ESPECTáCULOS

“La normalidad, a veces, puede ser monstruosa”

El director Pablo Silva explica por qué llevó al teatro, en tono de comedia, “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde”. “Me interesa la dualidad de la naturaleza humana”, dice.

 Por Verónica Abdala

“La obra de Robert Louis Stevenson es un clásico, una prueba de lo que un hombre talentoso es capaz de hacer, algo más que un desafío. Pero aquí estamos, orgullosos de lo que hicimos inspirados en ella.” Quien habla, con absoluta conciencia de los riesgos que supone la adaptación de un clásico literario, es el director Pablo Silva (Luca vive, La última cerveza de Bukowski, El Kaso Dora, Ataque de pánico), responsable de una versión teatral de El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, que se estrena el sábado próximo en Buenos Aires, en el Teatro El Vitral (Rodríguez Peña 344), con el actor Carlos Echevarría (Garage Olimpo) a cargo del rol protagónico.
La obra que el escritor inglés escribió a orillas del Canal de la Mancha mientras se debatía contra feroces hemorragias pulmonares, y después de haber soñado parte importante de lo que sería el argumento de la ficción, fue objeto de innumerables estudios y análisis de toda clase desde 1885, el año de su publicación. Y sobrevivió a otras tantas versiones cinematográficas que acaso convendría olvidar, pero que no alteraron la conmovedora experiencia que supone su lectura y sus posibles interpretaciones. En la visión de Jorge Luis Borges, el doctor Jekyll –un médico regordete y afable, capaz de transformarse en una criatura de temperamento animal tras la ingestión de una poción química– representa la dualidad moral del ser humano, y Mr. Hyde, su contracara, “es malvada, sin tregua y sin aleación”. El ruso Vladimir Nabokov compartía ese punto de vista: “Mientras que Jekyll es mezcla del bien y del mal, Hyde es su precipitado de mal puro. No es que uno se convierta en el otro sino que uno es la proyección de un concentrado de maldad que el otro contiene”, explicaba en sus memorables Clases de Literatura Europea (publicadas en español por Ediciones B).
“Nosotros –explica Silva en diálogo con Página/12– nos propusimos desde el primer momento rescatar esa tensión irresoluble y constitutiva de la naturaleza humana que hace tan atractiva a la obra de Stevenson. Es a partir de esa búsqueda, y del respeto por el libro original, que se desarrolla esta versión en tono de comedia. El proyecto nació hace siete años, y fue cobrando forma con el tiempo. Hace dos años, la obra fue beneficiaria de un subsidio del Gobierno de la Ciudad, y a partir de ese momento surgió la posibilidad real de llevarla a escena.”
–¿Cuáles eran los elementos de la obra original que determinaron su decisión de adaptarla, y por qué?
–Me atraía, básicamente, la posibilidad de avanzar en la búsqueda de esa dualidad propia de nuestra naturaleza humana que plantea el autor, y que en mi visión no es ni más ni menos que la lucha entre la razón y los instintos, entre la conciencia, que nos permite vivir, y el inconsciente, que está asociado a nuestra faceta más imaginativa. Quise investigar, desde otro lugar, la relación que mantenemos con esos aspectos más oscuros de nuestra personalidad. El personaje protagónico se propone de algún modo aislar el mal, sus aspectos negativos, para deshacerse de ellos. Y ésta es, en definitiva, la historia de esa imposibilidad. Como director, me pareció fascinante el desafío de llegar a darle forma concreta y atractiva a una obra de esta magnitud.
–¿Hasta qué punto consideró usted viable la incorporación de variaciones al original?
–Yo me manejé con absoluta libertad, tanto en la adaptación como en la instancia de dirección, pero respetando los lineamientos generales. El trabajo fue arduo, pero estamos más que conformes con el resultado y nos sentimos representados por esta puesta.
–¿Cuáles son los elementos que incorporó o modificó para llevarla a escena?
–La diferencia más evidente es la incorporación de un personaje femenino, que compone Natalia Masseroni y que sirvió como herramienta narrativa, como contrapunto del personaje de Jekyll-Hyde. Es similar alque Julia Roberts interpretó en la versión cinematográfica de la historia y que tiene que ver con una mirada distinta, y femenina, sobre lo que le sucede al protagonista. Ella, que en la puesta es su asistente, será la víctima más afectada por las acciones del médico. Pero también está el tono general de la obra, que es de comedia, y que poco tiene que ver con el lenguaje original de la novela.
–¿A partir de qué características delineó a Jekyll y qué perfil ideó para Hyde?
–Uno de los elementos que definen a esta versión de la historia, uno de los conceptos pilares de la obra, es que la “maldad” puede ser completamente bella, mientras que lo que se entiende como la normalidad o la corrección puede en definitiva resultar monstruosa. A partir de esa idea es que el doctor Jekyll aparece como una persona insegura y llena de tics, con cierta deformidad evidente, y Hyde, que en una lectura superficial estaría encarnando determinados valores negativos, como un personaje virtuoso y altivo, seguro de sí.
–¿Hasta qué punto autorizó a los actores a improvisar a partir de su adaptación?
–Siempre estoy abierto a las propuestas, pero tampoco admito que desconozcan la esencia de lo que se pretende representar. Diría que tengo una apertura relativa.

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