EL PAíS › SEBASTIAN CASADO TASCA, EL NIETO NUMERO 82 QUE IDENTIFICAN LAS ABUELAS, CUENTA SU BUSQUEDA

“Yo creo que quería encontrar la verdad”

Tiene 27 años, y su camino comenzó con una revelación hace casi seis. Era adoptado y además había una sospecha y hasta una causa judicial sobreseída pero llena de argumentos endebles. La historia personal de un muchacho que buscaba a sus padres hasta por Internet, y de la foto que lo decidió.

 Por Alejandra Dandan

Estuvo a punto de jugar a los espías. Ya había encontrado una foto en Internet, ahora sabía que de todas las personas desaparecidas durante la dictadura militar con hijos posibles o probables había uno, al menos uno, que era igual a él. Aún no sabía si ése había sido realmente padre, pero puso su nombre en el Google como si la pantalla fuera capaz de explicarle quién era o los porqué. Al final consultó una guía de teléfonos. Mientras decidía si hacía los exámenes genéticos para saber si era hijo de desaparecidos, planeó un viaje relámpago a Mar del Plata. Quería montar guardia frente a la puerta de la casa de la hermana de quien suponía como su madre. ¿Para qué? Para nada, sólo para ver los parecidos. “Menos mal que no fui”, dice Sebastián José Casado Tasca, ahora que sabe su historia. “Hay tanto parecido físico que se hubiese muerto del susto.”

En febrero, las Abuelas de Plaza de Mayo lo presentaron como el nieto restituido número 82. El 9 de febrero un abogado de la Comisión Nacional para el Derecho a la Identidad (Conadi) le mostró primero una foto de Gaspar Casado, luego una de Adriana Tasca, y se los presentó como sus padres. Eran estudiantes de Derecho de La Plata, secuestrados a fines de 1977 y hoy desaparecidos. Adriana estaba embarazada de cinco meses cuando la detuvieron. Distintos testimonios permitieron saber que ella pasó parte de su cautiverio en La Cacha, un centro de detención ilegal acondicionado como maternidad clandestina. Esos testimonios y lo sucedido con otras mujeres alimentaron durante estos años la posibilidad de que aquel bebé haya nacido y haya seguido con vida. Hoy Sebastián tiene 27 años, y según los resultados de los exámenes de ADN de la Conadi, sus flujos sanguíneos son “compatibles en un 99,9999 por ciento de posibilidades –porque no había opciones más altas– con las del grupo Casado-Tasca”.

Cuando las Abuelas contaron parte de esta historia frente a las cámaras, Sebastián miraba todo sentado frente a un televisor. En la pantalla estaban Estela Carlotto, sus nuevos tíos y tres de sus abuelos biológicos que siguen con vida. Todos hablaban de él. Sebastián se sentía como adentro y afuera de su historia.

–Había cosas que todavía no entendía –dice–, primero quería entender yo qué pasaba, hacer el proceso interno, si no no tenía sentido. Cada uno tiene sus mecanismos. Hubo otros nietos que lo hicieron. Salieron a hablar. Me llamó Néstor Kirchner, me llamó Felipe Solá, pero a mí no me importaba. Cuando te encontrás, de pronto, con un tu tío que es igual a vos, cuando te encontrás con tu abuelo, lo demás no te importa. Tenés 27 años hacia atrás que querés recuperar, 27 años para ganarle al tiempo.

Sebastián empezó con la búsqueda hace unos años, pero en un proceso con varios paréntesis. En 2000 la persona que hasta ese momento suponía como su hermana le contó que los dos habían sido adoptados. Hasta entonces, la vida había sido difícil pero con una familia supuestamente real en Capital. Allí estaba María José, su hermana dos años más grande, y sus padres Silvia y Angel, un comerciante de carácter fuerte con amigos en las Fuerzas Armadas, que se había separado de ellos cuando Sebastián cumplía los 14 años y que murió en julio de 2005. En 2000, María José supo lo de la adopción y se enteró de los ribetes de una vieja investigación judicial, una causa abierta en 1984 en La Plata contra Angel por un caso de apropiación de menores. A esa altura estaba archivado y Angel había sido sobreseído en la causa. María José se hizo un análisis genético para saber si era hija de desaparecidos, que dio negativo. Fue por eso que ella le contó el episodio a su hermano, pero no alentó ni desalentó ninguna de sus preguntas.

–Mi hermana se enteró de la adopción –dice Sebastián– y después se lo preguntó a mi mamá de corazón. Ella nos dijo que sí. Que éramos adoptados. Por eso, María José me lo contó a mí. Son cosas difíciles.

–¿Por qué?

–Porque si uno piensa: “tu vieja no te lo dijo”, se queda con la idea de que no lo dijo por algo. Pero acá estaba la figura de mi viejo, que era una persona muy complicada. Y era complicado para mi vieja decirlo. Como sucedió con el juicio. Cuando lo sobreseyeron, ella le creyó. Ante la duda, prefirió creerle. ¿Se entiende por qué es tan difícil todo esto? Ahora es difícil juzgarla.

–¿Creés que hay algo que no está bien?

–Si bien yo siempre estuve ideológicamente del lado de Abuelas y demás, pude pensar toda mi vida lo que quería. Nadie me obligó a nada, fui un pibe normal. Pero bueno, cuando dicen que todo es “dos más dos”, me doy cuenta de que para mí no todo es tan fácil, no es dos más dos, igual a cuatro. Y este caso en particular, es difícil analizar a alguien cuando del otro lado tiene una persona que domina, que golpea, que amenaza. Tampoco quiero hacer mucho hincapié en esa parte, yo la tengo bien clara, no quiero que quede expuesta mi vieja.

–Una vez que ella confirmó la adopción, ¿qué sucedió? ¿Te pusiste a buscar a tus padres?

–No. Como cuando se separaron mi vieja salió a laburar y vi todo lo que hizo por nosotros sentí que, la verdad, no me importaba la adopción. No me importaba si mi vieja (la real) nos había regalado o no. Después, cuando empecé a conocer lo del juicio, la cosa fue distinta. Porque una cosa es que te den en adopción porque no te quieren tener y otra, que la maten y te roben a vos: eso es distinto.

–¿Cuándo pensaste que podías ser hijo de desaparecidos?

–Fue de a poco. Primero apareció la duda: “Che –me preguntaba–, ¿será así?”. En un principio pensé que no era, que no era hijo de desaparecidos. Es más, hasta que me dieron el resultado genético estuve con el culo en las manos. “Hice toda una movida, pensaba, y ahora me va a dar negativo”, me quería matar.

De los pelos

Desde el 2000 hasta septiembre de 2004 Sebastián tuvo todas las preguntas guardadas. Iba y venía con el tema pero sólo esporádica y mentalmente. Trabajaba para mantenerse y se anotaba en el CBC de Ciencias políticas. Nunca militó políticamente, pero se sentía como la mayoría que “ideológicamente está del mismo lado”, dice, “pero capaz que no tiene tiempo o ganas, o lo que sea, de meterse”. Los picos de crisis en la casa de Silvia, los conflictos con esa persona a la que todavía menciona a veces como su padre y otras como su apropiador y la larga y complicada agonía de una de sus abuelas detuvo durante años todo lo relacionado con su búsqueda. Para ese septiembre de 2004, Sebastián ya no estudiaba. Sólo podía trabajar, pero la muerte de aquella abuela le dio el impulso que necesitaba para dejar la casa de Silvia, instalarse en un departamento mínimo del centro y empezar a dejar atrás el pasado.

–Empecé a pensar más allá de las cosas de todos los días. Hasta ahí era como que corría atrás de la pelota, ¿viste cuando estás mal? Y cuando vine acá, estaba solo. Y empecé a pensar. ¿Será? ¿No será? Recién a los tres meses empecé a accionar.

–¿Qué fue lo primero que hiciste?

–Un día fui a Madres. Fue lo primero que hice, como el edificio estaba enfrente del Congreso lo veía de tanto que pasaba por ahí. Yo no sabía dónde estaban las Abuelas. Como veía Madres todo el tiempo, fui ahí. Adentro, me encontré con una chica que atendía la mesa de un bar: “Mirá –le dije–, necesito hablar de algo importante”. La piba me miró y ¡shhhh! se puso a llorar. Eso para mí fue como una señal, inexplicable.

Ella le dio la dirección o un mail de Abuelas y Sebastián se puso en contacto. A las 23.26 del lunes 3

de enero de 2005 tipeó en su correo electrónico la dirección [email protected] Y escribió unas líneas que todavía tiene guardadas: Mi nombre es Sebastián, les escribo porque me gustaría organizar una entrevista. Hace más o menos unos quince años se realizo una acción judicial por mi identidad, me gustaría tener más información y poder hablar con ustedes. Muchas gracias. ¡Felicidades!

Durante la primera entrevista en Abuelas o en la Conadi, Sebastián sólo hizo hincapié en la causa judicial de Angel. Por alguna razón, sentía que ése tenía que ser el comienzo. Quería ver el expediente, encontrarse con una falla, algo que demostrara que el sobreseimiento era falso. Era como una prueba, la forma tal vez de encontrar una especie de permiso interno para ponerse a revisar la historia.

El expediente lo consiguió pocos meses después. Le dieron una copia con los datos que buscaba y donde todo parecía falso. En los oficios no había testimonios de Silvia, todos eran de Angel, y las declaraciones eran raras. Angel decía que Silvia había “roto bolsa” de paso por la casa de un pintor de La Plata. Que por eso habían llamado de urgencia a un médico y por eso Sebastián había nacido en ese mes de marzo de 1978 en una dirección que, se supo después, nunca existió. Con el expediente, todo parecía confirmado. Pero todavía le costó avanzar.

–Tenía miedo –dice Sebastián–. Miedo de que a mi vieja le pasara algo penalmente, yo no sabía si ella podía estar implicada o si la podían llevar presa de un día para otro. Yo no soy abogado, así que no sé.

–¿Estabas seguro de que sería así?

–Lo veía en los casos anteriores. Me había leído todos los casos y la mayoría de los apropiadores son milicos que estaban realmente metidos. Pero yo no entendía si mi vieja de corazón estaba implicada o no. Pero Angel tampoco era milico, era comerciante. Tenía amigos milicos pero él no era milico. Bueno, yo tampoco sabía la diferencia entre los milicos o los no milicos. Había toda una información que yo quería asimilar para ver qué hacía: no quería hacer algo y arrepentirme. Sabía que finalmente lo iba a hacer, pero tenía miedo. No sabía si era verdad o no lo que me decían.

–¿Qué tipo de miedos tenías?

–Medio en broma, pero me agarró una especie de paranoia. Cuando estás sentado frente a alguien que te dice que tenés que sacarte sangre, decís: “¡Mierda! ¿Dónde estoy?”. Pero uno tiene esas paranoias, las cuento para que otros sepan que vas, hablás y todo bien: respetan tus tiempos, no es que llaman a un policía, que te agarran de los pelos, que te sacan sangre.

–¿Realmente lo creías así?

–¿Y qué te parece? Y yo se lo decía a Claudia Carlotto, la persona que me atendió todo el tiempo: “Hasta que no quiera hacerme el ADN, no me lo voy a hacer y sé que nadie me puede obligar”. Yo quería saber bien qué le iba a pasar a mi vieja.

–En ese sentido, ¿fueron claros?

–Sí. Me contaron que iban a investigar. Todas las historias son particulares. Me contaron que cuando llegué a la casa de mi vieja ella me tuvo abrazado en la cama durante nueve meses como si me hubiese parido. Angel dormía en el sillón y yo dormía con ella.

Los exámenes

Sebastián entró a la Conadi para hacerse la extracción de sangre el 29 de septiembre de 2005, un año después de la mudanza, nueve meses después del primer mail a Abuelas y de las largas noches de navegación en la web donde, de a poco, iba descubriendo casi a ciegas la historia de quienes ahora podía empezar a imaginar como sus padres.

La pantalla de su PC se volvió casi su única compañía. Durante meses no habló con nadie, no le contó a nadie, sólo entraba y salía de páginas web que hasta ese momento ni siquiera conocía. Encontró enlaces que lo fueron llevando al Nunca Más, al sitio de las Abuelas y al de la Conadi, las tres páginas que guardó como “favoritas” para tenerlas listas cada vez. Descubrió historias de otros desaparecidos y accedió a notas sobre los centros de detención clandestinos donde se encontró, incluso, con La Cacha, aquel sitio donde estuvo su madre y donde, tal vez, nació él.

–¿De esa misma manera llegaste a la foto de quienes podían ser tus padres?

–Cuando me encontré con el expediente judicial de Angel me di cuenta de que algo de cierto había. En ese momento, empecé a decir que, bueno, que capaz había alguien parecido a mí en la Internet.

–¿Alguien parecido en una base de datos de miles de personas?

–Sí, pero además en Internet no están todos los casos. Hay algunos que no están. Pero me fijé en los que estaban. Primero miré las fotos, pero eran tantos que me resultaba difícil recordar las caras. Por eso decidí que mejor empezaba por las fechas, comparé las fechas y así arranqué.

Chequeó fecha por fecha de cada uno de los casos de padres con hijos desaparecidos y buscados por las Abuelas de Plaza de Mayo. Abrió un archivo, lo cerró, luego abrió otro, y otro, hasta que se quedó únicamente con dos. Eran parecidos. Dos parejas de militantes de organizaciones políticas de La Plata que esperaban el nacimiento de sus hijos para fines de marzo o comienzos de abril del año de su nacimiento. Con los dos casos enfrente, Sebastián comparó las fechas una y otra vez y luego clickeó sobre las fotos. Abrió y cerró, abrió y cerró nuevamente, y recién entonces encontró la imagen de su padre.

–A lo mejor a otro le resulta más fácil –dice–, pero yo me di cuenta recién cuando la miré por segunda vez; me di cuenta de que era muy parecido a mí. Impresionante.

–Una semana después le mostraste la foto a un amigo.

–Es que sentía que si no se lo contaba a alguien me descerebraba. Llamé a Santiago, se lo mostré y me dijo: “¡Che, sos igual!”. Yo estaba como loco. Volvía de trabajar y me ponía con Internet, me iba a dormir, me levantaba y volvía a Internet, estaba desesperado. Comía algo y volvía a la máquina, y más cuando me daba cuenta de que iba avanzando y veía que podía ser..., ahí sí la ansiedad ganaba.

–Una vez que descubriste a Gaspar, ¿buscaste su historia?

–En el Google. Ponía el apellido de ellos, pero no aparecía mucho.

–¿En la guía?

–Sí. En la guía conseguí la dirección de mi tía Ana, la hermana de mi mamá, que vive en Mar del Plata. Pensé en irme a verla. Pero al final no lo hicimos. No me daba cuenta en ese momento, pero hoy que sé que soy parecido, me doy cuenta de que si ella me miraba de frente, capaz que se moría del susto.

–¿Qué pasó después de la extracción de sangre?

–Y ahí me cagué en las patas –dice–. A partir de ahí, Internet empezó a perder plata conmigo porque no toqué nunca más nada.

Epílogo

Sebastián recibió los resultados genéticos cuatro meses más tarde. Primero se lo dijeron a él, luego le preguntaron si podían avisarle a una de sus tías que estaba muy cerca del centro. Detrás de esa tía fue llegando el resto. Tíos, primos, abuelos de su nueva familia y de su nueva historia todavía aparentemente inabarcable.

–Uno reacciona como puede –dice ahora–. Es duro, está bueno. Pero no sé cómo contarlo porque no lo entiendo yo. Cuando lo entienda, voy a contarlo.

–¿Cuál es la historia que encontraste?

–Yo siento que ahora somos 50 mil en la familia. Pero ¿qué pasaba si no había nadie? Yo siento que el punto es que uno quiere la verdad, no lo que hay atrás. Lo que hay atrás viene; no se puede hacer nada. Yo no hice la búsqueda para encontrar una familia más, después me fui enterando de quehabía abuelos, por ejemplo. Y yo sentía que lo peor que me podía pasar era que se murieran en el medio o mientras me decidía a hacerme el ADN o no. Tienen 86, 84 y 80 años, no tienen 70. Si se moría uno en el camino me hubiera querido matar.

–¿Con qué imagen de tus viejos te encontraste?

–De orgullo. Si bien siempre compartí la lucha, porque creo que es lo más humano del mundo compartirla, me encontré con dos tipos que querían cambiar las cosas y querían hacer las cosas bien, que querían ayudar. También me da un poco de vergüenza decir que mis viejos son fantásticos, son maravillosos. No sé, pero es así. La mayoría de los chicos que quedaron y la mayoría de los que eran compañeros de ellos querían vivir así.

–¿Estabas dispuesto a encontrarte con otra historia?

–Yo creo que quería encontrarme con la verdad. Después uno decide si quiere ver a su familia, si no la quiere ver o si la familia quiere verlo a uno. Capaz que están dispersos por el mundo o capaz que se abrieron. O que se cansaron y se fueron o no les importa nada de vos. Cada uno tiene sus mecanismos de autodefensa. Pero por eso, creo que no hay que buscar a una familia; que está bueno si viene, que está más que bien, pero la idea básica es la verdad. La verdad te libera el alma: después vos elegís, el tema es conocerla.

–Parece difícil.

–Es que te están negando algo, algo que puede ser. Si da positivo o no da positivo el ADN no importa. Y eso es difícil, también por el tema familiar.

–¿Por qué?

–O sea, es muy perverso todo. El que armó esto es muy perverso, los milicos son muy perversos. Aparte de que no están los cuerpos de mis viejos, no están los cuerpos de nadie, se encuentran cuerpos de vez en cuando. Aparte, no sabés. Cada uno hizo un proceso interno distinto para sepultarlos. Capaz que mi tío los sepultó en el ’83; mi tía en el ’85; mi abuela en el ’90, ¿viste que es perverso? No sabés si la persona está en Argentina, si no está o como dice la fantasía popular si está paseando por Europa o están escondidos. Eso es muy perverso. Aparte estamos nosotros: yo que no elegí nada; ni Evelyn (Vázquez, otra de las nietas) eligió nada; ni mi primo Pichi, que después de que secuestraron a sus viejos lo entregaron y lo dejaron en lo de una vecina; él no eligió nada, se pudo criar con sus abuelos, pero tampoco eligió nada.

Y Sebastián sigue.

–Nadie eligió nada, ninguno de nosotros eligió nada. Pasó como pasó. Yo no puedo hacer nada ahora. Pero los chicos que hasta ahora no hicieron el ADN lo pueden hacer; pueden decir: “loco, ya está, me analizo y la verdad está acá”.

Eso mismo le dijo Luz, su novia durante todo este tiempo: la apuesta por el ADN fue como la única cosa cierta que decidió a lo largo de su vida. Parece extraño pero es así, como el único anclaje real en una telaraña de mentiras. Por eso Sebastián ahora cuenta su historia, para que otros nietos encuentren y en especial para encontrar a otra prima, una prima hermana suya, hermana o hermano de su primo Pichi que –ahora sabe– continúa desaparecida. Quiere que ella sepa, dice Sebastián, que tiene una familia increíble. “Una familia que te está buscando y que respeta nuestra historia.” Nunca le pidieron que “haga borrón y cuenta nueva”.

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Gaspar y Adriana, los padres desaparecidos de Sebastián, que fue criado por un comerciante con amigos militares.
 
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