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Piqueteros silenciosos

 Por Eduardo Aliverti

Fue el día en que terminó de fracasar el ataque de la jerarquía católica contra la nominación de Carmen Argibay como jueza de la Corte Suprema, en una semana donde la Iglesia, perdida por perdida, decidió avanzar con uno de sus mastines no más destacados pero sí más salvajes. Eligió mal. El arzobispo de La Plata, Héctor Aguer, mucho antes que un príncipe reaccionario que todavía reza las misas con guantes de encaje almidonado a lo Pío XII, fue el fiador del ex banquero Francisco Trusso. Y el presidente Kirchner no tuvo más que patearle un penal sin arquero cuando el monseñor resolvió sacar esa carta absurda de un gobierno que alentaría “la lucha de clases”. Después, cuando ya era muy tarde, voceros eclesiásticos intentaron deslizar que Aguer había ladrado por las suyas; con lo cual no hicieron otra cosa que profundizar el ridículo.
La presión de la Iglesia contra una magistrada irreprochable se produjo en el Congreso con dosis iguales de ferocidad y sigilo. Fue, en efecto, un piquete que no alteró “el orden público”, como dice la tilinguería, pero que a la vista de cualquier observador con honestidad intelectual ratifica un concepto horrible sobre la moralidad de estos presuntos cristianos. Bien dicho por el colega Mario Wainfeld, también el jueves en este diario, “(...) la jerarquía de la Iglesia argentina ha funcionado como un aliado de los peores statu quo, como un freno al cambio, como un ombudsman de la reacción. No debe asombrar, entonces, que el establishment cultural y mediático le atribuya a ‘la Iglesia’ un predicamento moral superior y repita con ensoñación sus diatribas contra los gobiernos democráticos”. Claro que este otro tipo de piqueteros no se reduce a la esfera de acción de las bambalinas religiosas. Hay algunos nada silenciosos que abundan, sobre todo, en los medios de comunicación, disfrazando de periodismo serio sus operaciones profesionales.
Al presidente Hugo Chávez, de paso por aquí, le mandaron un piquete informativo para burlarse de sus inclinaciones histriónicas y tratar de ocultar, con alevosía, algunos emprendimientos estatales de integración regional que –más allá de la suerte que les toque– son por lo menos un intento de recrear acciones públicas de desarrollo productivo, en medio de la catástrofe dejada por las políticas neoliberales.
Pero vean este otro piquete silencioso, que si no fuera por lo burdo sería admirable. Ambito Financiero, el viernes, resolvió comerse, en su portada y en toda la edición, que Venezuela se asoció al Mercosur y que México lo hará próximamente. ¿Se puede ser tan violentamente trucho?
Y miren el piquete de los medios por la votación modificatoria del Código de Convivencia porteño. Son los mismos medios que instalaron que no sirve, que hace falta mano dura, que la ciudad es un show de travestis y prostitutas, y de vendedores ambulantes evasores de impuestos, y de cuidacoches compulsivos. No venía pasando nada. Ya se había regulado, de hecho y de derecho, la convivencia vecinal con las tribus conflictivas surgidas de una sociedad donde el Estado se retiró a todo efecto de equilibrio comunitario. Aparecieron los legisladores de Macri, piquetearon, dijeron que lo que venía bien estaba mal y pudrieron todo para que la agenda mediática porteño-céntrica siga esparciendo la sensación de un país entero más hecho pelota de lo que está y urgido de orden. Del orden de ellos. Del orden que la derecha impone en la cabeza, que es el más terrible de todos los órdenes. Este conjunto de operativos de los medios, que en ciertos casos es eso propiamente dicho y en otros lo protagonizan señores y señoras gordos del periodismo, operados como idiotas útiles, se da, oh casualidad, cuando de manera temporaria ha desaparecido del escenario mediático el tema de la inseguridad. Hace unas horas intentaron reinstalarlo gracias al secuestro de un caballo pura sangre. Pero no daba. No importa. No faltará oportunidad.
Tienen recursos de sobra y todos los dientes en orden, no cortan las calles ni los accesos, los convocan a entrevistas y seminarios varios para hablar de la amenaza de caos que se cierne sobre la Argentina y nadie les repregunta nada. Son curas, comisarios retirados, economistas de los ricos, periodistas “independientes”, hombres de grandes negocios, animadores radiofónicos y televisivos. La aristocracia del barrio, digamos, y, como tal, bastante mersa. Son los piqueteros modositos, aunque a veces no pueden disimular. Son lo peor que tenemos, junto con tanta gente que no se da cuenta y que les hace el juego.

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