EL PAíS › EN UNA LOCALIDAD AZOTADA POR LA VIOLENCIA, EL PUEBLO ASESINO A DOS MIEMBROS DE UNA BANDA

La pequeña Colombia

Los habitantes de Ministro Rivadavia –una localidad de Almirante Brown abandonada por el Estado– soportaron feroces niveles de violencia de una banda que exhibía protección policial. Un día hicieron una vaquita y compraron balas: así mataron a dos jóvenes de la banda. Hoy hay seis hombres acusados, pero todos dicen que “los mató el barrio”.

–¿Quién fue?
–Fue el barrio –contesta Abel, morocho de gomina.
–¿El barrio?
–Los Banegas se metieron con el barrio, hicieron daño al barrio. Entonces, ¿quién los mató? Los mató el barrio.
Los cadáveres de Japo y Queco, 16 y 17 años, quedaron tirados durante cinco horas al sol, en la frontera donde termina el conurbano y comienza el campo bonaerense. Una multitud enardecida los había sacrificado por ladrones, por rateros, por intentar violar a una mujer, por gozar de la protección de la policía, por haber llenado de pánico a los habitantes de Ministro Rivadavia, un aislado enclave de miseria en Almirante Brown. Desde principios de octubre seis vecinos están detenidos acusados de participar en el doble homicidio. Con estas muertes se llegaba al punto máximo de abandono de una de las tantas zonas en las que a la pobreza de niveles africanos se le suma una vida cotidiana tan violenta como la de los sitios más densos de Colombia. Si la retirada del Estado ocasiona hechos alarmantes como el incendio de un aguantadero de Moreno revelado por Página/12 esta semana, lo que puede causar su ausencia absoluta en los territorios de extrema exclusión va más allá de la rabia del fuego. Después de dos meses de atravesar las barreras que impone el terror en los afectados por el conflicto, Página/12 pudo reconstruir lo que ocurrió con esos dos ladrones: la manera en que un barrio llevado al límite de lo soportable se arma, compra balas haciendo una vaquita, se prepara para resistir el embate del “enemigo” vecino, y termina liquidándolo, como única supuesta salida al sometimiento entre pobres.
Hace casi dos meses, Página/12 recibió el primer dato. Un grupo de trabajadores sociales que debían ingresar a los barrios más pobres de Ministro Rivadavia, no podían hacerlo. Unas veinte familias habían emigrado en carretas, en remises, en autos prestados, con los trastos a pie, para salvar sus vidas de la furia de los deudos, miembros de la temida banda de Los Banegas, también conocida como la de los Speedy González o Piris. La diferencia, fundamental, era que en este caso no había organizaciones políticas armadas ni ejércitos ilegales como en Colombia: había una sorda guerra de pobres basada en la autorización que la Policía Bonaerense suele darles a las bandas que integran la reserva civil de la corporación mafiosa. Esa es la conclusión que asoma en la causa judicial en la que la defensora de pobres María Fernanda Mestrín intenta que se exculpe a los seis hombres sin antecedentes policiales presos por el doble homicidio de Eduardo Adrián Fuentes, alias Japo o Japito, 17 años, 50 kilos, 1,60 de estatura, piel trigueña, y Sergio Jesús Meza, Queco, 16 años, 1,65, ojos pardos, fanático bostero. El fiscal Juan José González, de la UFI 11 de Lomas de Zamora, acumula en el expediente los testimonios y documentos en los que decenas de vecinos denuncian la culpabilidad policial en el infierno que les ha tocado atravesar, pero que a pesar de las muertes del 22 de septiembre no ha terminado.
Cumbia a full. Meta merca
Entrar al pueblo es ingresar a un terreno cerrado, de miradas esquivas: por lo menos diez personas dijeron ni siquiera saber de las muertes. Durante casi un mes este diario buscó la manera de ingresar a ese territorio vedado. Y en esa búsqueda a quienes primero contactó fue a las ONG de Ministro Rivadavia: casi todos los comedores, las escuelas, los centros comunitarios habían sido asaltados. Las personas que atendieron los teléfonos de las organizaciones tenían miedo. Reconocieron el caos de violencia en el que se habían visto atrapados y la masacre que ese proceso incontrolable gestó. Coincidían en señalar que en el pueblo históricamente vivía una banda, la de Los Chilenos. Y hace cinco años llegó otra, la deLos Banegas. Los Chilenos, aseguran aún hoy, nunca robaron en el barrio. Los Banegas rompieron ese código. Y Los Chilenos habrían sido usados por los vecinos como sicarios de los “rastreros”. Esa versión iría dando paso a la verdad que hoy se reconstruye en la causa: “No fue una guerra de bandas, en el hecho participaron decenas de personas de la comunidad, también algunos miembros de la familia Marchand Jara, pero no los que tienen antecedentes”, le dijo a Página/12 una fuente judicial. Amenazados de muerte por Los Banegas, la mayoría de los miembros de ONG prefirieron no hablar con nombre y apellido ni contactar al cronista con la gente del barrio, lugar inexpugnable hasta para ellos. Fueron tres niños los que abrieron la puerta para comenzar a reconstruir la historia desatada la última semana de la primavera.
El mayor, un pibe de bermudas y torso desnudo escuchaba cumbia tirado sobre una silla oxidada en el patio de su rancho en el Bajo, la zona más pobre y desolada de todo Ministro, allí donde cada lluvia silvestre inunda con la fuerza de un diluvio. J. mataba el tiempo con la mirada puesta en el horizonte verde del campo. “Ah, sí, Los Banegas. Vivían en ese rancho del fondo”, dijo y señaló un blanco en la maleza en el que apenas se alcanzaba a distinguir los escombros de lo que había sido el refugio de Queco y Japo. “Los padres no les daban importancia, ellos vivían drogados, y salían re puestos a afanarle al barrio.” El rancho era uno de los tres que un grupo de vecinos hartos habían incendiado el día anterior a los linchamientos ante la mirada impávida de la misma policía que hasta ese momento los había protegido. “Estaban con la cana. Al rancho donde vivía el Queco venía el patrullero –asegura J.–. Los policías se ponían a chupar y a drogarse con los chorros. El Queco vivía con la gorda Sabrina, era como el marido. Eran todos la misma bolsa con la cana. Cuando venían ellos ponían una frazada para que no veamos y se quedaban ahí, con la cumbia a full, meta merca. Porque Los Banegas venden, pero en otro lado.”
¿Quién es el asesino?
La historia de estas dos muertes empieza cuatro días antes de los disparos finales. Y quizá dos años antes, cuando comenzó la destacada labor de Los Banegas y sus padrinos policiales. Pero en la última semana del invierno, desde el jueves 20, los incidentes fueron cada vez peores. El hecho que más perturbó a la comunidad fue un intento de violación durante un robo, del que fueron echados a los tiros. Pero eso generó una réplica y Los Banegas el sábado aparecieron en una canchita del barrio a los tiros, arriba de un carro. La gente le respondió con dureza: ese día les quemaron tres ranchos. La policía lo vio todo. Pero no intervino. Así consta en la causa judicial por los homicidios en la que están detenidos Matías Barandarián, de 21, Mario Benítez, un remisero de 31, Alexis Marchand Jara, de 19, Norberto Ortega, jubilado, Rubén Franco, de 22, y Mauro Chávez, colectivero, de 31. Ninguno de ellos tiene antecedentes. Todos niegan haber disparado las balas que mataron a los Piri.
“El sábado se propuso hacer una guardia, como el 20 de diciembre. Eran unos setenta vecinos armados”, cuentan Abel y Sergio. “¿Todos los vecinos están armados?” “Y, si no lo estaban, ahora lo están.” Necesitarían balas: tres personas del barrio le dijeron a este cronista que se hizo una colecta para ir a comprarlas a la armería de Burzaco, sobre la calle Ricardo Rojas. Esa noche el barrio durmió tranquilo, se enorgullecen. El domingo la gente volvió a intentar con el torneo, pero en otra cancha, frente a la plaza, a media cuadra de la iglesia. Ahí estaba Abel, como también un centenar que miraba el partido, cuando aparecieron como jinetes desbocados Japo y Queco. Iban a lomo del mismo caballo.
–¡Acá está toda la gilada, vamos a violar a las mujeres, que están todos los giles acá! –gritó uno. Y partieron el potrero por la mitad, en diagonal, a todo galope. El que iba atrás gatilló con la carabina al cielo varias veces y se perdieron en las calles del barrio. Lo que era un grupo dominguero se transformó en una turba. No quedó nadie en la cancha. Corrieron. Algunos a buscar las armas a los ranchos. Otros directo al objetivo. Rodeados, Japo y Queco enfilaron para el fondo de Irizar, que termina en el campo abierto, doblaron en el límite, por García, y trataron de fondearse en la casa de la familia Ortega. Allí habrían dejado el caballo. Allí empezó el linchamiento.
Eran unas doscientas personas entre los hombres, mujeres y niños. Por lo menos cuarenta estaban armados. Un grupo de entre 15 y 20 lideraba la persecución. Primero cayó Queco, el que llevaba la escopeta. Página/12 no halló testigos directos de esa muerte, pero los relatos de los vecinos coinciden en que el chico disparó sin suerte y recibió enseguida la respuesta: un solo tiro de carabina en el pecho. Sin embargo, en el expediente la descripción de la policía indica por lo menos dos tiros en la espalda. Una tía del Japo que miró la secuencia desde varias cuadras asegura en su declaración que primero lo golpearon y después “lo matan a tiros arrojándolo una vez muerto en el campo”. En ese lugar alguien ha clavado una cruz de ramas, una rosa roja de plástico y una botella de agua con un mechón de pelos adentro, la macumba con la que los deudos buscan venganza hasta más allá de lo terrenal.
Japo alcanzó a saltar hacia el rancho vecino y corrió hacia la calle Irizar. Pero la muchedumbre venía a su encuentro. “La gente agarró al segundo vivo y lo trajeron arrastrando, de los pelos, a las patadas con el chabón.” Abel alcanzó a llegar a la escena. “El no se podía mover. Igual no creo que haya podido de la paliza, o sea que cuando le dispararon capaz que ya estaba muerto”, piensa. “No fueron algunos, fue el barrio entero, hasta las mujeres y los niños le daban patadas”, jura una chica cuyo hermano está preso por el crimen. Mientras un grupo sostenía el cuerpo amoratado del ladrón “toda la gente gritaba que los maten”. “¡Que los maten! ¡Que los maten! ¡Si dejamos vivir a estos hijos de puta nos van a matar a todos!”, cuenta Abel que decía el torrente de vecinos enceguecidos. “Y bueno... fue que uno se decidiera a tirar para que todos los otros tiraran. Le dio uno y ahí le dieron todos”, asegura. Aunque el relato de otros vecinos que dicen no haber estado allí cuenta que fue un solo hombre con una 9 milímetros el que lo fusiló. Japo tiene según la autopsia cuatro orificios de entrada de proyectiles. El que lo mató fue un tiro de remate que le perforó la cabeza. “Lo remató un carnicero al que le habían robado un montón de veces. Pfffssss, dicen que le saltó el cerebro”, cuenta el niño de 11.
Los niños dicen la verdad, se supone. Ellos corrieron ante el sonido de las balas hacia el lugar del asesinato. “Se reunieron todos a mirar los cuerpos. Después llegó la gorda Sabrina con la madre de uno y se tiraba arriba del cuerpo. ‘¿Por qué te mataron negro?! Yo te dije que te quedes en casa!’, le decía. Y la gente se reía. ‘Eso le pasa por violador’, le gritaban’. Después vinieron los otros Banegas grandes y amenazaron a todos con que les iban a arrancar los ojos.”
A nadie le han arrancado los ojos en Ministro Rivadavia. Pero los vecinos siguen teniendo miedo. Los Banegas volvieron a amenazar a varios hombres esta semana. Y casi no quedan caballos en las tranqueras de los recolectores del pueblo. “Ellos se los han ido llevando todos.” La violencia es así de palpable en Ministro Rivadavia. Casi tan palpable como la miseria. Los vecinos siguen preguntándose por qué sus parientes y amigos están presos. Y siguen contestando ante la pregunta quién fue: “Fue el barrio”. La guerra de los pobres los tiene cautivos, sufren una de las más viles condenas a las que el Estado somete a sus víctimas.

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