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Siguen rodando las cabezas por el escándalo de corrupción en Brasil

Roberto Jefferson, el controvertido diputado brasileño que en junio desató la crisis por los sobornos en Brasil, debió ayer abandonar su banca (y derechos políticos por ocho años) por voto de sus colegas.

 Por Darío Pignotti
Desde San Pablo

La era jeffersoniana ha terminado. Pero no la del difunto presidente norteamericano, sino la del impresentable diputado brasileño Roberto Jefferson, que ayer discurseó con ademán hamletiano en la Cámara baja y dirigiéndose a una calavera imaginaria insultó al gobierno y acusó al presidente Luiz Inácio Lula da Silva de “crimen por omisión” en los casos de corrupción pero terminó el día destituido por sus colegas, con 313 votos (el mínimo era de 257)contra 156, 13 abstenciones, dos en blanco y dos nulos. El legislador había buscado persuadir a sus colegas que debían votar a favor o contra su desafuero por haber recibido cuatro millones de reales (1 real, 1 peso) ilegales para financiar la campaña del Partido Trabalhista Brasileño, PTB, según él mismo lo confesó hace tres meses en la Comisión de Etica del Congreso.
Aunque sonora, la embestida contra el mandatario no aportó pruebas que comprometan más de lo que ya está al gobierno. “Le quité la ropa al rey, mostré a Brasil quiénes son esos fariseos. El rey no gobierna (...) no sabe lo que lee, lo que firma (ni lo) que hace (...) (Lula) no es un malandra, es perezoso, gobernar no le gusta”, afirmó Jefferson, suscitando risas. Escogiendo un léxico poco shakespeareano, el legislador comparó al ex ministro José Dirceu, caído por sus denuncias, con una madama que recluta prostitutas en el Congreso. “Cafayete” (cafishio), gritó Jefferson. El alegato tampoco contuvo datos nuevos sobre ilícitos, algo temido por más de un congresista, ni la comentada maleta cargada con los mentados cuatro millones, dos versiones que habían sido divulgadas por personas de su entorno.
Los aplausos y las vivas llegaron cuando señalando al Palacio del Planalto (ubicado a metros del Congreso) dijo que de allí viene la “podredumbre”. Allí estuvo la clave de su defensa, en apostar al corporativismo silencioso de la Cámara propiciado por el voto secreto. Para ello Jefferson se incluyó en una lista de víctimas en las que también estarían el ex intendente paulistano Pablo Maluf y el actual presidente de Diputados, Severino Cavalcanti. El primero preso por corrupción y el segundo a un paso de perder el cargo por igual motivo.
Antes de subir al estrado, Jefferson, traje azul, camisa en tonos de gris y dorado, se paseó por el plenario mientras sus dos abogados defensores rechazaban punto a punto el dictamen de la Comisión de Etica, que por 18 votos contra 0 lo encontró culpable de infligir el decoro parlamentario. Sabiendo que cada gesto era registrado por las cámaras, Jefferson repartió y recibió saludos calurosos de sus colegas. Mientras tanto en los pasillos un grupo de jóvenes se paseaban com camisetas que decían “Yo creo en Roberto”.
El discurso comenzó a las 17.38, tras lo cual hubo intervenciones a favor y en contra. Alrededor de las 19 comenzó la votación, con la presencia de 483 de los 513 congresistas para desaforarlo, lo que implica la pérdida de derechos políticos durante ocho años. En el Congreso brasileño aún se respetan rituales que más parecen de una corte imperial (abolida en 1889) que de un ámbito republicano. “Vuestra excelencia”, “noble diputado”, “ilustre parlamentario” son fórmulas obligadas que debe pronunciar cada parlamentario. Del mismo modo, la votación de ayer, que podría realizarse electrónicamente, ocurrió manualmente, lo que llevó una hora y media de fila. Con esa forma de voto se preservó la identidad (o impunidad) de quienes votaron a Jefferson. Fue gracias al voto secreto que unos 300 diputados eligieron al folclórico Severino Cavalcanti como titular de Diputados en febrero, en una votación recordada como la “rebelión del bajo clero”, supuestamente indignados por recibir menos “favores” del gobierno de los que les habrían sido prometidos.
Ayer, Cavalcanti desistió de conducir la sesión dedicada a Jefferson por las denuncias de corrupción en su contra. Acusado de haber incurrido en un “mensalinho” (pequeña corrupción mensual), Cavalcanti sufrió ayer un serio revés al ser presentado un cheque de 7500 reales que comprobaría la maniobra dolosa. El peso de esa evidencia hizo que el bloque del oficialista Partido de los Trabajadores se sumara al pedido de renuncia que había sido lanzado por la oposición.

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El empresario brasileño Sebastiao Buani muestra una copia del cheque que pagó a Cavalcanti.
 
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