EL PAíS

Bien nacido

 Por Horacio Verbitsky

En una demostración contundente de habilidad política, el papa Francisco alineó al conjunto del sistema institucional argentino. Mientras las distintas líneas internas del justicialismo citan su encíclica Laudato Si y sus exhortaciones apostólicas Amoris Laetitia y Evangelii Gaudium como única fuente doctrinaria, como si fuera Perón redivivo, el presidente Maurizio Macrì recitó durante el Congreso Eucarístico Nacional una invocación a Jesucristo, denominado señor de la historia, que preparó el Episcopado e incluye las metas fijadas por esa organización confesional de ancianos célibes, entre ellas la condena al aborto, la corrupción y el narcotráfico. Para llegar a ese punto, el papa argentino hizo un largo camino en zigzag, alternando como un hombre golpeador mamporros y caricias a cada actor y actriz polític@s. Luego de diez años de confrontación con Néstor Kirchner y su esposa, a quienes sermoneó sin miramientos desde el púlpito de la catedral porteña, a partir de su entronización como obispo de Roma recibió cinco veces a la viuda presidencial y a través de sus múltiples voceros difundió la consigna “Hay que cuidar a Cristina”, una insidiosa ambigüedad que sugería la fragilidad de su gobierno y se atribuía el mérito de impedir que colapsara. Entre cita y cita, recibía a diversos jueces federales y los alentaba a avanzar en las causas contra funcionarios de su presunta protegida. Desde que Macrì asumió la presidencia dejó trascender por los medios habituales que no coincidía con sus políticas y lo sometió al escarnio fotográfico durante una audiencia de apenas 22 minutos en la que practicó su mejor repertorio facial de expresiones de lejanía, desagrado y repulsión. También fastidió al Poder Ejecutivo sirviéndose de mensajeros del sutil talante de Guillermo Moreno, Hebe de Bonafini y Gustavo Vera Y con el envío de un rosario a la presa política Milagro Sala, privada en forma ilegal de su libertad. Lo enredó luego en la ocurrente historia de la donación solicitada y rehuida para su proyecto educativo. Cuando la mitad del país que simpatiza con la Alianza Cambiemos comenzaba a maldecirlo, le transmitió su zalamería compensatoria por medio del diario La Nación. Ante el columnista Joaquín Morales Solá dijo que no tenía nada en contra del presidente, a quien definió como “una persona bien nacida, noble”, es decir una obviedad y una hipérbole, que cotizan muy bien en el mercado político. Además, el periodista le preguntó en forma directa:

–¿Es Gustavo Vera su vocero en la Argentina?

–No hay más voceros, en la Argentina o en cualquier otro país, que los voceros oficiales del Papa. ¿Es necesario repetirlo? Lo repito entonces: la oficina de prensa del Vaticano es el único vocero del Papa, respondió.

Pero en la misma semana, le escribió a Vera y lo filtró a un diario italiano:

–Sos mi amigo. Lo dije y lo digo. Te hospedás aquí (en Santa Marta). Eso sí: te tienen miedo porque no solo denunciás sino que construís.

Agregó que un vocero está limitado por el protocolo, mientras un amigo es libre y creativo. Es decir, no pero sí. Para que ninguna oveja se escape del aprisco, en su mensaje por el Bicentenario el pastor sobó a la otra mitad del rebaño: dijo que la Patria no se vende, lo cual podrá leerse como una advertencia al gabinete de los CEOs, e incluyó en sus rezos contra todo tipo de colonizaciones a la Patria Grande que soñaron San Martín y Bolívar. A cada santo, una vela.

Sólo le falta en la colección el diputado nacional Sergio Massa, quien por ahora sigue en ablande pero está con el pasaporte al día esperando que le sugieran que concluyó la penitencia por su intento de removerlo del arzobispado de Buenos Aires en 2008. Un artículo común entre los apologistas del Pontífice es señalar que su discurso no varió desde la Plaza de Mayo hasta la de San Pedro. En algún sentido es cierto. Con el inagotable repertorio que va del histeriqueo a la toalla mojada y el vacío sádico, ha conseguido instalar su agenda en el sentido común de la dirigencia argentina, con la colaboración del presidente de la Corte Suprema de Justicia, Ricardo Lorenzetti, el más aplicado de sus discípulos. Aquí y allí, Bergoglio propone una distinción entre pecadores y corruptos, sin indicar la fuente bíblica o teológica en que se basa, pero apuntando con exactitud a la deslegitimación de la política presentada como una actividad sucia. Su insistencia en señalar al narcotráfico como uno de los principales problemas de la Argentina se combina con la orientación asistencial que inculcó al grupo de sacerdotes villeros que le responden con fervor de apóstoles, muy distinto al enfoque político de los sacerdotes en opción por los pobres, que cuestionan a fondo las decisiones del gobierno nacional. Bergoglio no se aparta así de la alianza estratégica celebrada en las postrimerías de la última guerra mundial entre Franklin D. Roosevelt y el papa Pío XII para contener al bloque soviético, y ratificada cuatro décadas después por Ronald Reagan y Juan Pablo II, para liquidar al comunismo en Europa y al sandinismo y la teología de la liberación en Centro y Surámerica. En esa operación tuvo un rol destacado el protector de Bergoglio, Antonio Quarracino, por entonces secretario general del CELAM. No por casualidad el principal asesor en la materia de la Conferencia Episcopal, que designó Bergoglio y confirmó José María Toté Arancedo, es el vicealmirante (R) Horacio Florencio Néstor Reyser, ex agregado naval en Washington, cuyo enfoque sobre las drogas es el que predica el Comando Sur de las Fuerzas Armadas estadounidenses, donde tomó cursos, es decir una cuestión de seguridad nacional. Su hijo Horacio Reyser Travers fue designado por Macrì secretario de relaciones económicas internacionales. Pero a veces pareciera que el papa exagera su celo: fue el zar antidroga de Estados Unidos, William Brownfield quien en su primera visita desde que gobierna Macrì dijo que la Argentina no era un país productor de drogas, en consonancia con el informe anual de la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, que ni menciona a nuestro país. Esto se llama ser más papista que el papa.

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