EL PAIS › OPINION

Las visitas desaparecidas

 Por Uki Goñi

La identificación positiva por ADN de la monja francesa Léonie Duquet, la quinta en ser establecida de los 12 miembros del grupo de familiares de desaparecidos que se reunía en la iglesia de la Santa Cruz en aquel pavoroso año 1977, tiene un especial significado para mí. Este grupo asustado pero valiente solía visitarme en las oficinas del Buenos Aires Herald cuando fui periodista de ese pequeño diario, el único que osaba publicar noticias sobre las “desapariciones” que estaban sucediendo en la Argentina durante la dictadura.
La noche del 8 de diciembre de 1977, cuando nos llegó la lista de los secuestrados de la Santa Cruz, me recorrió un particular escalofrío por la espalda, ya que conocía a varios de los que habían sido llevados.
Fue sólo 18 años después, cuando en 1995 me puse a investigar aquel caso para mi libro El infiltrado, la verdadera historia de Alfredo Astiz, que pude armar las piezas faltantes del rompecabezas.
Aunque no lo publiqué en aquel momento, uno de los testimonios reservados que recibí de un jefe montonero sobreviviente de la ESMA indicaba que el marino interviniente en el secuestro de Léonie Duquet de su parroquia de la calle Espora en Ramos Mejía fue el teniente retirado Antonio “Loco” Suárez, el mismo que actuó en la muerte de Mónica Jáuregui, la mujer de otro ex montonero sobreviviente, Juan Gasparini, a principios de 1977. Es un dato a corroborar por la Justicia. “El que la trajo a la segunda monja fue el Loco Antonio Suárez, el mismo que mató a la mujer de Gasparini”, dijo mi entrevistado, con pedido de reserva. “Esto lo sé porque me lo dijeron ellos mismos en la ESMA.”
Cuando venían a verme al Herald, cuyas oficinas aún hoy siguen estando en la calle Azopardo, cerca de lo que ahora es Puerto Madero, este grupo se reunía previamente en la confitería Comet, en la esquina de Paseo Colón y avenida Belgrano, a dos cuadras del diario.
De hecho, dos del grupo, Horacio Elbert y Julio Fondevilla, fueron secuestrados del Comet, cuando venían camino al diario, unas pocas horas antes del secuestro principal en la iglesia de la Santa Cruz.
Así llegó al Herald a hablarme en repetidas ocasiones una madre como Esther Ballestrino de Careaga, cuya hija Ana María había desaparecido. Publicamos una foto de Ana María en el diario y, felizmente, fue prontamente liberada del campo Club Atlético y sobrevivió. La madre Careaga hoy es una de las cinco personas de aquel grupo cuyos restos han sido identificados por el método del ADN junto con Léonie Duquet.
La única persona joven de aquel grupo cuyos restos han sido identificados es Angela Aguad, quien venía junto con Horacio Elbert al Herald. Angela impresionaba por la gran tristeza que la embargaba. Las amigas decían que tenía “pestañas de Miss Piggy”. Elbert también tenía algo de cartoon. Con sus grandes anteojos parecía Mister Magoo. Ahora sé, entonces no, que eran del PCML, el Partido Comunista Marxista Leninista. Supongo que a Astiz se le hacía agua la boca ante una organización con semejante nombre.
En este grupo, Astiz era el más enérgico proponiendo osadas campañas a favor de los derechos humanos, los impulsaba en el camino en el que luego los traicionaría. Su infiltración fue larga, desde abril hasta diciembre de 1977. Creía que iba a encontrar un cerebro montonero tras el grupo, o al menos una financiación montonera. Cuando se le hizo evidente que esto no existía, tuvo que secuestrarlos porque algunos del grupo habían empezado a sospechar de él. Entre ellos, Léonie Duquet, que no participó más que en una o dos reuniones con Astiz. Fue suficiente.
Me sorprendía que estos jóvenes no tuvieran parientes desaparecidos ellos mismos. El marido de Angela Aguad era un preso del Poder Ejecutivo en Tucumán, una situación más bien afortunada dentro del infierno que se vivía aquellos años. Aguad luchaba por su liberación. Elbert no tenía parientes cercanos presos o desaparecidos. Lo suyo era una cruzada personal, política y humanitaria. Insistían en que los acompañara a sus reuniones, me invitaban a juntarme con ellos y con las madres fuera del Herald. Supongo que allí me hubiera encontrado con Astiz. Nunca fui, y probablemente no estaría aquí para escribir esto si lo hubiera hecho.

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