SOCIEDAD

Caballo y perro, parte del menú habitual en una zona de Paraná

La noticia hablaba de que habían carneado un caballo que tiraron en el basural. Lo vio el mismo secretario de Desarrollo Humano de Paraná, pero dice que no le sorprende. En la zona piden que la gente separe las sobras comestibles del resto de la basura.

Están acostumbrados, dicen. Es como se ha hecho en los últimos años. Y como han aprendido algunos cuando eran matarifes en el frigorífico ahora cerrado. Por eso en los barrios que rodean al “Volcadero” de Paraná, un gigantesco basural en que cada día comen de las sobras unas 1500 personas, la noticia de que un grupo de vecinos había carneado un caballo (a la Gran Rosario) no fue una estricta novedad. En realidad lo contó el propio secretario de Desarrollo Humano, Sergio Berazategui, en una radio local, para advertir “a los hipócritas” sorprendendidos del hambre ajeno, que asuntos tales ocurren muy cerca de casa. El mismo Berazategui fue quien esta semana, “observando el recalentamiento de la cuestión social”, presenció la escena, en la que con absoluta pericia varias personas se repartían un caballo muerto. El hambre que cunde en Paraná ha llegado a tal extremo que el municipio recomienda a los vecinos separar las sobras de comida del resto de la basura, para que no se ensucie hasta llegar al volcadero de donde la levantan los más pobres.
Para el funcionario que vio cómo carneaban el caballo no hay nada de raro en ello. Muchos de los actuales desocupados de la zona trabajaron en el frigorífico Ifam, y por eso Berazategui dice no haberse sorprendido al ver cómo “cada uno cortaba su pedazo, el pedazo que más le gustaba y le convenía. Eso lo ha visto mucha gente”. El secretario no quiere hacer “eje en el tema del animal carneado” porque ésa es una vieja práctica. Lo que sí lo sorprende son los rumores de que se comen perros. María es una de las vecinas acostumbradas a ver carnear, y por qué no carnear también ella, caballos en la zona. Su marido, empleado municipal, es uno de los que suele acarrear con máquinas los equinos que mueren en la vía pública, para llevarlos hasta el Volcadero. “En este caballo que contó el funcionario yo no vi nada, pero los anteriores sí”, le dice a Página/12. María es una mujer afortunada. Recibe en Federales un sueldo mensual, que apenas le permite hablar con pena del destino de sus vecinos del barrio Antártida Argentina. Lejos de la asistencia del Estado como el continente frío mismo para los habitantes de los barrios que rodean al Volcadero –Antártida, Balbi, La Floresta, Anacleto Medina y Gaucho Rivero– no hay comida que alcance. El propio Berazategui le reconoce a este diario que son unas 150 familias, en total unas 1500 personas. Y aún siendo el basural muy grande –varias hectáreas– la comida de sobra es cada vez más escasa. Por eso, asegura María, y relataba ayer la agencia Télam, se ha incurrido en la ingesta de perros. “Se los sazona bien para que la carne sea comible y al otro día se los puede meter al horno”, dice. María se ríe de las variantes para comer que encuentran en los alrededores del Volcadero. “Acá lo único que no se come es rata, por ahora”, ironiza ella. El humor negro de la mujer es proporcional al nivel de la tragedia: le robaron su gato. En realidad desapareció una noche. Pronto se acercaron a rociarle el nombre del secuestrador en la oreja. “Sé quién se lo comió. Pero qué puede uno decirles, ¿para qué, para pelear?”, piensa. María encuentra en la desesperación por el hambre, y en la vieja costumbre de hincarles el diente a los animales domésticos y al caballo, una justificación para la muerte de su gato negro.
Berazategui es un hombre preocupado. Su apellido con semejante parentesco con el populoso Gran Buenos Aires –donde él asegura con razón que se viven momentos similares– es criticado en los barrios donde la comida escasea. Hace ya una semana que decidió salir a recorrer los lugares donde los hambrientos se concentran. Y paralelamente invitar a los paranaenses que tienen qué llevarse a la boca que separen con especial cuidado las sobras para que lleguen “sin contaminación” a los que buscan comida entre la basura del Volcadero. Berazategui intenta paliar como sea, y consciente de lo imposible, el impacto del crecimiento de la pobreza. Pero los diez mil subsidios de un plan alimentario del municipio consistentes en 25 pesos por mes por familia se han disuelto en el agua de la devaluación, la inflación –y lo peor–, la devaluación del Federal, elpatacón entrerriano. “Estamos queriendo modificar para que los entreguen en efectivo y no en bonos y con una cobertura en medicamentos porque los centros de salud ya tienen problemas”, asegura Berazategui.
Un relevamiento del diario Región indica que los médicos de cuatro centros de atención primaria de la salud aseguran que se ha duplicado la desnutrición infantil en los barrios. Como en la mayoría de las provincias no existen las estadísticas sobre desnutrición, pero la emergencia se nota a estas alturas en la tensión con que se vive en una ciudad que siempre fue un remanso. El conflicto por la propiedad se torna cada vez más preocupante, dice el funcionario del área social. “Mi preocupación es la gente que avanza sobre los que más tienen porque no pueden tener sustento diario. Aunque no lo justificamos somos conscientes de que hay gente que roba para la subsistencia.” A la luz de los testimonios es claro que el caballo que se volvió noticia no tiene nada de raro en la zona de los basurales. A la famosa y televisada experiencia rosarina se la puede ver aquí cerca. Es probable que en la mayoría de los basurales.

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Un chico en el “Volcadero”, el gigantesco basural de Paraná donde comen unas 1500 personas.
 
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