REPORTAJES › REPORTAJE A JORGE ZABALZA

“¿Para qué sobrevivimos? ¿Para ocupar una banca?”

Es una de las figuras históricas de la izquierda uruguaya, compañero de prisión de Sendic, fugado de Punta Carretas, rehén de la dictadura. Su biografía, Un cero a la izquierda, acaba de conmover a su país por sus cuestionamientos de fondo a un gobierno por el que luchó.

 Por Susana Viau

“Mentiroso”,“atrevido”,“a-sesino”,“oligarca puto”. Ese fue el preludio a las trompadas que enfrentaron en el Parlamento uruguayo a Juan José Domínguez, diputado por el MPP (Movimiento de Participación Popular, del ex tupamaro y actual ministro José “Pepe” Mujica), y a Luis Lacalle Pou. Lo que hacía crujir el statu quo y la sobreactuada convivencia pacífica de oficialismo y oposición era una cuña llamada Cero a la izquierda, la biografía de Jorge Zabalza, uno de los dirigentes históricos del MLN, hijo de un senador del Partido Nacional y hermano de Ricardo Zabalza, muerto durante el copamiento de la ciudad de Pando, de innegables similitudes con la novela Funeral en Berlín. Jorge Zabalza tiene en su haber, además, ser uno de los 111 protagonistas de “el abuso”, la fuga masiva del penal de Punta Carretas, y uno de los nueve rehenes de la dictadura, habitante durante once años de una celda de aislamiento, al igual que Mujica, Raúl Sendic, Eleuterio Fernández Huidobro, Julio Marenales, Jorge Manera, Henry Engler, Mauricio Rosencoff, Adolfo Wassen.

Este descendiente de hacendados y políticos tradicionales tiene una carnicería en El Cerro, territorio de obreros y frigoríficos, y viene con frecuencia a Buenos Aires. Este mes, “el tambero” volvió a cruzar el río para presentar el libro que levantó ampollas en Montevideo y agotó casi en horas la primera edición. Abierto opositor a la línea que, como miembros del gobierno de Tabaré Vázquez sustentan sus viejos camaradas del MLN(T), Zabalza se hace una pregunta que, en ciertas circunstancias, martilla en la cabeza de muchos hombres y mujeres de su generación: “¿Para esto sobrevivimos?”. La respuesta también puede hallarse en esta entrevista.

–¿Cuántos años tiene?

–Sesenta y cuatro.

–¿No es poco para una biografía?

–Puede haber una segunda parte. La idea del libro la tuvo un periodista joven, Federico Leich. Me hizo un reportaje y hablamos de esta historia. Después investigó, buscó en archivos y creo que salió un perfil bastante semejante a la realidad. Yo me siento reflejado en el libro.

–¿Y por qué Cero a la izquierda?

–Esa es la visión de Leich. No entiende cómo es posible que los que mantuvieron sus ideales sean en Uruguay “un cero a la izquierda”. Yo no lo comparto del todo. Creo que los que estuvieron en la toma de tierras en Bella Unión incidieron sobre el sistema sin necesidad de estar integrados a estructuras partidarias. Eran los cañeros de UTAA, asalariados rurales. La presencia de compañeros como Washington Rodríguez Belletti y Nicolás Estévez tiene que ver con las raíces históricas; los que participaron de esa lucha son los hijos de los cañeros que marchaban “por la tierra y con Sendic”. También tuvo incidencia la última movilización de la Federación de Cooperativas, de Ancap, reivindicando la inversión nacional o la inversión de Pedevesa en la cementera en lugar de Camargo Correa, que es el dueño de Loma Negra. O la reivindicación por el agua desde el sindicato de la empresa estatal del agua. El fracaso del gobierno progresista consiste en no poder solucionar los problemas de las mayorías populares.

–¿No puede?

–Poder, puede. No lo hace. Está comprometido con otro modelo, fondomonetarista, con las multinacionales, con las clases dominantes del Uruguay. En esas condiciones no se pueden dar soluciones para el 85 por ciento de los jubilados y el 65 por ciento de asalariados, que ganan menos de ocho mil pesos, que son unos 1100 pesos argentinos. Con eso en Uruguay no se puede vivir porque la canasta familiar está en 32 mil pesos y 8 mil es la cuarta parte de lo que se necesita. El día del triunfo electoral había un millón de uruguayos en la calle. Aun dentro de un proyecto parlamentario, con un triunfo electoral por mayoría absoluta, Tabaré podía haber hecho otras cosas, como Evo Morales. Pero en el Uruguay fue a la uruguaya. En el momento mismo del fervor y el entusiasmo la cuestión fue la moderación, lo políticamente correcto, festejar pero no demasiado, alegrarse pero no tanto. Ese fue el mensaje que dejó el gobierno: “Vamos a ver qué es posible”, “es lo que hay, valor”. En lugar de sumarse a los pueblos latinoamericanos se asocia con George Bush. En estos dos años de gobierno progresista vinieron 21 misiones norteamericanas: diplomáticas, comerciales, de ayuda social, militares. Es muy doloroso. Nosotros planteamos una lucha de ideas, un debate de ideas...

–¿De quiénes habla cuando dice “nosotros”?

–Y... una serie de viejos militantes vinculados históricamente al MLN que mantenemos afinidades ideológicas. Cuando digo “nosotros” me refiero a eso.

–¿Cuál es la línea divisoria entre tupamaros de fuera y de dentro del gobierno?

–En el análisis no hay que dejar de lado la forma en que Uruguay sale de la dictadura, con el Pacto del Club Naval y los acuerdos entre el Partido Colorado, el general Líber Seregni y las fuerzas armadas y que tuvo como un punto esencial la impunidad para los militares. Nosotros al salir de la cárcel y durante los diez años posteriores mantuvimos un horizonte insurreccional. Nos movíamos en la legalidad pero con un mensaje que apuntaba a la rebelión y a la crítica y la denuncia del sistema democrático burgués, a su insuficiencia, a desnudar la dominación de clase y el papel de los partidos políticos y las fuerzas armadas. La crisis empezó en 1994, con los episodios de Jacinto Vera, en las cercanías del Hospital Filtro donde cuatro ciudadanos vascos hacían una huelga de hambre. Nosotros pedíamos para ellos el derecho de asilo, el gobierno reprimió y hubo una masacre. De ahí en adelante se produjo un viraje. Ese año el Frente Amplio perdió las elecciones por muy poquito. Dijeron que había sido nuestra responsabilidad por los sucesos del Hospital Filtro. La acusación pegó fuerte en la dirección de los tupas y a partir de ese momento empezaron a asumirse opciones que tendían a convertir un movimiento de viejos guerrilleros con un horizonte insurreccional en un movimiento electoral con un horizonte parlamentario. La llegada de la izquierda al gobierno departamental de Montevideo fue un ensayo de esto que vivimos hoy: se privatizaron el casino, los estacionamientos, partes de la rambla de Montevideo. José Mujica Giordano llegó a decir: “¡Ojalá tuviéramos en Uruguay un capitalismo en serio!”. Y lo tenemos. Botnia es un ejemplo de la seriedad de ese capitalismo. Toda esta farsa, este sainete entre presidentes y el estímulo al chauvinismo por parte de los medios de comunicación esconden la realidad de las inversiones transnacionales y las razones del traslado de la industria celulósica al Cono Sur, fundada en una relación de costos y precio tremenda. El costo promedio de una tonelada de celulosa en Brasil es de 300 dólares, en Estados Unidos de 380 y en Canadá de 420. A eso hay que agregarle impuestos que en Uruguay no se pagan por la ley de zonas francas. La tonelada se vende a un precio 700, 730 dólares. Los economistas de izquierda calcularon que produciendo un millón de toneladas por año, Botnia obtiene limpios 320 millones.

–Ese es el negocio de Botnia. ¿El de los uruguayos cuál es?

–Ninguno. Al Uruguay le deben quedar 200 puestos de trabajo.

–¿Y el negocio del gobierno?

–El negocio de los gobernantes habría que preguntarse. Cuál es el negocio de personajes que permiten la implantación del capital multinacional en estos términos. Cuál es su compromiso y con quién.

–Usted habló del viraje y lo ubicó en 1994. ¿No hubo señales previas de semejantes diferencias políticas e ideológicas?

–Durante los años de cárcel y de exilio hubo un fraccionamiento muy grande, como le pasó al PRT o al MIR chileno, porque el exilio y la cárcel obligan ineludiblemente a hacer el análisis crítico de lo que ocurrió. Te dan palos y tenés que pensar por qué te duele tanto. Un politólogo uruguayo, Adolfo Garcé, escribió sobre el movimiento de guerrilleros que se transforma en movimiento electoral e hizo notar la predisposición que había en un sector de la dirección del MLN, por su tolerancia y su flexibilidad con las ideas nacionalistas. De ahí al populismo hay un paso. La liberación nacional se transforma en nacionalismo y deja de ser un camino hacia el socialismo. El fin deja de ser Cuba o Vietnam para ser el “capitalismo en serio”. Aparecen personajes como el ministro de Industria, ex gerente de la Texaco en el Uruguay y ex presidente de la Cámara de Comercio uruguayo-norteamericana. O como el ministro de Economía Danilo Astori, impuesto desde Washington.

–¿La muerte de Sendic precipitó la crisis de los tupamaros?

–Sí, yo creo que la presencia de Sendic era un ancla con la revolución. Hay un intento de deformar su imagen y mostrarlo como un viejito bonachón, amplio, tolerante, a él que era un revolucionario con un absoluto compromiso de clase. Sendic hacía alianzas pero no para transar con el gobierno ni para transar con los que transan. El fue uno de los nueve compañeros del Comité Central que votó contra del pedido de ingreso al Frente Amplio. Era el ancla. Nadie puede decir que Sendic hubiera ido a abrazarse con Bush, a conversar con militares comprometidos con el terrorismo de Estado, que hubiera terminado sus días en una banca del Senado o como ministro de este gobierno. Sobre esas cuatro cosas no puede haber dudas. Con La Tablada muchos compañeros quisieron tomar distancia. Sendic dijo: “Están asesinando, están torturando. Primero la solidaridad”. Sin Sendic creo que el MLN no hubiera tenido una postura tan digna como la que tuvo en relación a esos hechos.

–¿Lo decepciona el presente?

–Sí, claro que me decepciona, pero el presente es como es.

–Alguna vez contó que estando en aislamiento y para ponerle un cable a tierra a su cabeza hacía cálculos en la pared de la celda.

–Sí y Marenales también. Siete mil cálculos del Manual de Cálculo Infinitesimal de la Unión Soviética. Los hice dos veces. Los milicos los veían y decían: “este está loco”. Y, sin embargo, esos cálculos eran los que nos salvaban de la locura. Bueno, ahora es algo parecido. La visión que viene del marxismo, de la lectura del Che es lo que salva de la frustración y del pesimismo. Lo que uno íntimamente se pregunta es ¿para qué sobrevivimos? ¿Para ocupar una banca y hacer payasadas peleando a trompadas con los representantes de la oligarquía? Eso es una estupidez. Se sobrevive para mantener el mensaje. Ese debería ser nuestro destino.

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Imagen: Arnaldo Pampillon
 

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