ESPECTáCULOS

“Bizarra”, esa vieja pasión por el culebrón llevada a los escenarios

La obra por entregas de Rafael Spregelburd, que llena el Rojas todos los viernes, es una de las buenas ofertas de producción nacional.

 Por Cecilia Hopkins

En el marco del IV Festival Internacional de Buenos Aires llega el Capítulo 5 de Bizarra, una saga argentina que se verá con entrada gratuita el lunes 15 a las 21, y desde el martes 16 al viernes 19, a las 19. Esta telenovela teatral escrita por Rafael Spregelburd viene presentándose en episodios los viernes en el Centro Cultural Ricardo Rojas. Interpretada por una banda integrada por más de 50 actores (hay un elenco fijo al que se suman invitados, como Andrea Garrote, Mónica Raiola y Javier Daulte, entre otros) esta “saga vulgar, mestiza, exagerada e inconsciente”, según definió el propio autor, cuenta las desventuras de Velita y Candela, dos hermanas separadas al nacer, criadas en familias de diferente posición económica.
Inspirada en un género por demás barroco, heredero de las tradiciones del folletín y la novela rosa, esta obra teatral por entregas reproduce el esquema argumental intrincado de los culebrones, con sus situaciones inverosímiles y su estilo de actuación característico. Bordeando el ridículo en forma permanente, los diálogos lánguidos y estáticos se alternan con cuadros coreográficos que recuerdan el imaginario televisivo de Alfredo Casero o los primeros tiempos de “Todo X 2$”. Las mismas influencias, aunque en mayor dosis, se observan en el video proyectado a modo de presentación de actores y personajes, obra de Víctor Kesselman, sobre la cortina musical –todo un hit, a esta altura– de Nicolás Varchausky. Y si el producto parece emular una producción de bajo presupuesto, esa impresión queda solamente en el plano de las apariencias, puesto que recibió importantes subsidios de la Fundación Antorchas y el Rojas.
A pesar de que Spregelburd, según se dice, continúa escribiendo a medida que los capítulos se estrenan (serán diez en total) nada quedó a merced de la improvisación, a los efectos de que esta saga teatral se convierta en un éxito de culto, algo que de hecho ocurre, dado que la sala colma su capacidad en cada función. Es por esto que la producción de Bizarra también pensó en ofrecer su propio merchandising. Además de remeras, se vende un álbum de figuritas, con premio incluido: el primero que lo llene antes del estreno del último capítulo podrá interpretar un personaje en la fiesta de casamiento que se espera será el colofón del idilio entre los protagonistas. A escenario pelado, los cambios escenográficos que demandan las situaciones llegan al espectador pautadas desde la gran pantalla ubicada al fondo de la escena, único modo de pasar del lúgubre frigorífico donde trabaja la hermana pobre al palacete señorial que habita la otra, criada por una frívola y desaprensiva millonaria.
Cándidos, pérfidos o deformes hasta el disparate, los personajes conforman una fauna que transita el cuento de hadas y la ciencia ficción, el comic y el thriller, sin descartar ciertos apuntes esotéricos, en un verdadero catálogo de la sensibilidad bizarra. En función de la amplísima variedad de temas que los personajes trajinan, en cada escena estalla hacia el ridículo alguna forma de discurso. Reducidos a su expresión más elemental, los lenguajes del psicoanálisis, el arte de vanguardia –incluido el teatro de experimentación– o el marxismo entran en esta virtual multiprocesadora de sentidos, paradigma farsesco del mentado declive ideológico de los tiempos que corren. A modo de manifiesto, Spregelburd justifica su propia creación en el programa de mano (ver recuadro). Mientras tanto, hay amores contrariados, falsificaciones, secuestros y magia negra para rato.

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Spregelburd va construyendo la trama de “Bizarra” capítulo a capítulo.
 
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