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Los dos peronismos

Cumplidos los primeros cien días de su segundo mandato, la presidenta Cristina Kirchner conserva cómodamente el dominio del escenario político. Incluso, si se exagera un poco, podría decirse que hoy Cristina Kirchner marca el principio y el fin de ese escenario. Los medios opositores vienen augurando –con algo que parece más expresión de deseos que realidad– una caída en su imagen luego del accidente en Once y los enredos del “caso Ciccone”. Aun suponiendo que fuera así, quienes aparecen detrás de ella, Mauricio Macri o Hermes Binner, se ven tan rezagados y lejos del centro de acción que asemejan jugadores de otra categoría. Esa importancia de CFK le da hoy claras ventajas al oficialismo, así como marca sus límites a futuro.

Probablemente la Presidenta imaginara otra situación a los cien días de su nuevo mandato, luego de haber sido refrendada por el mayor porcentaje de votos desde el regreso democrático. Su agenda para este período se vio esta semana: la ofensiva oficial sobre la empresa YPF y la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central. En política exterior el eje está puesto en Malvinas, a días de cumplirse el 30º aniversario del conflicto. Por un lado, la desclasificación del Informe Rattenbach ratifica la postura crítica a la guerra de la dictadura. Por el otro, la movida contra las empresas que actúan en la explotación de la riqueza hidrocarburífera apuesta a mantener la presión sobre el Reino Unido para que se siente a negociar en algún momento, que nadie imagina en el corto plazo.

Pero la realidad es compleja y coló otros temas, menos agradables para la Casa Rosada, pero igual nadie podría adjudicarle haber perdido ni por un instante el control del timón. Cuando sucedió lo de los trenes, Cristina Kirchner ironizó acerca de que cuando ella no hablaba seguía trabajando como presidenta igual. La ironía vale, pero es cierto que sus apariciones públicas siguen marcando el ritmo de la agenda pública. Anticipa los movimientos del Gobierno, las tareas que tendrá por delante el Congreso, analiza artículos periodísticos, dialoga con sus funcionarios. Luego, el resto de la dirigencia sale a aprobar o a criticar, siempre girando en torno de sus apariciones. Si transcurren varios días sin que hable, da la sensación que no sucede nada. A veces no sucede nada.

¿Eso es bueno? Es indudable que dio resultado. En todo este tiempo, el oficialismo no quiso, o no supo, generar otro ámbito de discusión política, tampoco de asuntos de gestión. Las reuniones de gabinete dejaron de existir desde la llegada de Néstor Kirchner a la Casa Rosada. Pese a que Kirchner prometió algunas cosas cuando asumió su conducción, el Partido Justicialista nunca funcionó como otra cosa que no sea la aprobación unánime de las políticas gubernamentales. Ahora ni siquiera funciona. Todo indica que la Presidenta no está interesada en que lo haga.

Para más, los visitantes a Olivos son contados. No hay, como en otros tiempos, gobernadores o intendentes que participen de reuniones allí, aunque sea cada tanto. Aseguran que solo algunos ministros son asiduos y para hablar exclusivamente de temas de su área. Aunque todo debate aún es muy prematuro, la situación comienza a inquietar a algunos K, a los que les gustaría tener algún indicio de hacia dónde va la cosa. En principio, no hay ni rumores sobre una propuesta de reforma constitucional.

Así las cosas, desde varios sectores comenzaron a juntarse en un nuevo intento por crear una estructura kirchnerista. “No podemos esperar que Cristina resuelva todo o que nos diga qué hacer desde el Salón de las Mujeres”, explicaba un K de la provincia de Buenos Aires. El embrión del armado se expondrá el 27 de abril –aniversario del triunfo electoral de Kirchner– en el estadio de Vélez, donde sueñan con reunir una multitud que dé que hablar. Aunque hay varios convocantes, el rol protagónico lo tendrá la agrupación La Cámpora. “Si hay una señal de armado político de Néstor y Cristina es la creación de La Cámpora, así que cualquier nucleamiento kirchnerista tiene que ser con ellos”, explicaba uno de los organizadores. Al acto piensan invitar a gobernadores, intendentes y legisladores “comprometidos con este modelo”. Todavía no comenzó a discutirse, pero probablemente no haya invitaciones para todos, lo que podría llegar a generar algún intercambio de opinión.

Entre los no peronistas que participan del armado existe temor por la continuidad del modelo en el mediano plazo. Entienden que la única que pueda garantizar el rumbo es Cristina Kirchner, no hay una opción que les cierre. Para peor, por estos días recorre los canales opositores el ex titular del Comfer Julio Bárbaro proclamando la necesidad de una vuelta al “peronismo verdadero” que, obviamente, a su criterio no tiene nada que ver con el gobierno actual y menos con La Cámpora. Por los mismos salones anda el secretario general de la CGT, Hugo Moyano, quien días atrás firmó con el Momo Venegas un afiche recordando a José Rucci con una frase contra Agustín Tosco y ayer habló de la “sovietización” del Estado argentino. “Es una locura, quieren recrear el clima de la Plaza en que Perón echó a los ‘imberbes’”, se escandalizaba un dirigente kirchnerista. Según su visión, este armado de “vuelta a la ortodoxia” cierra con la candidatura de Daniel Scioli.

El gobernador bonaerense genera diferentes reacciones dentro del kirchnerismo. Para algunos sectores –uno que lo dice abiertamente es Martín Sabbatella–, Scioli es la carta de los intereses conservadores para clausurar las reformas generadas de 2003 a esta parte. Que ya le quitaron las fichas a Mauricio Macri –que va de tropiezo en tropiezo y no avanza en el armado de una estructura política nacional– y que sólo Scioli les brindaría garantías de un proyecto sólido.

Ante esas acusaciones, el gobernador suele responder con su historia de fidelidad con Néstor y Cristina Kirchner, a prueba aun de las filtraciones de Wikileaks. Con todo, el gobernador sabe bien que no es el favorito del “cristinismo”. Tiempista, calla y espera que al final del camino sea la única opción en pie, panorama que no suena alocado. Mientras, tira líneas para todos lados. La Presidenta le señaló en público que los medios favorecidos por su pauta oficial no eran precisamente los que quieren al Gobierno. En los días en que el aborto entró en discusión, mantuvo una reunión con los obispos católicos. Al mismo tiempo, la semana pasada le ofreció un cargo a Estela de Carlotto que la titular de Abuelas declinó con elegancia. Además, Scioli no descuida sus relaciones con La Cámpora y otras agrupaciones kirchneristas, como el Movimiento Evita. También buscó incorporar algunas de las recomendaciones que le reclamaban a su política de seguridad desde los sectores progresistas agrupados en el Acuerdo por una Seguridad Democrática, aunque no da el brazo a torcer respecto de la continuidad de su cuestionado ministro Ricardo Casal.

Las líneas K también ven en el gobernador de Salta, Juan Manuel Urtubey, otra baraja de reemplazo en el mazo de los sectores conservadores. Con 42 años, Urtubey va por su segundo mandato como gobernador y no oculta su intención de buscar un destino nacional en 2015. Esta semana dio la nota al anunciar que su provincia no obedecería el fallo de la Corte Suprema sobre aborto no punible, declaración que luego revirtió a través de un decreto. En su entorno juraban que no había tenido la intención de diferenciarse, que fue una declaración breve ante un grupo de periodistas y que jamás imaginó la repercusión que podía generar. Como Scioli, Urtubey también da señales en diferentes direcciones. Levantó la prohibición a los recitales de rock en su provincia, impulsó el juicio por la desaparición del ex gobernador Miguel Ragone durante la dictadura, así como determinó la obligatoriedad de la enseñanza religiosa en las escuelas públicas. Ahora lo del aborto.

Scioli y Urtubey, coincidentemente, se consideran oficialistas, defienden las políticas del Gobierno y mantienen una excelente relación personal con la Presidenta. Pero hay quienes consideran que sería el peor fin para la experiencia kirchnerista que ellos se convirtieran en los herederos del modelo. Al mismo tiempo, les cuesta encontrar un plan B ante la imposibilidad de que continúe CFK.

El politólogo Juan Carlos Torre habla de la existencia de dos peronismos, en referencia a un peronismo “permanente” –un electorado que vota con fidelidad pase lo que pase– y otro “contingente”, que varía según el “clima de época”. Ese clima, en coincidencia con la tendencia de la región, hoy favorece al progresismo. El que vendrá tiene pronóstico reservado.

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Imagen: Télam
 
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