EL PAíS › OPINION

¿Pagar permite liberarse de la condicionalidad?

 Por Mario Wainfeld

El jefe de Gabinete, Alberto Fernández, y la senadora Cristina Fernández de Kirchner viajaron a Madrid para explicar cuál es el nuevo camino que, tal parece, pretende emprender Argentina. No se trata de pedir una intermediación ante el titular del FMI, el español Rodrigo Rato, aseguran en la Rosada. Francamente eso sería una ingenuidad, dada la conspicua tensión entre el gobierno del PSOE y Rato (hombre del Partido Popular), que ayer tuvo una escalada nada menor (ver página 19). Explicar, no pedir dinero y tampoco buenos oficios, es el objetivo. Algo similar hará el Presidente cuando entreviste a Jacques Chirac en un viaje a Francia que tiene previsto para el inminente invierno boreal.
La expresión “desendeudamiento” fue pronunciada ayer en España por Alberto Fernández y será repetida muchas veces durante la gira. Es que se transformó en una de las más repetidas en el vocabulario oficial, incluyendo al (o mejor empezando por el) presidente de los argentinos. Néstor Kirchner suele explicarla diciendo que el país necesita desendeudarse para “desintervenir” su economía de auditores externos, a fin de “ir recuperando autonomía nacional”. Al Gobierno lo obsesiona liberarse de la recurrente presencia del Fondo Monetario Internacional, de sus periódicas inspecciones y sus consiguientes “tareas para el hogar”.
Liberarse pagando no es, según Kirchner, una abdicación, sino el único modo posible de ir liberándose de las condicionalidades del FMI. A veces hasta postula que desendeudarse pagando es la única forma válida de reinterpretar, dentro de las actuales correlaciones de fuerzas, las viejas consignas de moratoria de la deuda.
Consonantemente, el curioso, pero sin duda sincero, discurso “desendeudatorio” incluye un tono confrontativo con el FMI. Tan es así que, cuando el Gobierno coqueteó con la idea de pagar toda la deuda de un saque, Kirchner se permitió imaginar (ante sus cofrades de la mesa chica) que tras hacer el pago la Argentina podría desvincularse del FMI. Y aun iniciarle un estruendoso juicio ante alguna Corte Internacional por los daños infligidos a la Argentina. “Solve et repete” (“paga y luego reclama”), el principio rector de lo que puede hacer el deudor de un crédito oficial injusto, podría ser el basamento legal de esa acción, no imaginada para recuperar el crédito sino para ir habilitando un nuevo escenario internacional.
Cabe reconocerle al actual gobierno haber sido el más obsesionado, desde 1985 hasta la fecha, por salirse de la vulgata impuesta por los organismos internacionales de crédito. Y el único que tuvo desde el vamos a un presidente, a un ministro de Economía (Roberto Lavagna) y a un presidente del Banco Central (Alfonso Prat Gay) resueltos a no acatar las recetas del FMI en sus respectivas áreas de influencia. Pero reconocer las intenciones y la sinceridad no equivale a compartir la pertinencia del camino elegido en cada coyuntura. La declarada decisión de pagarle al FMI todo el montante de su deuda abre varias dudas que, al menos por ahora, el discurso oficial no alcanza a disipar.
En primer lugar es innegable que una de las condicionalidades más odiosas es pagarle al FMI. Kirchner y Lavagna piensan que es menos grave y determinante que someterse a sus propuestas para el manejo de la economía. Puede que tengan razón, pero pagar sigue siendo una imposición odiosa y gravosa. La condicionalidad es más lesiva cuanto mayor sea la cantidad que se erogue en el corto plazo.
En segundo lugar, tampoco queda precisado cuáles son las condicionalidades que gambetearía la Argentina en el corto plazo si pagara sin reembolsos su acreencia con el FMI. No pedir nuevos préstamos es una línea sensata. No procurar reembolsos parece exceso de suficiencia. Si cesara o se frenara la recuperación económica por efecto de la sangría externa, el oficialismo sería más débil frente al sector financiero afincado en la Argentina yfrente a las privatizadas de servicios públicos, por no citar sino a dos adversarios muy conspicuos.
Vale la pena puntualizar que Kirchner no quiere pagar “ya” toda la deuda con el FMI sino procurar un nuevo plan de pagos, sin acudir a nuevos empréstitos. Pero no parece que la declamada intención de pagarle al Fondo sea el mejor camino (la mejor presión) para que éste modifique el cronograma de pagos, de modo algo menos impiadoso para Argentina.
El Gobierno –que fue firme y tuvo reflejos de jugador de truco durante la negociación– sorprende ahora mostrando demasiado las barajas, que no son especialmente ganadoras. También es llamativo que Kirchner abandone su tacticismo, su proverbial tendencia al “paso a paso” y ensaye una jugada estratégica que se proyecta a varios años vista justo cuando una de las incógnitas de la ecuación, el resultado del canje de la deuda privada, está en una instancia de máxima indeterminación.

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