EL PAíS › LA HISTORIA DEL EDIFICIO

Una obra maestra

La Confitería del Molino hereda su nombre de una panadería con molino harinero que se alzaba a mediados del siglo XIX en Rivadavia y Rodríguez Peña. Propiedad de un prusiano, el lugar fue demolido en la década de 1880 cuando se creó la Plaza del Congreso y se comenzó a abrir la Avenida de Mayo. La mudanza fue a un pequeño edificio en la esquina de Callao, con el mismo nombre pero ya sin un molino de verdad. La panadería se transformó en confitería y ganó fama con un nuevo dueño, el italiano Gaetano Brena. Para comienzos del siglo XX y con el Congreso en plena construcción, Brena ya había comprado a sus vecinos una casita sobre Rivadavia y una más grande sobre Callao. Demolida esta última, había terminado un edificio de cinco pisos para renta cuando fue a un asado de la colectividad. Era abril de 1915 y ahí le presentaron a un joven compatriota, Francesco Gianotti, que estaba terminando las Galerías Güemes y era la estrella de la arquitectura local. La leyenda relata que Brena le contó a Gianotti su sueño de hacer la más espectacular confitería jamás vista en el país, y que el arquitecto dibujó el Molino en el mantel de papel. Brena contrató al compatriota ahí mismo, seducido por los bocetos, y le puso dos condiciones. Una, que la obra no implicara cerrar la confitería ni un día, ya que había que ganarse la vida. La otra, que estuviera lista para el 9 de Julio de 1916, para festejar el Centenario de la Independencia. Engrupido y joven, Gianotti aceptó.

Estas condiciones explican algunas rarezas estructurales del magnífico edificio que terminaron estos dos italianos. Por ejemplo, que en realidad el Molino son tres edificios muy bien cosidos: el que ya estaba sobre Callao, con la fachada cambiada, el que se construyó de cero sobre Rivadavia y el que se construyó encima de la confitería sobre la esquina. La poderosa estética de Gianotti unificó todo con un piso superior en una original mansarda art noveau de tejas doradas y con la poderosa línea horizontal de la marquesina sobre la calle. El toque de gloria fue la torre, realizada en piezas premoldeadas, un alarde técnico hace un siglo, con un bello vitral iluminado por adentro. El resultado final fue nomás una increíble confitería más seis pisos de departamentos para renta.

Así fue que ese 9 de Julio de hace casi un siglo los porteños se acercaron a ver el espectáculo de la cúpula del Congreso iluminada haciendo dupla con la de la confitería. El Molino tenía además un conjunto de esculturas, hoy perdidas, que representaban las pocas provincias de la época y tenían cada una su propia luminaria. Y por supuesto estaba el estallido de color de la marquesina, cribada de vitrales de tonos subidos. El éxito fue instantáneo, y el Molino se transformó en un lugar obligado para el té y el café, y también para las presentaciones políticas en el salón del primer piso por el que pasaron todas las grandes figuras de la historia moderna.

A casi veinte años de silencio, el edificio está ahora muerto, sin servicios, con la marquesina envuelta en una tela fúnebre de seguridad, tapiado para evitar ocupaciones y saqueos, y con problemas internos que ahora serán diagnosticados. La enorme tarea de devolverlo a la vida le caerá al equipo que está restaurando el Congreso, con la dirección del arquitecto especialista Guillermo García. Los primeros pasos serán los de garantizar la seguridad estructural del Molino para evitar accidentes.

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Imagen: Pablo Piovano
 
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