SOCIEDAD

Infierno grande en pueblo chico por un boliche gay

En un pueblito cerca de Villa María, en Córdoba, se abrirá un boliche para público homosexual. Muchos vecinos están de acuerdo, pero el cura lo rechazó porque son “enfermos”. “Decir la verdad no es discriminar”, dijo.

Las Mojarras tiene a sus 42 pobladores inmersos en una noticia: dentro de 25 días abre sus puertas Víctor Victoria, un boliche “alternativo”, como lo define su creador, que traerá a los fines de semana rurales variopintas bandadas de gays, entre otros asistentes que colmarán la capacidad para 500 personas del local. Si bien la mayoría de los mojarrenses celebran el florecimiento de nuevos puestos de trabajo, se sabe que pueblo chico entraña presencia celestial grande. En este caso ofició de vocero divino el padre de esta localidad de Córdoba, Gustavo Piva, quien antes de manifestarse a favor o en contra de la apertura de Víctor Victoria rechazó a los inminentes clientes por “enfermos” poseídos por “un mal”.
Dejado en claro este punto, Piva consideró que “no importa el debate. El problema no es si está o no la confitería. Creo que es más profundo: el problema es la homosexualidad en sí misma, que es un mal”. Para que “este tipo de personas” no se sintieran heridas, el cura argumentó que “con esto no estoy discriminando, decir la verdad no es discriminar”. Impetuoso, el joven párroco afirmó que “no puedo únicamente decir bueno, esto está mal, sino que se debe ver qué generamos como sociedad, como comunidad, como parroquia, qué acción tenemos como pastoral para ayudar a ese tipo de personas que, lo sigo sosteniendo y aun no lo digo por mí mismo sino por la ciencia médica, es una enfermedad”.
Jorge Borgognone, dueño de Víctor Victoria, opinó que “a este hombre lo están usando”, en referencia al cura de Las Mojarras. Quien lo “direcciona”, según el empresario, es el municipio de Villa María, distante a 8 kilómetros del pueblo. Allí había funcionado el boliche hasta marzo, cuando tuvo que cerrar porque “sufría una persecución municipal terrible”. Al primer Víctor Victoria lo había inaugurado hacía un año y medio. “Trabajábamos bien, pero me fueron limitando la capacidad hasta que no pude tener más que 60 clientes. Y para este rubro no sirve ese número”, explicó. Borgognone contó que allí “iba todo tipo de gente, de 18 a 65 años, chicos, chicas. Marcó un antes y un después en la noche del lugar, porque en un mismo ambiente convergían todos los códigos y el respeto”.
Lo que decidió al empresario a cerrar el boliche fue que “el municipio me cambió de rubro. Pusieron al local como ‘pub’, de modo que nada más podía funcionar hasta las dos de la mañana, cuando la gente empieza a llegar a la una y media. Tenía que cerrarlo, no quedaba otra”, indicó Borgognone, que llegó a recibir “siete inspecciones en una noche”.
“Todavía no sé cómo le voy a poner, pero pienso que va a seguir siendo Víctor Victoria”, adelantó Borgognone, dueño de “una empresa familiar”. En ella lo acompañan “cuatro de mis seis hijos y mi esposa. Estamos poniendo mucho empeño para que el lugar esté listo. Hasta mi hijo de 16 años está haciendo trabajos de albañilería, algo que nunca hubiera esperado de él”. La inauguración en Las Mojarras será dentro de 25 días.
Con el cierre del local de Villa María se perdieron 14 puestos de trabajo. Con su nueva iniciativa, Borgognone espera “terminar con la desocupación en el pueblo”, cuyo difuso índice implica “siete u ocho personas”. Las gestiones para la apertura las realiza “con la provincia, porque no quiero hacer nada que sea municipal”, dijo el empresario. En Las Mojarras el Estado es el Juzgado de Paz, que se encarga de tramitar ante la provincia todas las habilitaciones necesarias.
El pueblo está conformado por “tres calles, la capilla, la escuela y más o menos ocho casas”, contó a Página/12 Antonio Mena, uno de los habitantes. Sobre los dichos del cura Piva, evaluó que “la gente habla cuando no sabe. Yo estoy acá todo el año, mientras el cura viene una vez al mes para dar misa durante una hora. Ese es todo el contacto que tiene con el pueblo”, aseguró Mena, y precisó que “con 50 años he visto un poco de todo en la vida. Somos una comunidad chica, humilde, que vivimos de tareas rurales. Y si veo que alguien viene a una tapera en la que se crían ratones y gasta dinero para hacer un negocio me parece excelente. Se agrandaría un poquito el pueblo”. En Las Mojarras “no hay nada”, remarcó Mena. “Ni panadero tenemos, que se fue a vivir a otro pueblo. Ni carnicería, que cerró porque no vendía ni media res en una semana. Teníamos un club, pero desapareció porque no había gente ni para formar la comisión directiva”, comentó el vecino que siempre vivió en Las Mojarras. “Este pobre muchacho es un buen chico, pero está mal informado”, dijo Mena sobre el párroco, que tiene 28 años. “Habla de cosas fuera de lugar. Acá no se discrimina a la gente. Si van a estar todos los papeles en regla y como corresponden, ¿por qué no va a funcionar el boliche?”, planteó. Sus vecinos se explayaron en el mismo sentido.
“Hay que darles lugar a todos”, manifestó Enzo, un septuagenario para quien “no hay ningún problema con este negocio, es muy común en todos lados. Si se ha dispuesto traerlo acá, creo que debe ser para bien del pueblo. Sobre la gente que pueda venir no preocupa para nada”. Una mujer mayor, quien no dio su nombre, expresó: “Somos todos gente grande” y agregó que “al que no le guste el ambiente, que se vaya”. Una joven, Genoveva, apuntó: “Esto beneficia a muchos, yo soy una de las que va a entrar a trabajar”. De momento, en las obras de refacción de la antigua pista de baile del pueblo hay tres personas empleadas. “Si no anda, mala suerte”, reflexionó Borgognone. “Esperemos que vuelva el panadero”, dijo Mena.

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El boliche estaba en Villa María, pero cerró y su dueño denunció “persecución” municipal.
 
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