EL PAíS › PANORAMA POLITICO

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 Por J. M. Pasquini Durán

En la reciente terminología conservadora, la sociedad estaría formada por “ciudadanos sustanciales”, los que importan, y el resto es la “población subyacente”. Los recortes en el programa gubernamental de seguridad social norteamericano, diseñados por la administración Bush, fueron explicados porque sus efectos no perjudicarán a los “sustanciales”. La revuelta popular en Bolivia, que tiene a ese país sumido en una crisis político-institucional todavía más grave que la ocurrida en Argentina a fines de 2001, sería una típica manifestación de “subyacentes”. Para la doctrina antiterrorista de la Casa Blanca, los desórdenes sociales masivos tienen que ser contenidos con el método que sea porque son caldo de cultivo para la satánica propagación del enemigo. Será por eso, quizá, que en la asamblea de la OEA, hace pocos días, la canciller Condoleezza Rice de Estados Unidos rechazó cualquier tipo de relación posible entre políticas antiterroristas y salvaguarda de los derechos humanos. No se debe mezclar lo “sustancial” con lo “subyacente”.
Aunque no se utilicen esos términos, en Buenos Aires también se abre paso en la sociedad una suerte de confrontación ambiental entre los que molestan al libre tránsito con sus protestas callejeras y los demás ciudadanos. El fastidio deriva con facilidad en prejuicio y en ese punto deja de distinguir las diferencias. El jueves pasado, por ejemplo, muchos porteños rezongaban porque “esos piqueteros de siempre” estaban manifestando frente al Ministerio de Trabajo, pero se trataba en realidad de una marcha promovida en dieciocho provincias por la Central de Trabajadores Argentinos (CTA) a favor de “la libertad y la democracia sindical”, un propósito que debería interesar por igual a “sustanciales” y “subyacentes”. El fastidio convertido en prejuicio puede seguir viaje con facilidad hacia derroteros más complejos, sobre todo porque todo el aparataje mediático controlado o influenciado por los intereses o la ideología de los conservadores trata de soplar las brasas para que hagan llamas, un método subrepticio de hacer política opositora.
No todo es acción psicológica o marketing electoralista. La protesta social es una realidad creciente debido a que, por un lado, hay necesidades insatisfechas y demandas que esperan respuestas desde hace demasiado tiempo, mientras que, del otro lado, hay una entusiasta propaganda acerca de la reactivación económica pero se demoran las políticas que hagan palpable para la mayoría la distribución equitativa que se compromete en las tribunas. El Gobierno muestra indicadores de progreso, pero el impacto queda siempre mediatizado por el volumen de las injusticias y por las trampas de los que no quieren que nada cambie. El presidente Kirchner reconoce, por otra parte, que todavía el país camina en el infierno, rumbo al purgatorio si los programas oficiales funcionan como es debido.
El clima electoralista, además, produce temperaturas contradictorias. Anima a pedir a los que necesitan porque los bolsillos oficiales suelen ser más generosos en temporada de caza de votos, por lo que la protesta sube, y al mismo tiempo sube la resistencia del establishment, temeroso ante la turbulencia social y ante la “tentación populista” de las autoridades, no sólo nacionales, también provinciales y municipales. Las tensiones y contradicciones aumentan de peso y de tono. Los gobernantes quieren quedar bien con Dios y con el Diablo. En tales circunstancias, es difícil evitar las versiones dramáticas de la realidad, los pronósticos apocalípticos, las exhortaciones al ahora o nunca.
Aun las propuestas para la reflexión llegan cargadas de presupuestos tan absolutos que antes que un punto de partida, abierto a las diversas hipótesis, dan la sensación de conclusiones sin retorno. En su última nota editorial, el mensuario católico Criterio describe la realidad para invitar al análisis en los siguientes términos: “Ante el riesgo de una cierta anarquía o disolución social, ante la necesidad de que el estilo presidencial se adapte a una ejemplaridad cultural y no a un ejercicio de prepotencia que se infiltra en toda la sociedad, y el reconocimiento de que estamos todavía en una república incompleta y en una democracia precaria [...] El diálogo ha sido reemplazado por la confrontación y la invectiva en detrimento de la amistad civil. Como, por otra parte, no han desaparecido las sospechas de corrupción en parte de la dirigencia política y hasta del Gobierno, según denuncias que se atribuyen incluso a embajadas extranjeras importantes, alguien podría pensar que el cambio respecto de la denostada década del 90 es más estético que ético”.
El historiador Luis Alberto Romero recordaba hace pocos días el contenido de las voces críticas de hace un siglo, entre el coro de alabanzas a la prosperidad económica del primer centenario. “Los emergentes para la crítica eran variados: desde la agudización de la cuestión social o el problema anarquista al enervamiento y corrupción de la dirigencia política o la falta de presencia internacional de la Argentina. Pero todos confluían en un tópico unificador: la debilidad de la nación”, entendida ésta “como una entidad espiritual, como un conjunto de rasgos y atributos esenciales y eternos”. Desde entonces, radicales y peronistas, civiles y militares, se han sucedido en la creencia exclusiva de cada uno que su facción representaba a la totalidad y dado que la “nación esencial” era indivisible sólo quedaba el antagonismo cerril, la hegemonía de la unanimidad, las categorías cerradas y excluyentes de amigo-enemigo.
La historia nacional del siglo XX transcurrió marcada por esos criterios, con resultados de inaudita crueldad. La última dictadura militar llevó al paroxismo esa intoxicación de barbarie y, por lo mismo, debió ser el epílogo definitivo de tales conductas. Sin embargo, apenas las tensiones sociales y políticas suben la temperatura empiezan a brotar los absolutismos, como si fuera imposible discrepar sin descalificar al otro, en un batalla absurda por estéril de todos contra todos. Así sucede con la actitud hacia la Corte Suprema: bastaron un par de fallos polémicos para que se levantaran juicios peyorativos sobre sus nuevos miembros. Son profesionales de reconocida trayectoria, que pasaron todos los exámenes públicos que impone la ley, que pueden ser autores de aciertos y errores, pero de pronto son acusados de ejercer su tarea con “un cierto sesgo ideológico”, retórica equivalente a lo que de entrecasa algunos llaman “el zurdaje”. Para los cazadores de brujas, hasta los liberales son embriones de terroristas, porque para ser “ciudadano sustancial”, en la era de la dinastía Bush, hace falta ser esclavo de una única causa, la de “ellos”, no importa si coincide o no con la ley o la soberanía de la nación. También hay naciones “subyacentes” en el mapa del imperio. El mayor problema no es ése, puesto que todos los imperios tuvieron mapas que ahora sólo se encuentran en los archivos, sino el que se presenta cada vez que los supuestos “sustanciales” se espantan por el alboroto que producen los “subyacentes”, sin aceptar que el disenso y aun el conflicto son inseparables de la libertad y la democracia. Por lo demás, pueden seguir inventando categorías sociales o étnicas, pero el ideal humano de justicia siempre está, como el sol.

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