EL PAíS › OPINIóN

Es complicado

 Por José Natanson *

¿Cuán diferente al kirchnerismo es Daniel Scioli? ¿Qué lo distancia, dónde se sitúa exactamente el desvío? ¿En su pasado, su estilo, su forma de articular su discurso, su gusto por otros cantantes populares, su política de seguridad? ¿Cuántos kilómetros ideológicos alejan a Sergio Berni de Alejandro Granados? Es evidente que hay algo –una frontera dura– que separa al kirchnerismo de Scioli, pero es una frontera que no resulta tan fácil de definir.

Una posible respuesta derivaría de la siguiente idea: más que kirchnerista, Scioli es una síntesis de los tres liderazgos más importantes del peronismo poscafierista (Menem, Duhalde, Kirchner), cada uno de los cuales alumbró no sólo una corriente interna transitoriamente hegemónica sino también una forma de entender el peronismo y, en el extremo, una cultura política.

Comencemos por el principio. Expresión sintomática del ménage à trois menemista entre política, espectáculo y deporte, Scioli es un típico producto de los ’90, aunque su gran ascenso, como el de Macri, se haya producido durante el kirchnerismo. Pero la política es así, una década se sobreimprime sobre la otra y los ’90 están tan presentes –incluso en el heterogéneo universo oficialista– como los ’70 y los ’80. Lo notable es que Scioli no reniega de su pasado ni ha abandonado sus marcas de época, que lleva sin sobreactuarlas pero con serena seguridad, y que se hacen visibles, por ejemplo, en los modos que elige para su exposición pública, como el festejo de su 55º cumpleaños con un megarrecital en Mar del Plata junto a los Pimpinela, Cacho Castaña y... ¡Palito Ortega!

Si el origen de Scioli lo ubica indefectiblemente en el menemismo, su estilo político lo acerca más a su segundo padrino, Eduardo Duhalde, de quien fue secretario de Turismo y Deporte. Scioli es duhaldista, pero no en el sentido del duhaldismo como una corriente interna del PJ, sino del duhaldismo entendido como una cultura política que mezcla en diferentes proporciones, según el momento y la conveniencia, conservadurismo con sensibilidad social, ciertas aperturas al progresismo (recordemos por ejemplo que León Arslanian fue ministro de Seguridad de Duhalde) y un “alma de derecha”, todo ello sostenido por una conciencia casi telepática de las necesidades y urgencias del territorio, que es donde se conjuga la cifra de sus éxitos y sus fracasos. La componenda es la clave de este estilo conciliador y plástico: así, lo que en el kirchnerismo es crítica frontal, identificación explícita del adversario y choque directo, en Scioli es adaptación, ajuste, sentido de la oportunidad. Pero no debilidad: hay en él una voluntad de supervivencia por mimetización que a esta altura sería absurdo negar.

Y, por último, el costado kirchnerista de Scioli: al fin y al cabo, ya lleva más años como kirchnerista que como menemista o duhaldista y, más allá de algunos toques espaciados de diferenciación, como cuando se acercó a saludar a su amigo el Muñeco Mateyko al Espacio Clarín de Mar del Plata, lo cierto es que ha demostrado una y otra vez su disciplinado alineamiento con el Gobierno, confirmado con la candidatura a gobernador en 2007 y con las testimoniales en 2009.

La capacidad de Scioli de conservar intacto su sex appeal electoral a pesar de los sacrificios de imagen que le impuso el kirchnerismo (¿qué otra cosa eran, si no, las testimoniales?) es lo que explica que, después de doce años de operar desde el margen, finalmente el Gobierno apueste a la moderación, en una fórmula que refleja, en última instancia, la astucia de un equilibrio. Si se mira bien, la oferta presidencial del Frente para la Victoria implica la búsqueda de un balance en tres dimensiones: territorial, porque integra a un porteño/bonaerense con un patagónico; generacional, porque aunque Carlos Zannini le lleva apenas tres años a Scioli uno expresa a la generación de los ’70 y el otro a la de los ’90, y, por último y sobre todo, político.

Es, en cierto modo, lógico, si se tiene en cuenta que las fórmulas presidenciales siempre tienden a reflejar un balance. Repasemos brevemente: en los comienzos de la organización nacional, cuando lo que hoy llamamos Argentina era una tensa confederación de provincias tutelada por Buenos Aires, las fórmulas apuntaban a garantizar la armonía interior y puerto, verificada en los casos de Bartolomé Mitre (Buenos Aires) y Marcos Paz (Tucumán), Miguel Juárez Celman (Córdoba) y Carlos Pellegrini (Buenos Aires), y Manuel Quintana (Buenos Aires) y José Figueroa Alcorta (Córdoba), entre muchos otros. Más tarde, cuando los partidos de masas reemplazaron a las oligarquías provinciales como grandes organizadores de la vida pública, las fórmulas comenzaron a ser definidas según criterios de equilibrio intrapartidario (Alfonsín-Martínez, Luder-Bittel, Angeloz-Casella, Menem-Duhalde), para finalmente, ya en tiempos de videopolítica y personalización de los formatos de representación, decidirse, cada vez más, en función de un juego de refuerzo de imágenes, como en los casos de Menem-Ruckauf, De la Rúa-Chacho Alvarez y, por supuesto, Kirchner-Scioli.

El kirchnerismo, decíamos, opera desde el borde. Unos meses atrás, cuando todavía circulaban las especulaciones, el gran interrogante consistía en si Cristina jugaría antes de las PASO o si esperaría el resultado para recién después apoyar al ganador. ¿Jugaría la Presidenta? Jugó, sólo que en un sentido diferente al que muchos esperaban: con la decisión de convertir a Scioli en el candidato único del oficialismo, rodeado por listas legislativas y un vicepresidente químicamente puro, la Presidenta apostó a la moderación, la contención, el balance.

Probablemente esto explique el desconcierto que generó su decisión en una parte del kirchnerismo duro, que una semana atrás criticaba la “hipótesis Scioli” como una claudicación clarinista. Pero el kirchnerismo chocó contra un límite, implícitamente reconocido en la decisión de Cristina. Ni suficientemente populista como para forzar una reforma constitucional que habilite un tercer mandato al estilo venezolano, ni suficientemente institucionalista como para descansar en una organización partidaria que le permita construir un sucesor puro al estilo brasileño, el Gobierno sufre su histórica dificultad para ofrecer políticos expresivos de su vibración ideológica y capaces al mismo tiempo de ganar elecciones. Había ocurrido antes, con las candidaturas kirchneristas de Massa, Insaurralde y el mismo Scioli, y sucede ahora, cuando lo que está en juego es la mismísima Presidencia. Como ideología no equivale a popularidad y la militancia no se traduce necesariamente en votos, Cristina decidió, con toda lógica, jugar a ganar, aunque sea con un candidato que la representa sólo a medias: Scioli para todos.

Y Scioli, que pasó años ahorrando votos, era consciente de que su tiempo empezaba el 10 de diciembre de 2015, como había declarado hace unos meses su asesor más elegante, Jorge Telerman, en una frase con adverbio: “Oportunamente, Daniel será presidente”.

Concluyamos con un comentario general. En tanto metáfora política, la dichosa polarización alude a dos núcleos de intensidad enfrentados, pero no dice nada acerca de la distancia que los separa. ¿Hasta qué punto, citando el graph de 6,7,8, la disputa Scioli-Macri supone la lucha entre dos “proyectos de país”? Pertenecientes a una misma generación política, el representante de la posmodernidad peronista y el de la posmodernidad republicana se diferencian por las circunstancias en las que cada uno llega a la campaña, consecuencia a su vez de decisiones relativamente recientes, antes que por un contraste ideológico fuerte construido a lo largo de décadas de ejercicio político. Descontextualizados, Macri y Scioli no son tan distintos. Pero el hombre es siempre él y su circunstancia. Por una vez más cerca de Ortega y Gasset que de Jauretche, el kirchnerismo se consuela con la idea de que podrá –con el liderazgo de Cristina, bloques legislativos sólidos y el vicepresidente– condicionar un eventual gobierno de Scioli. ¿Será efectivamente así? ¿Qué pesa más en política, el sujeto o la estructura? ¿Y qué hará Scioli cuando sea libre?

Las leyes sociales no operan como la ley de gravedad, pero de todos modos existen, y una de ellas indica que en tiempos de excepción o emergencia las sociedades tienden a inclinarse por liderazgos enérgicos y extremos, y que en momentos de normalidad, así sea de normalidad recesiva, prefiere alternativas apaciguadoras y centristas. Como en Argentina los ciclos políticos suelen terminar con explosiones, hay tres ejemplos de lo primero (Alfonsín, Menem, Kirchner) y sólo uno (De la Rúa) de lo segundo. El apoyo de Cristina a Scioli es una forma de interpretar esta demanda social de moderación, que al fin y al cabo es la que explica que ninguno de los candidatos más cercanos al kirchnerismo, incluyendo a Florencio Randazzo, lograra acercarse en las encuestas al programa de paz y administración del gobernador bonaerense.

Es curioso cómo suceden las cosas: tras doce años de kirchnerismo, las dos grandes alternativas electorales convergen en el set de ShowMatch, convertido en el centro exacto de nuestra política.

* Director de Le Monde Diplomatique. Edición Cono Sur,www.eldiplo.org

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Imagen: Télam
 
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