EL MUNDO › OPINION

Barack y Evo

 Por Walter Mignolo *

Aunque el triunfo de Barack Obama era previsible como posibilidad, no lo era, y no lo fue como realidad, hasta que el cómputo fue inapelable. La catástrofe de Wall Street tuvo un recorrido inverso: mientras que en círculos cerrados del mundo financiero se preveía lo que podría ocurrir, no se creía que fuera posible. ¿Será que la simultaneidad de la elección de un presidente de ascendencia afroamericana para ocupar la Casa Blanca y la catástrofe de Wall Street son pura coincidencia? ¿O hay otras explicaciones de la magia temporal en la que transcurren dos procesos paralelos e históricamente antagónicos: el colapso de la modernidad de Wall Street y la presencia irrefutable de la conciencia (des)colonial manifiesta en el voto contundente por Obama?

Hay otra coincidencia para anotar, aunque ya ha sido mencionada: ¿será casual que hace casi tres años, en circunstancias similares, la ciudadanía boliviana otorgó su voto de confianza a un presidente aymara? ¿Será casual que en este momento, Bolivia, un país de abajo en la escala de riquezas nacionales, tenga a un aymara como presidente y que Estados Unidos, el país de más arriba en la misma escala de riquezas nacionales, tenga como presidente a un afroamericano?

Salvando las diferencias de escala entre los dos países, la elección de Evo Morales y la de Barack Obama produjeron una conmoción semejante a nivel nacional y global. Ambas elecciones ya produjeron una transformación radical en la sociedad civil y en la sociedad política. La sociedad civil conservadora tiene que aceptar, a regañadientes, que “los indios” y “los negros” no necesitan ya que “los blancos” decidan sobre ellos. La sociedad civil progresista y la sociedad política encuentran en ambas presidencias el capital simbólico necesario para avanzar sobre “las fuerzas del mal” que activó al extremo la difunta administración de George W. Bush.

La transformación radical en la sociedad civil y política, nacional y global, es un acontecimiento innegable. Ambas presidencias marcan un hito a partir del cual ya no hay regreso: los prejuicios y los conflictos raciales, que no desaparecerán de la noche a la mañana, toman un nuevo cariz. “Negros” e “indios” (y otras minorías) no necesitan asimilarse al orden político “blanco” (como Condoleezza Rice), sino que han puesto sobre la mesa los puntos de otra agenda, la construcción y la transformación de subjetividades liberadas de las restricciones cristianas y seculares de la modernidad eurocentrada.

Sin embargo, otra cosa ocurre en la esfera de las políticas estatales y económicas y en su mutua interrelación. Aquí es donde la catástrofe de Wall Street, y en Bolivia el conflicto con los latifundistas de la Media Luna, entran en consideración.

La catástrofe de Wall Street cierra el ciclo neoliberal abierto con el golpe militar contra Salvador Allende, la dictadura de Augusto Pinochet y la presencia de Milton Friedman en la organización de la economía chilena. La elección de Ronald Reagan en EE.UU. y de Margaret Thatcher en Inglaterra pusieron al Estado al servicio de la economía: privatización (lo vimos en Argentina con Carlos Menem) y desregulación. En 1985 Jefrey Sachs estuvo en Bolivia asesorando al ministro de Economía del momento, Gonzalo Sánchez de Losada, a encarrilar la economía boliviana hacia el progreso, el desarrollo y la modernización. Sachs narra también su asesoramiento a la Rusia de Boris Yeltsin. La catástrofe de Wall Street, vista a corto plazo, es la enfermedad de la glotonería: la explotación y desechabilidad de poblaciones “de color” y la explotación de los países del “tercer mundo” hasta 1990 y en vías de desarrollo después de esa fecha. La coincidencia es que Evo Morales fuera elegido en el momento del colapso del experimento neoliberal boliviano y que Barack Obama fuera elegido en el momento del colapso del laboratorio donde se diseñó el experimento (Wall Street, Departamento del Tesoro, Fondo de Reserva, FMI, Banco Mundial).

La catástrofe de Wall Street abre, al mismo tiempo, el ciclo del capitalismo policéntrico y de la “vuelta al Estado”, cuyo fin y disolución cantaron las narrativas de la globalización en el período de auge neoliberal (1975-2008). La “vuelta al Estado” es un proceso que afecta a Estados Unidos y el corazón de la Unión Europea. La “vuelta al Estado” tiene sentido en la Unión Europea y en EE.UU. No en China y Rusia, ni en Brasil, Venezuela, Irán o Bolivia. Para los países fuera del radio europeo y estadounidense, en cambio, el Estado fue siempre una necesidad de defensa y respuesta ante la desregulación y al “achicamiento” de los Estados imperiales.

El vuelco producido por Obama en la sociedad civil y política es ya un acontecimiento y un logro. Los próximos pasos serán la necesidad de liderar con los dos pilares heredados de la administración Bush: en el manejo de la autoridad, la invasión de Irak y sus consecuencias; en el manejo económico, los excesos del ciclo neoliberal que culminaron en la catástrofe de Wall Street. Sus insinuaciones de invertir 700 billones en la infraestructura económica del país, monto equivalente al invertido para pagar la irresponsabilidad de los banqueros, apuntan a un cambio de dirección significativo en relación con las políticas económicas republicanas. En el Sur, Evo Morales también se enfrenta a las consecuencias de los dos pilares legados por la administración Bush: la conversión de opositores en terroristas, consecuencia de la retórica de la invasión de Irak; y la resistencia económica y política de los latifundistas de la Media Luna, consecuencias del dulce sabor del ciclo económico neoliberal montado sobre las herencias coloniales en las tierras bajas de Bolivia. Mientras tanto, la policentricidad del orden global actualiza un escenario en el que las decisiones unilaterales ya no tienen ni tendrán lugar.

* Director del Centro de Estudios Globales de la Universidad de Duke (EE.UU.).

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