EL PAíS › LA DESTRUCCION DE LA CLASE MEDIA EN LA DICTADURA

Un trabajo perdurable

La modificación económico-social destruyó la otrora orgullosa clase media, el sector social más pauperizado. Esto derivó en la creación de nuevos pobres, incremento de la pobreza y la exclusión, y un reparto del ingreso injusto y regresivo. En eso, nada ha cambiado desde entonces.

 Por Sergio Moreno

Acaso sea la Argentina ejemplo universal en el proceso de construcción de la justicia –no sin contratiempos– para castigar los crímenes del terrorismo de Estado perpetrados por la dictadura y, con ello, recuperar su dolorosa memoria de la historia reciente. Esta evolución ayudó a afianzar la democracia desarticulando un nervio fascistoide existente en una sociedad que fue dada a aceptar los golpes militares como salida institucional. Este avance agiganta su talla si se lo compara con la otra herencia, aún intacta, que dejó la dictadura: la destrucción de la pirámide social más justa de América latina mediante la pauperización al extremo de la otrora orgullosa y ejemplar clase media argentina. Comparando la estratificación social entre 1974 y 1980, vemos la faena ejecutada por los militares: mientras que en el primer año los sectores medio alto y medio pleno alcanzaban al 78 por ciento de la población, dichos valores descendieron seis años después a 10 por ciento y 28 por ciento, respectivamente. La regresión social cincelada en aquellos años de horror no ha sido revertida al día de hoy.

La conclusión destaca en un trabajo realizado por la Consultora Equis, que dirige el sociólogo Artemio López, donde señala que “es conceptualmente sólo parte de la verdad suponer que los efectos de esta política afectaron con mayor intensidad a los sectores populares en general y a los trabajadores en particular ubicados en 1974 en los segmentos medios plenos y bajos dominantemente. El análisis de las modificaciones en la estructura social mostró que el sector de mayor transferencia de ingresos hacia la cúpula de la pirámide social fue el sector medio en general y en particular el medio alto, compuesto a mediados de los años setenta por pequeños y medianos comerciantes e industriales, profesionales independientes y un segmento minoritario de los trabajadores industriales mejor pagos que, de representar el 38 por ciento de la estructura social metropolitana en 1974, se angostó a sólo al 10 por ciento en 1980, en pleno desarrollo de las prácticas económicas de la dictadura”.

El estudio analiza la estructura social metropolitana y su transformación desde el año 1974 hasta el año 1980, en base a la Encuesta Permanente de Hogares del Indec, para observar el impacto que tuvieron las decisiones de política económica centrada en la valorización financiera del capital, impuesta por la dictadura.

En el Cuadro Uno se observa la morfología social a octubre de 1974 configurada por ese entonces –en las postrimerías del modelo industrial de sustitución de importaciones–. Tal conformación mostraba características de muy bajos niveles de pobreza e indigencia que apenas impactaban sobre el 4 por ciento y el 2 por ciento de la población, respectivamente. El dato altamente significativo es que se constituía un muy amplio sector de clase media plena y media alta equivalente en conjunto al 78 por ciento de la población que, “a pesos actuales, residía en hogares con ingresos comprendidos entre los $1710 y $13.700 mensuales; en particular de este amplísimo tramo poblacional medio y medio alto, el 50 por ciento residía en hogares que en su equivalente actual percibían ingresos comprendidos entre los $3420 y los $13.700 mensuales”, sostiene el trabajo de Equis. “Por otra parte –sigue el informe–, el 15 por ciento de la población superaba la línea de pobreza aunque no la duplicaba, por lo cual se ubicaba en el segmento medio bajo en riesgo de empobrecimiento, con ingresos por hogar que van de 856 pesos a 1710 mensuales en su equivalente monetario actual.”

Otro guarismo destacable –envidiable sería un calificativo más apropiado– es el de la brecha de ingresos de la época: entre el 10 por ciento más pobre y más rico superaba apenas las 12 veces, el coeficiente Gini (un indicador utilizado para medir cómo se reparte el ingreso) era muy bajo,36,42, en tanto el desempleo abierto apenas alcanzaba al 2,8 por ciento y el trabajo informal al 17,2 por ciento.

Los militares se aplicaron a la destrucción de las estructuras económicas –y su correlato en el Estado de bienestar– que habían sido construidas no sin dolor a partir de la incorporación de los sectores medios, primero, y bajos, después, a lo largo del siglo. Así, y tal como se señaló el pasado domingo en el suplemento económico Cash, de Página/12, se aplicaron políticas que provocaron la distribución regresiva del ingreso, la desarticulación del aparato industrial, la concentración económica, la centralización de la propiedad, el estancamiento del PBI, desocupación con exclusión, la reprimarización de la producción, la extranjerización de los medios de producción y un aumento sideral del endeudamiento externo con fuga de capitales.

Caída

Este proceso derivó, a cuatro años del golpe, en la modificación de la morfología social a la que hace referencia el trabajo de López (ver Cuadro Dos), donde se afirma que “la desarticulación del régimen industrial sustitutivo y su reemplazo por el de valorización financiera supuso en sus orígenes quintuplicar y triplicar los niveles de pobreza e indigencia hasta alcanzar el 20 y el 4,3 por ciento respectivamente, al tiempo que desmoronó a los estratos medios altos y medios plenos que, si en el año 1974 representaban el 78 por ciento de la población, en el año 1980 apenas expresaban el 38 por ciento. En sentido contrario, la clase media baja, en riesgo de empobrecimiento, creció complementariamente 130 por ciento en apenas un lustro, pasando de representar el 16 por ciento al 37 por ciento de la población, mostrando el derrotero de empobrecimiento de las franjas medias plenas y medias altas que en un 52 por ciento descendieron al estamento medio bajo”.

La tarea de los militares y de su ministro de Economía José Alfredo Martínez de Hoz causó un buscado y hasta hoy permanente daño en la distribución de la renta nacional, acercándola a los niveles de injusticia que ostentan hoy día. El estudio de Equis afirma que “mientras la brecha de ingresos ente el 10 por ciento más rico y más pobre se mantuvo constante, el desmoronamiento de los sectores medios plenos y altos se patentiza en el enorme crecimiento del coeficiente GINI en dirección a mayor desigualdad, que pasa de 0,3642 a 0,4134 en tan sólo cinco años, producto fundamental del nivel inflacionario superior al 87 por ciento anual promedio, sin correcciones salariales por clausura de toda actividad sindical como medida de disciplinamiento ampliada a todos los trabajadores que estaban efectivamente sindicalizados, puesto que el trabajo informal alcanzaba al 15,8 por ciento, sin modificaciones sustantivas respecto de la etapa anterior e incluso con leve descenso. En este contexto de brecha estable, un crecimiento del 13 por ciento en el coeficiente GINI en sólo cinco años señala claramente la enorme magnitud de la concentración de ingresos con correlato en el empobrecimiento acelerado y profundo de los sectores medios”.

López le otorga un lugar destacado al proceso inflacionario producido en la época, como acelerador sustancial de la caída de los sectores medios y bajos. El aumento del costo de vida “registró en promedio entre los años 1976 y 1980 un 181 por ciento acumulado anual con un mínimo de 87,6 por ciento y un máximo de 347,5 por ciento. La sistematicidad y profundidad de la inflación se constituyó rápidamente en el dispositivo central de empobrecimiento de vastos sectores comunitarios, asalariados, empleados, profesionales bajo relación de dependencia, en un contexto político de clausura sindical, disolución de la CGT, intervención de los sindicatos, clausura de las actividades gremiales y la eliminación del derecho de huelga en el que no existían, entre tantas otras cosas, discusiones salariales al punto de que el salario real cayó entre 1974 y 1983 un 18 por ciento”, sostiene Equis. Esta distribución de la renta nacional, regresiva si las hay, se mantiene y perduró en el tiempo gracias a las políticas que se aplicaron ya en democracia, centralmente durante el decanato de Carlos Menem y el bienio de gestión de Fernando de la Rúa.

A modo de epílogo, el ensayo de la consultora propone que, de la sostenida pauperización de los sectores medios, y gracias a políticas de ajustes y achicamiento sostenidas en los últimos 30 años, se ha constituido un sector de “nuevos pobres” ex integrantes de aquellos segmentos sociales. “La nueva pobreza –finaliza el trabajo–, el fenómeno de declinación socioeconómico más extendido y específico de la Argentina y que aún perdura con gran intensidad, como tantas otras calamidades sociales que hoy estigmatizan el cuerpo social, tuvo su bautismo a gran escala tras el golpe de Estado genocida de marzo de 1976, momento histórico fundacional del modelo de sociedad dual y desintegrada que se extiende hasta nuestros días.”


Cuadro Uno

La pirámide social en 1974

Sector Alto 1%
Sector Medio Alto 38%
Sector Medio Pleno 40%
Sector Medio Bajo 15%
Sector Pobre 4%
Sector Indigente 2%



Cuadro Dos

La pirámide social en 1980

Sector Alto 1%
Sector Medio Alto 10%
Sector Medio Pleno 28%
Sector Medio Bajo 37%
Sector Pobre 20%
Sector Indigente 4%


Fuente: Equis.

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