciones con títulos entre el mercado y la banca central. Una suba de la tasa, por ejemplo, inducirá a los operadores a comprarle más bonos al Central, con lo que éste absorberá más dinero, que quedará así esterilizado. Una baja, en cambio, hará caer el stock de títulos en poder de la plaza, y el BC tendrá que emitir moneda para rescatar papeles.
Estas operaciones suelen ser realizadas por las bancas centrales de otros países con títulos del Tesoro, pero como el argentino está en default, el BCRA debió crear sus propias letras, las Lebac, para mover la tasa. Se trata de un instrumento limitado y precario. Monetariamente, lo determinante son (o han sido) las compras o ventas de dólares en el mercado cambiario, que como contrapartida implican la creación o extinción de pesos, y la financiación a Hacienda del déficit fiscal.
El Central está claramente satisfecho por haber conseguido que la expansión monetaria sea inferior a la admitida en el acuerdo con el FMI, y sugiere de algún modo que, gracias a esto, los precios están subiendo mucho menos de lo esperado. En este sentido, el 22 por ciento de aumento anual consignado en el Presupuesto debería verse como un tope y no como una meta. Sin embargo, el BCRA insiste en que ese número, por anormalmente alto que resulte, es su objetivo porque le fue ordenado por Roberto Lavagna. Con lo cual se presenta una circunstancia curiosa: como la inflación avanza mucho más despacio, el Central debería tratar de acelerarla. En lugar de cuidar la moneda, la depreciaría. Quizá debiera entenderse en este sentido su puja con los bancos, al negarse a convalidar las tasas que éstos pretenden por las Lebac.
Es obvio que nadie acusará a Prat Gay de haber faltado a su deber si el IPC sube menos de 22 por ciento, considerando que hoy la inflación es una fábrica de pobres y genera gran malestar social. Pero mientras en el Central estiman que puede rondar el 15 por ciento o algo más, considerando el impacto que tendrá el reajuste de tarifas, los pronósticos privados promedian un 30, lo que puede conducir a serios errores por la divergencia de expectativas.
En realidad, hay una discusión metida en este asunto. Consiste en determinar si la fuerte expansión monetaria que hubo meses atrás está aún por reflejarse en una mayor inflación, como piensan los más ortodoxos (la gente del FMI, por ejemplo), dado que, según se supone, pasan por lo menos seis meses antes de que una mayor oferta de dinero se traduce en aumentos de precios. O bien nunca ocurrirá esa traslación porque, en paralelo, también creció significativamente la demanda monetaria (es decir, la disposición del público a mantener saldos líquidos en pesos).
En cualquier caso, lo que es bueno para la macroeconomía (más inflación, para que a Jorge Sarghini le cierren los números), es malo para la gente. Por suerte, al equipo económico no le salen bien los pronósticos. Se jugó por un dólar bien alto, y éste se empeñó en bajar. Apostó por subas cercanas al 2 por ciento mensual en los precios minoristas, y el IPC les niega el favor. Después del respingo de enero, cuando subió 1,3 por ciento, se achata en febrero por debajo de un punto. Quizá todo se deba a que, como están las cosas, la inflación tiene quién la proyecte pero no quién la pague.

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