EL PAíS › OPINION

Maestro

Por José Míguez Bonino*

La noticia me golpeó cuando me preparaba para cumplir mi tarea como pastor de una iglesia evangélica. No sabía si dar gracias a Dios por la vida o increparlo por la muerte del querido amigo y compañero de casi cuarenta años: el maestro Alfredo Bravo nos había dejado aquella madrugada. En los últimos meses de 1975 la gravedad de la situación social y política, la violencia militar “disfrazada” y la incapacidad o complicidad del gobierno predecían casi inexorablemente lo que se concretó pocos meses más tarde. Hacia fines de noviembre de 1975 una reunión informal de un pequeño grupo de personas de diverso origen –de la política, las iglesias, la educación, los medios, el arte– analizábamos la situación y nos preguntábamos qué camino seguir. “Necesitamos mantenernos en reunión permanente para luchar por los más elementales derechos humanos, el derecho a la vida.” “La llamaremos Asamblea Permanente por los Derechos Humanos”, propuso alguien. Y de inmediato aparecieron los fundadores de la APDH que se constituiría al comienzo de 1976. Alfredo Bravo representó allí, desde el comienzo, dos ámbitos esenciales: los de la escuela libre, popular, democrática y del socialismo comprometido con la democracia y con la defensa del movimiento obrero –el que Alicia Moreau de Justo, junto a Alfredo representó desde un comienzo–. La triple representatividad de Alfredo –educación, política democrática y derechos humanos– era demasiado para el gobierno militar y no pasó mucho para que la policía militar “sin rostro” nos visitara en el aula donde Alfredo ejercía su tarea. La historia de la prisión, la tortura –en la que la brutalidad premeditada y brutal del opresor no fue suficiente para evitar que algún “carcelero” le susurrara “no se desaliente, maestro”–, es bien conocida. Y la APDH recuperó a uno de sus presidentes. “Prisión domiciliaria” que, por supuesto, Bravo transformó en “sede de reunión” de la lucha.
Las secuelas de la prisión no lo iban a abandonar. Pero ni una ni otras detendrían la entrega de Alfredo a ese compromiso. Era inútil, casi un insulto, pedirle que moderara el lenguaje, que se cuidara la salud. No concedía rebajas a sus convicciones ni “vacaciones” a sus compromisos. Hubiéramos querido tenerlo por mucho tiempo con nosotros. Pero, cualquiera fuera el momento en que debiera cerrar este tiempo del partido –el lenguaje futbolero era parte de su compromiso–, su vida estaría completa. Y esa vida completa seguiría como desafío, invitándonos y acompañándonos en una lucha que no tiene final sino sólo etapas.
* Asamblea Permanente por los Derechos Humanos.

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