EL PAíS › OPINION

Enseñanzas de un declive

 Por Edgardo Mocca

La trayectoria de Sergio Massa desde el esplendor alcanzado con su triunfo electoral de 2013 hasta su creciente soledad política actual merecería una mirada diferente de la que ofrece la abundante chismo-politología que circula entre nosotros. El tigrense había quedado colocado, hacia fines de aquel año, en un lugar estratégico donde parecían confluir todos los deseos –transformados, como siempre, en pronósticos políticos– de la opinología corporativa. Hasta el propio Macri, en aquel reportaje en que habló por primera vez del “círculo rojo”, empleó esa expresión para designar a los poderosos que habían ungido a Massa en su candidato.

La inclinación primera del bloque de poder dominante hacia el candidato victorioso de las legislativas de hace dos años es muy fácilmente explicable: el ascenso de Massa equivalía a un proceso irreversible de vaciamiento del liderazgo de Cristina Kirchner, a partir de un curso considerado inevitable de migración masiva de los respaldos de la Presidenta en la estructura federal del justicialismo. Solamente hay que imaginar cómo hubieran sido los dos últimos años políticos argentinos si esa fuga de apoyos se hubiera verificado, si la liga de gobernadores peronistas se hubiera partido en dos. Hace mucho que la derecha argentina trazó el diagnóstico del derrumbe de la experiencia kirchnerista, basado sobre tres pilares: las operaciones financieras de desestabilización, el desorden callejero y la discordia peronista. El resultado de la confluencia de esos tres procesos era el escenario ideal de la ingobernabilidad, lo que fue siempre y sigue siendo el recurso necesario para el doble propósito de fundar la racionalidad del ajuste y el regreso a la ortodoxia, además de generar un duro escarmiento para cualquiera que quisiera intentar una nueva aventura “populista”.

Y lo cierto es que a la ilusión massista no le faltaban argumentos y hasta “teorías” ampliamente divulgadas por la politología predominante entre nosotros. Sin reelección y sin una sucesión clara, con un candidato alternativo joven y muy audaz para el marketing político y una estructura justicialista fatigada por la conflictividad política y deseosa de un giro hacia la moderación, se componía el cóctel ideal. Si a eso se le sumaba otro proceso considerado igualmente inevitable de estancamiento y desorden económico, caldo de cultivo de protestas sociales incontrolables, estábamos en el camino del plan A de la derecha mediático-política. ¿Por qué fracasó la operación que tanto prometía?

La exploración de las causas nos lleva a la cuestión del liderazgo político. Se trata de una cuestión cardinal alrededor de cuya definición se dividen las aguas de las diversas concepciones de la política. La floreciente industria del marketing político, con sus encuestas, sus focus groups y sus equipos de asesores de imagen –hija dilecta del vaciamiento ideológico de los partidos y la personalización extrema de la política que atravesaron el mundo en la época de su reconfiguración neoliberal– construyó un nuevo tipo de líder. Ese tipo ideal era un personaje atento a la opinión pública, a sus bruscos cambios, un intérprete fiel del “estado de cosas” entendido por tal el seguidismo acrítico de todas las oleadas del humor social en cuyo contenido juega un papel prominente el dispositivo mediático dominante. Es un líder “de opinión”, un traductor fiel del estado de conciencia colectivo; como tal, no usa anteojeras ideológicas ni se empeña obcecadamente en impulsar cambios que esa misma conciencia colectiva no tiene en su agenda. Hay otra versión del liderazgo político, que durante los últimos tiempos fue considerada agotada, como parte de un tiempo político de ideologías y de épicas que nunca regresaría. En este caso, es un liderazgo de convicciones, creador y disruptivo. Para ser un liderazgo real no puede confiar solamente en sus convicciones, pero si las abandona sin lucha será también un líder aparente, limitado a administrar el poder de otros –en este caso el poder económico.

El liderazgo político presidencial fue clave en estos meses de la desilusión de la derecha argentina. No cedió ante el chantaje desestabilizador cuya bandera era el dólar a 20 pesos, recuperó la iniciativa económica, no cedió ante el chantaje de los buitres y mantuvo firme el timón de la estructura federal de sus apoyos. Se mantuvo sereno frente a medidas de fuerza sin programa ni acto público ni declaración, que sostuvieron su importancia a base de complicar el viaje de los trabajadores hacia su lugar de trabajo. Desactivó diversos tipos de conflicto apelando a la persuasión y la negociación. Enfrentó exitosamente la más aguda provocación política montada alrededor del fiscal Nisman, su irresponsable denuncia y su confusa muerte. Claro que el liderazgo no es solamente una cuestión subjetiva, una capacidad del que lo ejerce; solamente es posible si existe una situación social que lo habilite. En este caso había y hay una sociedad que no se deja arrastrar por la idea de que es necesario que todo estalle para que se pueda empezar de nuevo. Y dentro de esa sociedad hay también un sector muy grande que intuye que el país está yendo en una buena dirección.

El peronismo no se encolumnó detrás de Massa. Y de los contados dirigentes que lo hicieron, la mayoría se fue “desencolumnando” poco a poco. No había muchos pronósticos hacia fines de 2013 que adelantaran esta deriva. Más bien, el cinismo político que suele posar de realismo consideraba que la emergencia de un nuevo liderazgo joven, emprendedor y audaz, en el contexto de un justicialismo “disponible” por la no reelección de su actual líder sería el último capítulo del fin de ciclo. Había quienes objetaban esta profecía, recordando el pronto agotamiento del anterior desafío del antikirchnerismo de origen peronista que había representado De Narváez; pero se refutaba fácilmente: entonces todavía había reelección y el candidato triunfador no podía ser candidato a presidencia porque no era argentino de origen. Es decir una respuesta plenamente circunscripta a un régimen de argumentación pragmático-cínica. Toda esta ilusión giraba en torno a una mirada sobre el kirchnerismo que lo reducía a un accidente histórico casual, un simulacro, un malentendido que no tardaría en aclararse. Y el sepulturero de esta confusión fugaz tenía que ser el mismo movimiento del que había nacido: el peronismo, pasados los temblores de la crisis de hace poco más de una década, volvería a constituirse en el garante de una Argentina normal, alejada de veleidades bolivarianas y apelaciones trasnochadas a las tres banderas históricas. Cuando los gobernadores hicieron las cuentas, no les dieron el mismo resultado que a sus pragmáticos consejeros de las grandes corporaciones. El resultado más elemental es que durante los años del malentendido peronista tuvieron crecimiento, inversiones, mejoramiento de las infraestructuras provinciales y todo esto les valió una más o menos tranquila reproducción de su poder político. El simulacro transformador no se dedicó solamente a desafiar ideológicamente a los saberes convencionales de economistas y politólogos, produjo resultados en todas las facetas del accionar gubernamental. Los produjo, en muchos casos, después de persistir largo tiempo en enfoques que se mostraron equivocados; los produjo sin una hoja de ruta claramente preconcebida y, en muchos casos, esos productos (la ley de medios audiovisuales, la reestatización de los fondos jubilatorios, la recuperación de la mayoría accionaria de YPF) fueron la chispa que brotó del combate por el poder. Pero el hecho es que la conducta política de los referentes provinciales del justicialismo les asigna notoriamente un gran valor.

El ocaso (provisional, claro) de Massa modificó críticamente la escena preelectoral. El oficialismo terminará viéndose las caras con la expresión más franca de la derecha argentina, el macrismo. Mientras se escribe este comentario, no ha terminado de decidirse la situación electoral del gran triunfador de 2013; sus operadores siguen gestionando el bote salvavidas de la candidatura a gobernador de la provincia de Buenos Aires y el macrismo sigue mostrándose en la línea trazada por el consultor-ideólogo del partido de no conciliar con la vieja política, sin que se sepa cómo encaja en esa consigna la alianza con el radicalismo. Es decir, en líneas generales el peronismo está casi entero en el FpV. La decisión peronista se juega dentro de la interna del oficialismo. Una vez más los pragmáticos y “antiideológicos” juegan sus cartas. Dan por sentado que las internas las gana Scioli y/o meten miedo con un eventual triunfo de Macri en las generales si Randazzo gana la interna. Una vez más las “certidumbres” del emporio mediático se cuelan en la discusión del oficialismo. Una vez más la apelación al peronismo del orden y del diálogo. Una vez más la falta de fe en el proceso transformador que se desarrolla en el país, como parte de un cambio de ciclo en amplias escalas internacionales, y la apuesta al mal menor. Si los pragmáticos tienen como preocupación el futuro del peronismo, harían bien en revisar las cuentas de estos años: hacía mucho que no se veían multitudes de jóvenes con emblemas de ese movimiento llenando las calles del país.

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Imagen: Leandro Teysseire
 
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