ESPECIALES › BENJAMIN HOPENHAYN, ECONOMISTA DEL PLAN FENIX

“La quiebra de Parmalat fue peor que el default argentino”

Especialista en el análisis de la evolución y condicionamientos económicos de la deuda argentina, Benjamín Hopenhayn considera que el Gobierno negoció muy bien la salida del default “pensando desde el interés nacional”. Y afirmó: “Si yo fuera un bonista, aceptaría la oferta”.

 Por David Cufré

Una de las incógnitas que se develará recién después de que termine el canje de deuda es si el Gobierno tiene vocación para aplicar una política más agresiva de redistribución del ingreso, que hasta el momento podría haberse visto contenida por la necesidad de terminar con la negociación externa, o si lo que ha mostrado hasta el momento es todo lo que tiene para dar. Así se lo plantea Benjamín Hopenhayn, economista del Plan Fénix, en este reportaje con Página/12, al analizar la propuesta del Gobierno a los acreedores para salir del default. “Si yo fuera un bonista, aceptaría la oferta y cerraría el caso”, recomienda. Aunque advierte que la reestructuración no soluciona el problema de la deuda, considera que “la negociación ha sido muy bien llevada”.
–Desde el punto de vista de los acreedores, ¿la oferta es buena o mala?
–Depende de la capacidad de análisis del acreedor. El granjero de Iowa o el zapatero de Italia no tienen las herramientas de análisis para tomar una decisión ponderada. Los banqueros y demás acreedores institucionales, sí. La reacción de los minoristas depende mucho de cómo sean aconsejados. Así como existen los fondos buitres, hay asesores buitres, que buscan armar grupos de bonistas para hacerles creer que, juntos, tienen más fuerza y que podrán torcerle el brazo al Gobierno.
–¿Usted entraría al canje?
–Si yo fuera un bonista aceptaría la oferta y cerraría el caso. El problema de dejar pasar esta oportunidad es la incógnita de qué me queda para después. Hoy sé que tengo un sendero, el del canje, que me lleva a aceptar un castigo, del cual conozco el límite, por una inversión de riesgo que hice en su momento. Y hay otro sendero que no sé adónde me conduce. Es un problema casi borgeano. Yo preferiría asumir una posición realista.
–¿Y qué cree que harán los acreedores institucionales?
–Tengo la impresión de que los institucionales ya contabilizaron su pérdida y aceptarán la propuesta. La opinión de la comisión de valores estadounidense (la SEC) y las de los entes de Italia, Alemania y Luxemburgo, que son los que regulan las finanzas internacionales, tienen mucho peso. Ellos han dicho que la oferta es razonable. Además, para los inversores institucionales italianos fue peor el golpe por la quiebra de Parmalat que por el default argentino. Y lo mismo para los estadounidenses con Enron.
–¿El Gobierno negoció bien o cedió más de lo debido?
–Tomando en cuenta que éste es el mayor default de la historia contemporánea, negoció muy bien. Siempre se puede discutir si era posible sacar un poco más o un poco menos, pero en términos generales, la negociación ha sido muy bien llevada. Hay que tener en cuenta nuestro poder relativo como país emergente. No somos Alemania, que cayó en default cuando subió el nazismo, o Estados Unidos, que en el siglo XIX hizo una dilación de pagos a Inglaterra.
–¿La deuda seguirá siendo un condicionamiento muy pesado para la economía?
–Quítele el muy. Pesado, sí. Supongamos que la renegociación salga bien: el sector público quedará debiendo unos 130.000 millones de dólares. Desde el punto de vista fiscal y del balance de pagos, es una carga importante. Sobrellevar ese peso dependerá de factores exógenos, como la evolución de la tasa de interés internacional y los precios de las mercaderías que exportamos, y de factores internos, como la capacidad de recaudación y el nivel de actividad económica.
–¿La deuda que queda es pagable?
–Sí, pero a condición de tener una economía vigorosa, que se reindustrialice, que aplique una política activa de estímulo a la producción y al trabajo, que aumente sus exportaciones y que recomponga su mercado interno. La Argentina puede aspirar a un crecimiento anual del 5 o6 por ciento, como ocurrió en Chile durante diez años. Nosotros mismos tuvimos una expansión a ese ritmo entre 1956 y 1974. Si ahora, sin políticas activas, estamos creciendo al 8 por ciento, cómo no lo vamos a hacer si desarrollamos una política industrial.
–¿En cuánto estima el porcentaje de aceptación del canje?
–Cuando los economistas queremos ser pitonisas casi siempre nos equivocamos. Por eso, arriesgo un número sólo como pálpito, no como juicio. Sería una irresponsabilidad de mi parte decir otra cosa. A puro corazón, confiaría en una aceptación del orden del 70 por ciento.
–¿Le cree al Gobierno cuando dice que éste será el único canje?
–Depende del resultado. Yo le tengo que creer, como negocio. Cualquier argentino que diga que no cree, está voceando en contra de los intereses nacionales.
–¿Qué imagina que hará el Gobierno si el nivel de adhesión es inferior al 70 por ciento? ¿Deberá mejorar la oferta?
–La respuesta es la misma que para la pregunta anterior. Será un tema para el futuro, eventualmente. Creo que hay gente que lo está pensando con responsabilidad. Pero en este momento, en que está en juego la negociación actual, imaginar cómo será la próxima si ésta fracasa, no me parece apropiado. Por lo menos, ése es mi punto de vista.
–Desde la década del ’80, cada diez años el país ingresó en una crisis de la deuda. ¿En el 2012 ocurrirá lo mismo?
–Nunca tuvimos una reestructuración con una quita de esta naturaleza. El Megacanje fue prácticamente una transformación de la deuda para darle un puente de salida a los grandes inversores. En el pasado, las reestructuraciones se hicieron para dar lugar a períodos de auge en los que se pudiera pagar más. Eso fue el Brady. Ahora, hay un cambio muy importante. En un caso, la reestructuración se hizo en función de intereses exógenos, en éste se pensó desde el interés nacional.
–¿Los compromisos que se asumen para pagar la deuda no son demasiado elevados frente a la gravedad de la crisis social?
–La deuda social es tan grande que hacer un equilibrio entre la atención que requiere el pago de la deuda externa y resolver la social, plantea un problema casi ético. Por eso, el superávit fiscal para cubrir los pagos a los acreedores no puede superar el 3 por ciento del PIB. Lo que hay que hacer es profundizar la política de distribución del ingreso, de la que hasta el momento, hubo un asomo tímido. Es posible que el Gobierno se haya visto limitado por la negociación externa. Quiero ver qué pasa después de que termine el canje. En ese momento deberán discutirse políticas activas en lo económico, en lo social y en la distribución del ingreso.
–¿Adhiere al pronóstico de que después del canje, si es exitoso, habrá un fuerte aumento de la inversión?
–Primero quiero destacar una falacia que ha envenenado el análisis económico en la Argentina, que es identificar la inversión con inversión extranjera. Aldo Ferrer se ha cansado de demostrar que el 90 por ciento de la inversión en el mundo se hace con ahorro nacional. Con la crisis, la inversión cayó a un piso del 11 por ciento del PIB y ahora estamos en 18. La mayor parte de ese aumento fue con ahorro nacional. En 2005, la inversión puede llegar a 20 por ciento del PIB.
–La experiencia de estos últimos dos años, demostró que no era cierto que estando en default, el país quedaba totalmente aislado del mundo.
–Yo he ganado muchas cenas con ese asunto. Me acuerdo, también, cuando decían que el dólar iba a estar a 10 pesos o que habría hiperinflación. Se equivocaron feo y no deberían volver a hablar por un tiempo.

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