SOCIEDAD › CACERES Y SU MUJER LO ACUSARON DE VIOLACION

Un inocente, preso dos años

Hugo Alberto Cáceres también supo cómo meter en la cárcel a un inocente. Que, por supuesto, era joven y pobre, el blanco perfecto para el policía perseguidor de pibes chorros de Don Torcuato. Alberto Romero fue aquella vez el elegido: falsamente señalado como el violador de dos chicas, debió pasar más de un año en prisión, luego de haber sido detenido y torturado en “La Crítica”. Así se demostró en un juicio oral en el que fue absuelto el 10 de junio pasado. La testigo que lo había acusado fue Ursula Sánchez, nada menos que la esposa del sargento Cáceres, quien dijo reconocerlo contra la opinión de las propias víctimas del abuso. Ahora, el policía y su mujer deberán enfrentar un juicio por falso testimonio en relación con este caso, que fue denunciado por Amnistía Internacional.
Alberto Romero tiene 23 años y salió de la cárcel hace poco más de un mes, al ser absuelto por el Tribunal Oral Nº 3 de San Isidro. Su pesadilla había comenzado el 25 de octubre de 2000 cuando esperaba en Don Torcuato el micro que lo llevaría de vuelta a su casa en Moreno, después de otro día de vender posters, con lo que ayudaba a su familia. Allí se detuvo un patrullero, con Hugo Cáceres a la cabeza, que lo llevó demorado hasta la comisaría de Don Torcuato.
“Me pidieron 3 mil pesos para dejarme en libertad, después se los pidieron a mi mamá, pero no los teníamos”, dijo Romero. Su madre, Olga Tabares, fue quien presentó la denuncia por las torturas. La mujer asegura que Cáceres le dijo que si el dinero no era entregado, debía hablar con el fiscal de Tigre, Jorge García, quien tenía el caso de la doble violación. A la sazón, García es el mismo fiscal que retuvo la causa del homicidio de Guillermo Ríos durante tres meses, en que se perdieron pruebas vitales.
El testimonio fundamental para incriminar a Romero fue el de Ursula Sánchez, la esposa de Cáceres. Sánchez contó que ese día tomó un remise para ir hasta el lugar donde su marido se tiroteaba, casualmente con Ríos. En el camino vio un “sospechoso” que llevaba a una chica muy asustada en bicicleta. Y cinco meses más tarde “reconoció” al supuesto violador -Romero–, mientras paseaba en el auto con su esposo. Pero las víctimas de la violación no coincidieron en acusarlo.
A partir de esta declaración, la suerte de Romero estaba echada. De la comisaría de Don Torcuato fue a parar a una de Munro, luego a la cárcel de General Alvear: “Cuando llegué al pabellón, un guardia dijo: ‘Acá les traigo un violín’”, contó. En todas partes debió pelear para evitar las agresiones a que son sometidos los violadores. “Siempre estuve tranquilo, sabía que me iban a liberar”, dijo Romero, cuando terminó su pesadilla.

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