EL PAíS

Los sobrevivientes de los ’70 y la figura del traidor

Investigadora del Conicet, Ana Longoni analizó la construcción del “traidor” y la “traidora” en tres libros que revisaron la represión en la dictadura. La literatura y un debate callado.

 Por Ana Longoni

Los relatos de los sobrevivientes estorban –en ciertos ámbitos militantes– la construcción del mito incólume del desaparecido como mártir y héroe, frente al que no parece tener cabida ninguna crítica de las formas y las prácticas de la militancia armada de los ’70 sin poner en cuestión la dimensión del sacrificio de los ausentes. El punto aquí es preguntarnos cómo la voz (y la existencia misma) del sobreviviente puede provocar un remezón en esas cristalizaciones. Tanto el desaparecido entendido como mártir inocente como el desaparecido asimilado irrestrictamente al lugar del héroe no pueden –en tanto desaparecido– correrse del sitial en que han sido colocados, ni pueden testimoniar. El sobreviviente, en cambio, aparece en este esquema como un héroe caído; se vuelve en esta lógica binaria la contracara del héroe, un traidor, y esa posición borronea su condición de víctima. A desentrañar esa arraigada asociación entre sobreviviente y traición es que está abocado en gran medida este libro.

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La sospecha

Cuando el horror del genocidio empezó a develarse, para muchos resultaba inadmisible aceptar que eso ocurría entre nosotros, apenas separado por una pared. Esta negación está condensada en la expresión del sentido común colectivo autojustificatorio, tan frecuente en los primeros tiempos de la posdictadura: “Nosotros no sabíamos”. Pero el carácter inverosímil del relato del sobreviviente responde no sólo a que lo que narra es intolerable sino a que su sobrevida lo vuelve sospechoso.

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Lo que atravesaron por el espacio y el tiempo suspendidos del campo clandestino y retornaron a este mundo generan desconcierto, incomodidad, sospechas en los otros. Sobre ellos pesa la culpa de estar vivos, la suposición de que para vivir hicieron un pacto con el Mal, cuando miles a su alrededor morían.

La sobrevivencia de algunos pocos dentro de las decenas de miles de desaparecidos obedece a patrones múltiples, entre los que no tiene poco peso el azar. Si se puede hablar de una lógica, ésta respondía en todo caso a criterios muy diversos: los represores podían seleccionar a sujetos que resultaran útiles al funcionamiento del aparato represivo, en el sostenimiento de la maquinaria cotidiana del campo, en sus proyectos políticos o haciendo público su arrepentimiento. Podía también mantenerse con vida a algunos prisioneros dignos de ser exhibidos en cautiverio como trofeos de guerra: dirigentes reconocidos o sus viudas. Las “elecciones” podían asimismo responder a una lógica no corporativa: los vínculos entre represores y prisioneros a veces traspasaban el anonimato masivo y se personalizaban, dando lugar a la “salvación” de algunos sobrevivientes por parte de determinados represores.

Para aproximarse a la consideración de estos vínculos no alcanza la lógica binaria del amigo/enemigo, ellos/nosotros, héroes/traidores, ni puede olvidarse su asimetría: el sojuzgamiento al poder concentracionario al que estaban sometidos los prisioneros y el hecho de que la sobrevivencia dependía en grandísima, casi absoluta, medida de la voluntad de los captores, y en mucho menor proporción, de la capacidad de algunos secuestrados para aprovechar circunstancias, conocimientos, habilidades.

En todo caso, la decisión de quiénes fueron los que sobrevivieron (salvo en las muy excepcionales fugas) fue de las fuerzas represivas. Lo que es común a la gran mayoría de los relatos de sobrevivientes es que aquello que los salva no es –ni exclusivamente ni en primer término– la capacidad del prisionero para ser o parecer útil sino su aleatoria condición de “elegido” por los represores para sobrevivir.

Los sobrevivientes –aun habiendo salido del campo de detención– continuaron atrapados en un doble fuego, víctimas de sus captores y condenados por sus antiguas organizaciones políticas. En el persistente aislamiento de los sobrevivientes, sospechados y juzgados desde escalafones morales y grados de valentías que los separan de los que no regresaron, se percibe otro efecto pavoroso de la represión.

Tercera hipótesis: desde el persistente antagonismo entre héroes y traidores tampoco resultan socialmente audibles (en el sentido de comprensibles o admisibles) las estrategias que desplegaron algunos secuestrados para intentar sobrevivir dentro del campo, recursos que los distancian del mito del héroe-mártir, y que en circunstancias límite de estar expuestos a un brutal arrasamiento de sí mismos y de su mundo conocido –como veremos más adelante– les permitieron recomponer su condición humana y reafirmar su voluntad de vivir.

Sujetos políticos

Cuarta hipótesis: lo que tampoco se logra escuchar socialmente es el balance (personal y colectivo) que las voces de los sobrevivientes articulan de la experiencia política setentista.

El reconocimiento de la condición política del sobreviviente genera resistencias de varios órdenes. Por un lado, es resistido porque se trata de un sujeto que porta la experiencia de una comprensión de la política muy distante a la que hegemoniza la post-dictadura (muy sintéticamente la política entendida como confrontación violenta y conflicto, y no como pacto y negociación).

Por otro, se invalida al sobreviviente como sujeto capaz de un balance político porque haber transitado la experiencia límite del campo clandestino parece haberlo incapacitado para revisar su pasado militante, en la medida en que se lo presiente fijado en la derrota y el trauma del horror.

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Es indudable que reducir la experiencia política de los ’70 a ser la antesala del terror instalado por la consiguiente represión es una asociación que puede reforzar la parálisis del miedo por el aprendizaje social efecto del terror: desafiar al poder instituido podría acarrearnos la misma consecuencia a mí y a los míos. Es angostar la mirada a una pura victimización, en la que los sujetos pierden autonomía, voluntad en sus actos y racionalidad en sus proyectos.

Si bien el vínculo entre el proyecto revolucionario y la brutal represión no es causal ni inevitable, tampoco puede suponerse una disociación tal entre ambos que los coloque en una secuencia accidental. El golpe militar del 24 de marzo de 1976 no fue la “causa” ni el corolario fatal de la militancia revolucionaria de los ’70, pero sin duda fue una respuesta brutal y eficaz de las clases dominantes a un proceso de movilización social y radicalización política que se remonta al menos a los años ’60 y que desde el Cordobazo (1969) inauguró un incontenible y extendido proceso de luchas en las calles. La rebelión y la insurgencia alcanzaban distintos órdenes y sectores sociales, incluso la disputa del control de los medios de producción. Las organizaciones armadas fueron expresiones de dicha radicalización, aunque no las únicas.

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Postular una disociación absoluta entre la militancia revolucionaria y el horror de la dictadura (incluso como recurso meramente discursivo) tiene dos efectos de cuidado. Primero, el riesgo actual de la reivindicación acrítica de los proyectos políticos de los ’70 en términos de continuidad de la lucha iniciada entonces corre el riesgo de tornar aquel tiempo denso en un mito ahistórico, y anula la posibilidad de aprender de aquella derrota. Reconocer esa derrota no supone dejar caer los brazos sino generar las condiciones de un balance y los argumentos necesarios para relanzar un discurso emancipatorio que sea capaz de aprender de las experiencias de signo revolucionario del pasado, y de reinstalarse en su presente con autoridad intelectual y moral –retomando las palabras de Antonio Gramsci– para postular la construcción de un futuro distinto.

Y segundo, impide un reconocimiento de la responsabilidad que les cabe a la lógica militarista llevada a ultranza por las organizaciones armadas y fundamentalmente a sus cúpulas en los miles de militantes asesinados por la represión.

Derrota

Y llegamos a la quinta hipótesis. El sobreviviente aparece como portavoz de un reconocimiento que todavía hoy no puede ser escuchado por muchos: el proyecto revolucionario del que fue parte sufrió una derrota categórica en esas miles de vidas y en el terror que la represión impuso en el conjunto de la sociedad. El sobreviviente manifiesta “la magnitud de la derrota que las dirigencias tratan de ocultar. En los medios militantes se promueve entonces su desautorización, se aduce que su óptica ha sido distorsionada por la influencia de sus captores, y ello lo convierte automáticamente en un no-héroe”.

La incapacidad de una autocrítica de las organizaciones armadas que frenara o revisara la línea militarista y protegiera a sus militantes empieza en la imposibilidad de reconocer esa derrota. La construcción de la figura del traidor como explicación de un fracaso o una derrota no es novedosa: como señala Héctor Schmucler, desde el enigmático relato bíblico del Judas Iscariote, el traidor es –antes que nada– aquel que entrega (traditor: entregador), el delator. “La impiadosa historia del siglo XX ha repetido hasta el hartazgo la imagen del traidor como causa de los fracasos colectivos y de las decepciones individuales.”

En círculos militantes se sigue explicando la derrota de las organizaciones armadas en términos de traición (la infiltración de los servicios, la delación). ¿Hasta qué punto la recurrencia a la traición para justificar la derrota impide reconsiderar las tácticas, los métodos y la caracterización de la etapa, y evita reconocer la responsabilidad de la organización y de su dirección en la muerte o el apresamiento de los militantes y contactos? ¿En qué medida es esa misma lógica la que persiste en el estigma que recibieron los sobrevivientes, recibido en su reaparición con la sospecha, el juicio sumario la expulsión? Son preguntas aún por responder, preguntas que nos interpelan y demandan una respuesta colectiva.

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Los sobrevivientes de los centros clandestinos de la dictadura fueron recreados por la literatura.
 
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