EL PAíS › PANORAMA POLITICO

MODERNIDADES

 Por J. M. Pasquini Durán

Estas últimas horas ponen a prueba los nervios de encuestadores y candidatos porque la experiencia indica que un número indeterminado, pero considerable, de votantes toma su decisión definitiva sobre la oferta electoral a último momento. Otros, como los asambleístas de Gualeguaychú, siguen en lo propio, sin ninguna consideración sobre las consecuencias de sus actos, y ayer se enfrentaron en el río Uruguay con la prefectura uruguaya, creando una situación de tensión con un puñado de embarcaciones que se lanzaron al agua para repudiar la visita a la planta de Bosnia de una delegación de la Unión Europea. Estos intrépidos navegantes ¿estarán enterados de que mañana hay elecciones presidenciales en la Argentina? ¿Esta es la ofrenda de los ambientalistas para quien gane en las urnas? Al futuro Poder Ejecutivo, salvo que Néstor Kirchner consiga en cuarenta días lo que no consiguió en tantos meses, una solución política a este enfrentamiento que siempre está al borde de un gesto desesperado.

Este año el contexto es más complejo que los anteriores, no sólo por ese tipo de pleitos, sino porque el proceso de renovación de cuadros y liderazgos políticos, así como la demarcación de territorios ideológicos o partidarios, no reconocen con facilidad precedentes o hábitos tradicionales. La fragmentación, al mismo tiempo que la confluencia de retazos en coaliciones inhabituales, son características predominantes en todas las fuerzas que dominaban el voto popular durante la segunda mitad del siglo XX. En poco más de un lustro han desaparecido de la escena principal algunos actores que parecían inamovibles: Carlos Menem, Raúl Alfonsín, Fernando de la Rúa, Chacho Alvarez, Graciela Fernández Meijide, para citar personajes conocidos por todos, aunque la lista completa en todo el país abarca decenas de nombres que ya no están en la boca de nadie o de muy pocos. La demanda de las cacerolas de hace seis años para “que se vayan todos...” tuvo sus efectos y los seguirá teniendo, porque hoy en día nadie tiene los votos atados.

A modo de referencia: Mauricio Macri con la plataforma de sesenta por ciento en el escrutinio porteño de hace seis meses no tuvo energías para trasladar ese impulso a un candidato nacional del mismo palo y aun los que invocan su nombre para pelear una banca en el congreso están lejos de alcanzar resultados semejantes. Elisa Carrió, tercera en la misma oportunidad en la que ganó el empresario del fútbol, hoy aparece en los primeros puestos del distrito, según casi todos los pronosticadores. En Córdoba el electorado está partido en dos mitades iguales, lo mismo que en Chaco, con la diferencia de que en la provincia mediterránea Luis Juez sigue denunciando fraude. En Misiones, ¿el obispo Piña tendrá la misma influencia que alcanzó cuando se trató de modificar la Constitución provincial? ¿Cómo votará Santa Cruz, territorio de Kirchner, después de los conflictos ocurridos durante el año? En cada rincón del país vuelan las preguntas que esperan respuestas en los cuartos oscuros de mañana, domingo, porque a medida que se afirma la libertad democrática en la conciencia ciudadana las mudanzas selectivas están más volátiles que nunca. Una sola camiseta ya no alcanza.

La renovación de elencos en el teatro de la política, ¿no será un collar diferente para el mismo perro? Una afirmación de ese calibre sería inapropiada para describir los sucesos en curso, pero es cierto que la reforma política, tantas veces insinuada y prometida, todavía está pendiente. Mientras tanto, la inestabilidad manda y nadie puede asegurar que lo nuevo que aparece sea, por esa sola condición, mejor que lo que había antes. Estos son momentos de transición –de ahí la dispersión y la recomposición en mosaicos multicolores– que establecen una tendencia y reafirman la voluntad popular de las cacerolas. Por eso ningún candidato o liderazgo tiene el futuro comprado, lo que indica un cuadro auspicioso en una república democrática: la última palabra la tienen los ciudadanos.

Ningún político riguroso define su conducta sólo por las encuestas sobre intención de voto, pero estos sondeos son como las fotografías de una fiesta: reflejan un momento cierto, pero no alcanzan para saber cómo estuvo la totalidad del festejo. El político tiene otras fuentes (asesores, consultores, partidarios, comités de campaña), más que nada el olfato de la calle si la recorre con la atención debida, la recepción popular en sus mitines, los mensajes de las personas que se acercan a saludarlos o a pedirles determinadas cosas. Esa masa de información acumulada no está al alcance de la mayoría, de manera que las encuestas pasan a ser una fuente fáctica, hasta que aparezca alguna mejor, para satisfacer el derecho a la información de la sociedad.

Atendiendo a ese tipo de vaticinios, en esta ocasión la votación tendrá sesgos sociales definidos. En opinión de los encuestadores de más prestigio, la candidata oficial tiene una fuerte corriente de adhesión entre las capas más humildes, lo cual vendría a contradecir la versión opositora que asegura que los pobres no han recibido beneficios reales y que se agrandó la brecha que los separa de los más ricos. Los mismos vaticinios atribuyen a las capas medias y altas una inclinación hacia los candidatos no oficiales, como sucedió en la Capital, y una cierta concentración del voto antiperonista en la figura de Carrió, lo que le daría cierta ventaja sobre Lavagna y Rodríguez Saá, ambos de origen peronista. Ningún anticipo de intención puede ser asumido en términos absolutos, ni mucho menos extrapolar situaciones particulares, como las de porteños, santafesinos o fueguinos, porque en cada distrito hay razones particulares que explican las opciones de mayoría, para proyectarlos al orden nacional.

En su momento, Fabiana Ríos, la flamante gobernadora de Tierra del Fuego, adherida al ARI, explicó que, a su juicio, la mayoría de sus votantes se inclinaría por la señora de Kirchner. Lo mismo predijo el gobernador electo de Santa Fe, Hermes Binner, pese a que Carrió, después de la victoria santafesina de los socialistas, se decidió por un segundo en su fórmula de ese partido que, como otros, tiene fracciones en distintos frentes. Acertados o no los encuestadores, de todos modos es un hecho que Carrió dedicó sus últimos discursos a prodigar halagos para los peronistas de base y a prometer la liberación de los pobres, aun cuando estos mensajes contradijeran a los votantes de centroderecha, que desertó de López Murphy, y al antiperonismo que la viene respaldando.

En buena parte de las clases medias y altas no han sido pocos los beneficios recibidos del Gobierno que está terminando su primer mandato. Basta con revisar los datos de consumo, la venta de automóviles y viviendas, los niveles de actividad de empresas y profesionales para advertir que la reactivación económica los tuvo de destinatarios, con las debidas excepciones. También habría que anotar que el mismo gobierno estuvo desatento con las capas medias en la primera mitad de su gestión, pero es comprensible que en ese tiempo atendiera con preferencia a quienes requerían auxilio con más urgencia, tal como se hace en cualquier desastre. Sin embargo, no es la objetividad material la causa central del malestar en estos sectores sociales. Hay componentes ideológicos que influyen en sus puntos de vista, como es natural que suceda entre los que tienen sus necesidades básicas más que satisfechas. En Venezuela, México, Brasil, lo mismo que en Francia o en Italia, la porción satisfecha de las sociedades tiende a ubicar sus expectativas hacia la derecha del espectro político, a la espera de que sus gobernantes no distraigan fondos que podrían ser para mejorar sus estándares de vida en consolar a pobres y desvalidos. En Europa alcanza con revisar las reacciones negativas, hasta racistas, que provocan los inmigrantes, a punto de crear situaciones de tanta violencia como las que vivió Francia, a través de las cuales se abrió paso Sarkozy, una especie de Menem con traje oscuro.

En América latina, región de mestizos y anfitriona de tantos inmigrantes, el racismo europeo no funcionaría igual, por lo que el discurso de la derecha se dedica a esparcir alertas sobre el peligro “populista” y llena de temor a los que se sienten o son privilegiados porque el espectro de una supuesta revancha social, en una “remake” imaginaria de la toma de la Bastilla, les ha capturado la fantasía. Las usinas ideológicas de la derecha en todo el mundo manejan los miedos como instrumentos políticos, fabricando enemigos ficticios, “ejes del mal” que amenazan destruir al mundo, cuando en realidad los verdaderos destructores son los presuntos “ejes del bien”.

En este sentido, hay que reconocer, que los medios de difusión masiva, con los debidos matices y excepciones, les han hecho el caldo gordo a los fabricantes de espectros, augures de toda clase de tragedias, repitiendo y multiplicando las voces interesadas en el terror. Por algo es que en Venezuela el presidente Chávez decidió no renovar la licencia de una de las empresas de televisión cuya línea editorial repetía ese discurso dominante, en contra del llamado populismo, y en Brasil el presidente Lula acaba de inaugurar una emisora pública de televisión para asegurar la existencia de una visión más equidistante de la realidad, sin el sesgo ideológico de la derecha.

En más de un lugar, además, el “fundamentalismo” racial, religioso, político, que apela al terror como forma de expresión política, en lugar de combatir a sus enemigos termina alimentando los peores argumentos. La izquierda local, pacífica, presenta una variedad de candidatos presidenciales sin ninguna chance de figurar entre los cinco primeros. Este sector de la política todavía le debe al país y a sus seguidores una estrategia para la democracia, porque a veces parece que no se resigna a librar batalla en este campo, a la espera de la toma de la Bastilla. Sin proponérselo, ese tipo de indecisos terminan facilitando el camino a sus enemigos. A fines del siglo XIX, revolucionarios socialistas como Germán Ave Lallemant proponían unirse a los radicales de la Revolución del Parque. Décadas más tarde, otras izquierdas insurgentes dividieron opiniones y fuerzas acerca del peronismo y muchos murieron porque sentían que podían tomar al cielo por asalto. En el camino, implosionó el socialismo real liderado por la Unión Soviética, el Muro de Berlín se derrumbó y el militarismo norteamericano está a punto de fabricar nuevas tragedias. La votación de mañana ocurrirá a fines del séptimo año del siglo XXI.

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