EL PAIS › DESGARRADOR TESTIMONIO DEL CAUTIVERIO DE CLARA GONZALEZ

“Intentar rescates es absurdo”

La rehén liberada por las FARC habló de los padecimientos que sufrió en la selva, dijo que el ejército colombiano nunca suspendió sus operativos en la región de la entrega y apoyó la mediación de Chávez.

De a poco, Consuelo González se fue relajando ayer. Acompañada por sus hijas y su nieta, disfrutó su primera noche en libertad en seis años. Durmió en una cama, recordó la suave sensación de las sábanas y, ya por la mañana, se alegró de poder finalmente romper con la obligada dieta de la guerrilla de arroz con frijoles, arroz con arvejas y arroz con lentejas. Más distendida y con una expresión de optimismo que inspiraba hasta al más escéptico, la ex congresista del Partido Liberal pidió reanudar la mediación del presidente Hugo Chávez y criticó a Alvaro Uribe de la mejor manera, contando su infierno en la selva colombiana.

Las palabras de la ex congresista apoyaron la versión de la guerrilla y de la senadora colombiana Piedad Córdoba sobre el fracasado operativo de rescate en Año Nuevo. “El 21 de diciembre empezamos a caminar hacia el lugar donde nos iban a liberar y caminamos casi 20 días. En ese tiempo nos tocó correr varias veces porque los operativos militares estaban muy cerca”, relató. González incluso denunció que el día que Alvaro Uribe dio por suspendida la entrega, las Fuerzas Armadas colombianas lanzaron el peor ataque a la zona donde se encontraban. “El 31 captamos que iba a haber una movilización muy grande y en el momento en que estábamos por salir, nos tocó un bombardeo muy fuerte y nos tuvimos que desplazar rápidamente a otro sitio. Allí nos enteramos de todo el tema de Emmanuel y empezamos a rezar para que se aclarara lo de la identidad del niño, pues eso definiría nuestra situación”, contó.

Pero González no quiso entrar en una confrontación con el gobierno de Uribe. Ahora no es el momento de pelear, sino de buscar una solución, explicó. Para ello cree que es necesario que todo el mundo tome conciencia del sufrimiento de los secuestrados. Su historia será, dijo, su mejor arma. “Me robaron seis años de mi vida –empezó a recordar la mujer de 54 años– y todavía no entiendo cómo uno puede resistir una situación como ésta. Había sido secuestrada en su pueblo natal, un día antes de que Al Qaida paralizara al mundo derribando las Torres Gemelas en Nueva York. Las FARC nunca pidieron un rescate. Su esposo y sus hijas recién pudieron confirmar lo que había sucedido cinco meses después, cuando la guerrilla envió la primera y única prueba de vida de la ex congresista.

“Mis queridas, me trataron con vehemencia. Yo pienso en ustedes a cada instante y siento nostalgia de los momentos agradables que compartimos”, había escrito en una carta dirigida a sus hijas.

Ayer, la Consuelo González que escribió esa carta volvió a aflorar al relatar a las radios colombianas Caracol y La W los momentos más duros de su cautiverio. El peor, dijo sin dudar, fue enterarse de la noticia de la muerte de su esposo en el 2003 por un ataque al corazón. “Cuando me enteré de la muerte del negro sentí que se me derrumbaba todo, que no había salida”, contó. Según relató, escuchó la noticia directamente de boca de su hija mayor, Patricia Perdomo. “Me dijo que estuviera tranquila porque no había sufrido”, dijo intentando no emocionarse. Patricia Perdomo y su hermana María Fernanda le mandaron mensajes por la radio durante todo el cautiverio. Afortunadamente, a los pocos meses Patricia pudo darle otra noticia a su madre que le devolvió las ganas de vivir. “El nacimiento de mi nieta María Juliana fue un aliciente para sobrevivir”, dijo sonriente.

A la desesperación del aislamiento también se sumaba el constante miedo de morir. “Lo más dramático es que no hay posibilidades de atención médica”, destacó González, quien sufrió en carne propia las carencias de la selva. Durante su secuestro, la ex congresista sufrió paludismo durante tres meses seguidos y leishmaniasis (una enfermedad provocada por un mosquito de climas tropicales) durante dos. A pesar de su edad y de ser la más grande entre todos sus compañeros, nunca recibió un trato preferencial. Como todos los rehenes enfermos –que en uno u otro momento son todos–, tenía que esperar la visita del único guerrillero enfermero, cuyo botiquín se limitaba a algunas pastillas para el paludismo, el dolor de cabeza y los cotidianos casos de diarrea.

Para Consuelo es increíble que los rehenes logren sobrevivir tantas enfermedades. “Especialmente porque ninguno sabe qué es lo que tiene afectado porque allí no hay ninguna posibilidad de exámenes médicos”, explicó. De su grupo, todavía quedan 11 políticos, soldados y policías en cautiverio. Todos ellos, destacó la ex rehén, están actualmente enfermos y algunos están muy graves.

A la dirigente colombiana no le alcanzaban ayer las palabras para describir el grado de indefensión que sufrieron ella y sus compañeros en los últimos años. Por un lado, tenían que sobrevivir por la fuerza del espíritu. Por el otro, evitar caer en la tentación de escaparse, una opción que, según ella, solía terminar mal. “Uno termina concluyendo que no hay nada más que hacer que acatar y someterse a lo que te están imponiendo”, dijo, dejando de lado por un instante su optimismo.

Otro peligro que rondó todo el tiempo la cabeza de Consuelo fue el de los rescates militares de las Fuerzas Armadas colombianas. “Muchas veces nos movieron de un sitio a otro, a pesar del riesgo. Sentíamos las bombas a escasos metros de donde estábamos y a los helicópteros con sus metralletas”, contó. La ex congresista recordó que, por los ataques, ella y sus compañeros debían correr de un campamento a otro, adentrándose en zonas desconocidas de la selva, donde el follaje apenas permite ver un paso adelante.

Después de las primeras veces, Consuelo comenzó a ejercitar para llegar en mejor estado a estas “correteadas”. Salía a caminar para poder soportarlas mejor, explicó la mujer. Pero, al final, nada la podía preparar para ese momento. En medio del ruido ensordecedor de los tiros y las bombas y los gritos de los guerrilleros, que la empujaban con las puntas de los fusiles, González siempre sentía que podía morir. “Desde el principio éramos notificados de que en un intento de rescate, las órdenes eran asesinarnos”, explicó. “Intentar rescates es absurdo”, sentenció.

“Vivir la guerra es un horror. Por eso uno se pregunta cómo en Colombia se patrocina, se estimula y se acude tanto al mecanismo de la guerra para tratar de solucionar un conflicto”, cuestionó la mujer, que por momentos recuperaba el tono que supo imponer en el Congreso colombiano.

Pero inmediatamente después de decir eso, Consuelo dejó en claro que no le interesa hacer política ahora. Su misión, dijo, es que el mundo conozca lo que sufren todos los días cientos de personas en la selva colombiana, especialmente los soldados y los policías secuestrados. Ellos se llevan la peor parte. Mientras Consuelo podía salir a hacer gimnasia y a caminar, los uniformados estaban encadenados las 24 horas. “Se bañan encadenados. Lavan su ropa encadenados, comen y van al baño encadenados. Y en la noche amarran la cadena a un tronco que fijan al lado de sus camas”, relató.

La mayoría de los secuestrados de las FARC son policías y soldados, que cayeron prisioneros en algún ataque del ejército o en algún operativo fallido de la guerrilla. “Es una tragedia que no podemos hacer a un lado”, repitió una y otra vez ayer a los medios venezolanos y colombianos. “Tenemos que hacer lo que sea para que se solucione ya”, agregó. Para la política colombiana, “hacer lo que sea” significa aceptar la mediación de Hugo Chávez. “Hay que entender que no es una intromisión, sino que se debe hacer por razones humanitarias”, señaló.

González, al igual que su compañera Clara Rojas, se puso al frente de los pedidos internacionales para que Uribe autorice nuevamente la negociación entre el presidente venezolano y la cúpula de las FARC para un intercambio humanitario.

“No le perdonaría a Colombia que no se haga nada”, sentenció la mujer que el jueves volvió a nacer.

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Consuelo González le da la mano a uno de los guerrilleros que la acompañó a la entrega.
 
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