SOCIEDAD

A cara o ceca en un regreso con el fantasma de la desintegración

A las 5.46 de hoy, hora argentina, estaba previsto el aterrizaje del Discovery. En los preparativos todo apuntaba al éxito.

 Por Horacio Cecchi

A esta hora, cuando usted lector, esté leyendo estas líneas, todo se habrá jugado; el destino de los 7 astronautas del Discovery se habrá transformado en realidad; los técnicos de la Nasa habrán expresado el discurso apropiado al momento, y el público del mundo entero, al menos los que no tienen preocupación mayor –como lo pueden ser el hambre, la sed, la muerte por explosión de una bomba desintegradora o una mina antipersona como amenaza inmediata–, festejará por creer que vive el siglo de la conquista del universo, o permanecerá mudo y aterrado tratando de saber morbosamente en qué piensa, qué dice y qué hace un ser humano cuando sabe que le quedan 15 segundos de vida. Sólo estas dos posibilidades existen a la hora de escribir esta nota (una muy lejana tercera podría ser que todo se dilate por un día), y sólo una de ellas se habrá escrito en la historia a la hora en que la nota sea leída: hoy, entre 5.15 y 5.46 de la mañana (hora argentina) se sabrá si el Discovery y sus 7 tripulantes lograron aterrizar con éxito o si repitieron la trágica historia del Columbia en 2003. Nada de esto se sabía anoche, y sin embargo las dos posibilidades eran previsibles.
Las últimas horas del grupo de 7 conejillos-tripulantes del Discovery transcurrieron entre pruebas de los sistemas de vuelo, simulaciones de las maniobras de aterrizaje que deberían repetir horas después –cuando la nave abandonara su órbita (4.43 de la Argentina) e iniciara el temido reingreso a la atmósfera (32 minutos más tarde)–, y espacios de supuesto descanso. Seguramente no hicieron nada de aquello que muestran en las películas los films de cowboys aeroespaciales, cuando irradiados de hiperconfianza en el imperio se golpean unos a otros las palmas en señal de we’ll make it (lo lograremos) y avanzan por los pasillos soñando en aplastar alienígenas de turbante. “Es hora de volver a casa, mejorar el transbordador y prepararse para otros vuelos”, dijo la comandante de la misión, Eileen Collins. A esa hora, el arrebato de optimismo tenía su justificativo: respondía a preguntas de la CNN. Porque dentro de la cabeza de la comandante, del piloto James Kelly y de Andrew Thomas, Charles Camarda, Wendt Lawrence, Stephen Robinson y Soichi Noguchi, la sombra del final del Columbia es suficiente para compensar la falta de presión exterior.
También el equipo del cuartel general de la Nasa, en Houston, Texas, pasó las últimas horas del domingo y las primeras de hoy envuelto en una tensa calma, deslizándose por la tenue línea oscura que separa y une el éxito y el fracaso. En ellos también –aunque el sentido común indica que el miedo es menor que allá arriba– pesa la sombra de la desintegración.
“Las pruebas resultaron muy buenas”, dijo ayer James Hartfield, de la Nasa, después de que el Discovery se separara el sábado de la estación internacional ISS y comenzara los primeros movimientos para el temido retorno. Los técnicos, abajo, no descontaban como posible un retraso de unas dos horas o, incluso, de un día, como algo dentro de lo normal y previsible. El regreso a la atmósfera siempre fue un momento crucial. El transbordador tiene que pasar de su velocidad en órbita, alrededor de 28.000 kilómetros por hora, a una velocidad que permita un ingreso seguro. Las maniobras se llaman de “re-entry burn”, cuando la fricción supera los 1650 grados. Después, la nave planea sin combustible hasta aterrizar. Ese fue el momento en que los tripulantes del Columbia no conocieron y al que los del Discovery pretenden llegar. Hoy, se sabrá.

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Los siete tripulantes, horas antes de iniciar el regreso.
 
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