EL MUNDO › OPINION

Los peligros de la tentación

 Por Eric Nepomuceno

Hasta la última hora –es decir, hasta muy entrada la noche del martes–, Renan Calheiros, presidente del Senado brasileño (y, como consecuencia, del Congreso), redoblaba esfuerzos para convencer a sus pares de que era inocente. Y no como dos meses antes, cuando se movía a base de amenazas y chantajes: travestido de hombre herido en su honor, del Renan Calheiros rencoroso e iracundo no quedaban más que sombras. Cordial, casi tierno, gastó cada minuto de los últimos días pidiendo comprensión.

Mientras tanto, sus leales escuderos se dedicaban a lo mismo que los adversarios: trazar proyecciones, calcular deserciones, prever traiciones y, muy sintomático, discutir nombres para la sucesión. En ese juego, los de Calheiros concibieron recursos y triquiñuelas para enturbiar a lo sumo la sesión secreta en el Senado, y que decidiría, a partir de las once de la mañana de ayer, los destinos de esa figura tan absurdamente típica de lo que de peor se presenta en el escenario político brasileño. Llegaron al extremo de prohibir teléfonos celulares y notebooks en la sesión a la cual nadie, salvo los 81 senadores y dos funcionarios técnicos del Senado, tendría acceso. O sea, nada capaz de registrar el voto de cada uno.

Ha sido el último acto de la arrolladora prepotencia de Calheiros en la bizarra e insólita lucha por la preservación de su gorda tajada de poder. Poquísimas veces antes se vio a un político tan execrado insistiendo en poner cara de paisaje frente a las acusaciones que le llovían de todas partes.

Demasiado tarde, demasiado en vano. Una semana antes, el presidente Lula da Silva admitía a asesores cercanos que se trataba de un cadáver político al cual difícilmente sería concedido el milagro de la resurrección. Aunque lograra, y logró, mantener su mandato, estaba definitivamente desinflado de poder.

Aliado inquebrantable del gobierno, el senador cometió el peor de los pecados que se le permite a un cierto tipo de político: se dejó atrapar. Primero, cayó víctima de una rutina de Brasilia: un affaire extramatrimonial que resulta en un embarazo indeseado que, a su vez, se transforma en fuente de renta para la madre inesperada. Calheiros, veterano en los trucos del poder, optó por pedir a una constructora que pagara a la embarazada y luego parida señora los casi 270 mil dólares que ella cobró a lo largo de tres años para no montar un escándalo de farándula, que, claro está, montó tan pronto el senador reconoció oficialmente la paternidad y le cortó la pensión por la mitad. Acorde con la denuncia de esa señora, una periodista inexpresiva y bien dotada por la naturaleza, Calheiros recurrió a la constructora para cubrir su generosidad inicial. A la hora de la verdad, cuando le tocó pagar lo determinado por los tribunales, se hizo súbitamente mezquino. De ahí la revancha destapada el pasado mes de mayo.

Para probar su inocencia, el senador aseguró disponer de recursos propios. Desenterró documentos para mostrar que vendió vacas para pagar a la madre de su hija. Peor la enmienda que el soneto: las pruebas de venta eran falsificaciones groseras, y le imputaron a Calheiros el crimen de evasión fiscal y falsificación de documentos. Empezó, entonces, un nuevo calvario: a cada paso, para demostrar su inocencia, nuevos ingredientes se sumaron al escándalo, con denuncias de más y más delitos, y de diversa índole.

Con todo eso, desde mayo Brasil vivió una circunstancia peculiar: un Senado presidido por alguien que sufre tres juicios al mismo tiempo dentro de la misma casa.

Lo más curioso es que, repasando la trayectoria de esa figura emblemática, a nadie le toca el derecho de la sorpresa. Renan Calheiros empezó en la política militando en el Partido Comunista do Brasil. Luego se alió al híper-neoliberal Fernando Collor de Mello, primer presidente brasileño depuesto por el Congreso, acusado de corrupción desenfrenada. De ahí pasó a aliado del sucesor, para culminar como ministro de Justicia –¡vaya ironía!– del gobierno de Fernando Henrique Cardoso. En un nuevo vuelco, en 2003 surgió como aliado incondicional de Lula da Silva.

Pues ahora esa figura, en su imperturbable capacidad camaleónica, llega al borde final de una carrera que le ha servido al menos para una cosa: cuando empezó la vida política, hace treinta años, era un pobretón que apenas llegaba a fin de mes con su modesto sueldo de diputado provincial. Hoy día es toda una potencia económica.

En cuanto a la mujer que le regaló una hija imprevista y el peor escándalo de cuantos se metió, ningún problema: además de cobrar una pensión mensual de casi cuatro mil dólares, será la estrella principal del número de octubre de la Playboy. Los lectores menos preocupados podrán entonces calcular si tanta confusión valió la pena.

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