EL PAíS › LA ELECCION PORTEÑA DE HOY Y SU IMPACTO EN LA POLITICA NACIONAL

Lo que se juega en la ciudad

Tres candidatos quedan en condiciones de disputar la Jefatura de Gobierno. El resultado impactará en el escenario nacional. Cómo puede influir en el futuro de Kirchner, Macri, Carrió, Telerman, Filmus. Cuánto arriesgan, cuánto pueden ganar o perder. Qué puede pasar con la oposición, según el resultado.

 Por Mario Wainfeld

Se disputa el gobierno de uno de los distritos más importantes y vistosos del país. Acceder a él es un trampolín deseable, tanto que uno de los dos jefes de Gobierno elegidos hasta ahora por los porteños, Fernando de la Rúa, llegó a ser presidente. Por si eso fuera poco, el resultado impactará en el escenario nacional. Protagonistas de primer nivel (Néstor Kirchner, Mauricio Macri, Elisa Carrió) ponen mucho en juego. La configuración del espectro opositor, la definitiva decisión acerca del dilema oficialista (“pingüina o pingüino”) empezarán a dilucidarse cuando se sepa cómo se definieron los ciudadanos de Capital.

Es una paradoja porque se trata de un electorado atípico, que no da la media nacional, por ejemplo, en su persistente actitud refractaria al peronismo, contradictoria con la dominante tendencia nacional desde hace seis décadas. Pero la política es así, se nutre de paradojas, de casualidades entremezcladas con tendencias firmes. La primera vuelta será hoy, entre las 8 y las 18. Las encuestas (que también estarán sometidas a juicio crítico) auguran que nadie llegará al cincuenta por ciento más uno de los votos. También vaticinan que Macri ya está en segunda vuelta y que se mantiene el enigma sobre el segundo puesto. Algo así como el noventa por ciento de los votos válidos repartido entre los tres primeros redondea el augurio de los especialistas.

El favorito, que viene siéndolo desde hace años, es seguramente quien más arriesga en la tenida. Vamos por él.

Macri

Integrante de una fórmula sin precedentes (dos egresados de universidad privada en un distrito bastión de la educación pública), el líder de PRO sufrió un trauma en la segunda vuelta de 2003, cuando fue batido por Aníbal Ibarra. Tan fue así que durante estos años fue rumiando eludir otra compulsa local, temeroso de que el tenaz rechazo de muchos porteños lo dejara otra vez en la puerta del altar, trajeado y sin la novia. Su second best pareció rumbear a candidatearse a presidente de la nación, muchos de sus allegados lo estimulaban. Esa hipótesis de trabajo también permeó las tácticas del kirchnerismo y de Jorge Telerman. Pero Macri emprendió con su destino capitalino, sustentado en una base firme: un treinta y pico por ciento del electorado lo acompañó en la primera vuelta de 2003 y 2005.

Su campaña, muy estudiada y profesional, se obstinó en limar el rechazo a su persona y en tratar de conquistar nuevos votantes. Los consultores, en general, coinciden en que algo ha logrado en ambos sentidos. Pero (aunque se dirá solo una vez en esta nota, vale para todas las especulaciones ulteriores) la realidad del voto es la que cuenta y no la virtualidad de los sondeos.

Para una derecha asolada por el fracaso y desprestigio del neoconservadurismo en la Argentina, Macri es un prospecto insustituible de paladín. No destaca por su retórica, ni se ha lucido por su participación parlamentaria, no es un self made man sino un heredero mimado. Tampoco es un cuadro avezado como, con todas las contras que les caben, podrían ser Domingo Cavallo o Ricardo López Murphy. Pero tiene un caudal esquivo a ellos, que es su pátina popular, un nivel de entrada en vastos sectores sociales, que seguramente le debe a la más sagaz de las acciones que emprendió en su vida, ser presidente de Boca Juniors.

Las dudas previas de Macri describen bien su ambición, que es nacional. Pero sus estrategas razonaron que el mejor tránsito hacia “la jefatura de la oposición” es administrar la Ciudad Autónoma. La historia reciente parece avalar su opción. Los candidatos a presidente derrotados no tuvieron mucha suerte ulterior desde 1983, piénsese en los melancólicos destinos de Italo Luder, Eduardo Angeloz, José Octavio Bordón, Horacio Massacesi, Carlos Menem en el siglo XXI. Eduardo Duhalde fue una excepción parcial, muy favorecida por una crisis homérica.

En cambio, los gobiernos locales son el mejor semillero de candidatos expectables. La Ciudad Autónoma, rica y muy visible comparada con otras provincias, es un buen sitio para esperar que decline la actual preeminencia electoral del kirchnerismo.

A eso jugará “Mauricio” hoy día y el 24 de junio si hay segundo turno. Si llega, todo pinta para que sea el dirigente opositor mejor posicionado de cara al 2011. Si no se produce una convulsión en ese espacio (algo de lo que se hablará más adelante) sus antagonistas quedarán deslucidos frente a él y, divididos, no tendrán fuerza para enfrentar a Kirchner.

Si el político-empresario vuelve a quedar en el camino, su perspectiva será mucho más opaca. Retrucar en octubre por la presidencia le será arduo, con la mochila de dos derrotas.

Todo o (casi) nada, ése es su sino, que eligió. No es el único que se expone a ese trance.

Telerman-Carrió

Jorge Telerman debe una gran cuota de su actual ventura a un puñado de azares. Daniel Filmus estaba designado compañero de fórmula de Ibarra en 2003, Kirchner lo convocó para Educación posibilitando que el actual jefe de Gobierno fuera candidato a vicejefe. La destitución de Ibarra, motivada por la tragedia de Cromañón, le permitió acceder al gobierno. Era un dirigente poco conocido, carente de estructura partidaria. En poco más de un año devino una figura competitiva, con chances de llegar segundo hoy y (aun) de ganar después. Su meteórica carrera alude a un dato epocal, gobernar es un gran recurso para ser candidato, una tendencia oficialista en provincias y municipios que persiste desde 2003.

En pos de su cometido, Telerman recorrió un amplio espectro, si no ideológico, político. Coqueteó con el kirchnerismo durante meses confiando en que el Presidente sería fiel a su inclinación a apoyar “lo que hay” en las provincias. Defraudado por la irrupción de Daniel Filmus, derivó al otro extremo de las opciones vigentes, aliándose con la ultraopositora Elisa Carrió.

En muchas sociedades lo ya logrado por Telerman sería una proeza, pero sus ambiciones aumentaron en paridad con sus perspectivas. Si bate a Macri y Filmus puede integrar un elenco de adversarios potenciales del kirchnerismo, eventualmente engarzable por sectores del peronismo desencantado.

Si no gana la Jefatura de Gobierno, grande será su decepción e impreciso su porvenir. Sin partido, acompañado por un puñado de legisladores locales, bastante confinado por su perfil aporteñado, deberá sudar la gota gorda para mantener la gobernabilidad en los casi seis meses que le resten como pato muy cojo.

Los pasos futuros de Carrió también están supeditados a Capital. Lilita fue seguramente quien más se reperfiló en estos meses. Abandonó su perfil intransigente para concretar una alianza con un gobernante peronista, con el radicalismo porteño y otras fuerzas que integraban su índex apenas ayer. Del ascetismo de campaña derivó a participar de una campaña faraónica, como fueron asimismo las de las otras dos fórmulas papábiles. Ese desembarco en el pragmatismo le vestirá bien si los resultados la acompañan, el éxito siempre embellece. Mas, si no es así, habrá traspapelado parte de su encanto a cambio de una frustración justo en el sitio que le es más propicio electoralmente.

Claro que, si Telerman gana, Carrió podría descollar entre la oferta opositora para octubre. El Frente para la Victoria (FPV) domina la intención de voto y es más verosímil que pueda ganar en primera vuelta. Ese horizonte es favorecido por la diáspora de sus challengers, cuyas ambiciones individuales (y la falta de una referencia sólida que determine primacías entre ellos) obstaculizan una articulación. El resultado porteño puede ordenar ese damero, el que gane sencillamente será el emergente.

Roberto Lavagna, que se puso al costado y emitió un pronunciamiento tardío e ineficaz, sólo podría mejorar su posición relativa si ganara Filmus. De lo contrario, quedará a la zaga.

Nada es seguro en el continente del realismo mágico. Pero, si Macri o Telerman vencen, se husmea una remake de lo sucedido tras la Constituyente de Misiones, en otro contexto fáctico. En ese entonces, la oposición potenció su autoestima pero no supo plasmarla en alguna movida política ulterior. Quizás ahora, en el supuesto de un traspié de Filmus se generaría un “operativo clamor” incitando a deponer facciones y articular una entente contra el FPV.

Kirchner

Tal vez para precaver esa contingencia, Kirchner apostó mucho en un distrito que lo incomoda. En pocas provincias, acaso exclusivamente en su Santa Cruz, se ha definido por un candidato tan cercano a su riñón. Su estrategia, en las que ya se eligió y en la que están por venir, es “reconocer las realidades locales”, aunque sean tan poco estimulantes como los adláteres de Jorge Busti o José Manuel de la Sota o tengan tantas contraindicaciones al interior del FPV como los radicales K.

En Capital no hubo tal. El Presidente impulsó la candidatura de Filmus, incluyó a Ginés González García en el scrum y le puso el cuerpo al desafío. Lo hace de cara un padrón que hasta ahora no le reconoció ni a él ni a sus campeones un segundo puesto. La magnitud del pozo será función del beneficio o de la pérdida. Nadie lo sabe mejor que Kirchner, un hombre que odia dilapidar capital, así sea su capital político.

Si su arriesgada jugada se coronara, el Presidente haría carambola a varias puntas: desmontar a dos líderes de la oposición, validarse en Capital, sentar las bases de un octubre muy propicio, desalentar toda hipótesis alternativa en las filas del justicialismo o de los radicales que gobiernan. ¿Y si no la corona? Léanse los párrafos precedentes.

Filmus

El nombramiento de Filmus devino tras una larga serie de ensayos. Daniel Scioli era el prospecto para Capital, mucho más concesivo a la realpolitik que a la afirmación identitaria. El efecto Misiones lo mudó a la provincia de Buenos Aires. Alberto Fernández fue el mentor de una regla fundante, el antagonismo irreconciliable con Telerman, que el Presidente terminó haciendo suyo. El jefe de Gabinete será socio capitalista en la derrota o en la victoria.

Si el ministro de Educación llega a la Jefatura de Gobierno, después de haber arrancado de atrás en un distrito bichoco, se convertiría en la tercera estrella electoral del kirchnerismo, a la vera de Kirchner y de Cristina Fernández, muy por encima de cualquier otro. Sería un salto fenomenal. Si es vencido, sus costos no serán proporcionales.

A ningún candidato le gusta traspapelar una oportunidad. Con esa admisión puede intuirse que Filmus no retrocederá tantos casilleros si es batido. Al interior del FPV consiguió superar el espectro de Rafael Bielsa, que terminó la carrera de 2003 enojado con la mitad más uno de sus aliados, empezando por el jefe de Gabinete y seguramente sin haber mejorado su imagen pública. Filmus mejoró ambas marcas. Claro que si se queda afuera no le importará mucho eso pero, posiblemente, su futuro inmediato no sería tan frustrante.

Los de a pie

El sistema de doble vuelta promueve que en el primer turno exista un voto expresivo, en el que cada ciudadano sabe que le resta al primero sencillamente votando por algún otro. Estimula un diseño pluripartidista, pues difiere a la otra instancia buena parte del “voto útil”. A su vez, el régimen de elección por simple mayoría sobredetermina la polarización y la concentración de fuerzas. Esos diseños generales, procurados por el legislador, luego se complejizan con las acciones de los partidos. En la Capital tres han quedado como únicos aspirantes a pasar de turno.

También se elige la mitad de la Legislatura con un sistema proporcional D’Hondt sin piso, generoso para partidos chicos. De todos modos, suena que los 30 nuevos diputados saldrán de siete boletas. Cinco responden a las tres fuerzas dominantes. Hay otras dos de perfil crítico y militante, que se mencionan como viables para lograr parlamentarios. Son las que encabezan Claudio Lozano y Patricia Walsh. No hay un número fijo que les garantice el acceso, pero un tres por ciento es casi seguro la llave de un legislador, un dos por ciento podría habilitarlo, un cinco por ciento podría equivaler a dos.

Como siempre, serán los ciudadanos, ejercitando el formidable derecho del sufragio universal, quienes definan. Nadie puede afirmar que el pueblo jamás se equivoca, pero es digno de mención y de defensa su derecho a decidir en lo que a sus intereses concierne.

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