SOCIEDAD

Pasear por la peatonal de Gesell y no quedar sordo en el intento

Durante las noches, la peatonal se transforma en una selva tupida de sonidos. Músicos con y sin oído. Música con y sin músicos. Pero, también, público para todos los músicos.

Por Carlos Rodríguez
Desde Villa Gesell

En Gesell todo tiene un cierto aire pueblerino, de familia “unita”, aunque sus visitantes y lugareños curtan ondas y edades bien diferentes, desde los tozudos hippies que parecen fantasmas redivivos de los setenta, hasta los miles de chicos que debutan en las tardes-noches de Dixit, la disco para menores de 17 que fue una de las pocas que sobrevivió a la razzia post Cromañón que arrasó la costa atlántica. La peatonal de la calle 3, en el centro de Gesell, reúne a una fauna joven de entre 15 y 25 años, que deja poco lugar a las familias encabezadas por viejos gurúes bautizados mil veces por las sales de este lado del mundo. Sin embargo, las parejas de jovatos sacan pecho y se abren paso entre la multitud imberbe, reclamando derecho de propiedad. En los veranos de Gesell hay buenas propuestas musicales, desde el rock con Charly García y otros monstruos sagrados hasta los encuentros corales o los shows gratuitos en los que alguna vez estrenaron pantalones largos, en lo que a público se refiere, bandas como Viejas Locas o Los Tipitos. Sin embargo, la música que se escucha por las noches a lo largo de la peatonal puede hacer de la sordera un milagro del cielo.
En el bar Barajas canta algunas noches el tenor Rafael Cini, que recrea con dignidad viejas canciones populares, pero otros días los números musicales son difíciles de digerir por las telarañas del tiempo y el buen gusto. Walter Acosta es un empeñoso artista que tiene el mérito de hacer un recorrido por lo más trillado de lo que puede llamarse música “popular”. Siempre le pega duro a La Balsa, Canción para mi muerte y otros lugares comunes que todos recuerdan pero prefieren olvidar. Algunas veces pone de muy mal humor a los viejos hippies, los únicos que pueden entender, por el camino del rechazo, que esa canción que promete “puede ser tu gran noche” es un hit de cuarta, el lado oscuro de los sesenta, del ítalo-francés Salvatore Adamo que alguna vez, para colmo, lo volvió a imponer el español Raphael.
En Floop, un elegante local que está en 3 y 105, un dúo de simpáticos muchachos –ni los dueños aciertan a decir si se llaman Daniel y Pedro o Juan y Alberto–, destrozan al rock de acá. La versión de Ana no duerme, la mítica canción del Flaco Spinetta, provoca desmayos “sobre la alfombra” y los que escuchan no quieren jugar como la protagonista del viejo tema de Almendra. En la peatonal, en dos locales distintos, hay dos falsos Vicenticos que hacen intransitables Los caminos de la vida. Y en Momentos, Pedro Fontanilla deja de lado el edulcorante y empalaga con tanta canción “romántica”, desde Eros Ramazzotti a Cacho Castaña, pasando por versiones en inglés de canciones de Air Suppley. No apto para diabéticos.
Lo más insólito es que nadie se siente molesto (¿hipoacúsicos?) y muchos/as canturrean las viejas canciones. Las mieles del verano que todo lo pueden. En la peatonal abundan los tarjeteros/as. Silvia, de Dixit, afirma que los chicos “siguen yendo a bailar sin problemas, sin pensar en Cromañón”. La disco juvenil puede ser visitada por los padres de los adolescentes, para comprobar que no se vende alcohol ni se fuma y que las medidas de seguridad son las adecuadas. Como para confirmar el aire de pueblo multifacético que abunda en Gesell a pesar del aluvión turístico, se entrecruzan las tonadas de cordobeses, santiagueños, rosarinos, bonaerenses, mendocinos, tucumanos y uruguayos, coprovincianos del otro lado del charco.
Luisina Paglino (17), Magalí Saisi (17), Lucía Inurritegui (17) y Antonella Barbieri (18), se vinieron de Villa Ramallo, una ciudad del interior bonaerense que se hizo conocida por un asalto al Banco Nación que terminó en una masacre del gatillo fácil policial. “En Gesell todo está bien, se soporta, es como estar en casa. Yo estoy parando con mi familia en Mar Azul, pero siempre venimos a la peatonal porque hay buena onda”, dice Antonella desde sus bellos ojos y su 1,70 metros de altura sobre el nivel del mar. Las amigas vienen de ver el musical El Fantasma de Canterville, la obra de Pepe Cibrián que se ofrece este verano en el teatro Atlas. En coincidencia con el título, un éxito del rock con autoría de Charly García y la voz de León Gieco, desde Floop llega una versión trasnochada de Cerca de la Revolución. Y dan ganas de tomar las armas.
En la peatonal, algunos comercios se parecen a los paseos más aristocráticos de Pinamar o Cariló, pero conviven con negocios propios de Pompeya o el Once. Todo sin cambiar de vereda. Todos los negocios están abiertos hasta tarde. Y en la Galería Combo, en un local de tatuajes llamado César, una bombachita negra que dice Callejeros le atraganta el superpancho a más de uno.
En medio del torbellino de pibes, con una sonrisa calma, Mirta, oriunda de Nogoyá, Entre Ríos, vende copos de azúcar multicolor, pochoclos y manzanas almibaradas. “Es tranquilo, los chicos se portan bien. Hacen un poco de ruido, pero tratan con amabilidad. A veces la venta no es buena, pero igual se vive. Me gusta Gesell, estoy desde hace 30 años y tengo un hijo de 28 que nació acá. Ya es mi lugar. Todos tenemos un lugar y me gusta el que tengo, aunque a veces el invierno se hace un poco largo.”

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La peatonal está saturada de turistas de todas las edades desde que se pone el sol hasta que vuelve.
 
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