SOCIEDAD › EL DESESPERADO RELATO DE UNA MADRE DEL BAJO FLORES QUE INTENTA EVITAR QUE MATEN A SU HIJO

“Los narcos pagan diez mil pesos por Martín”

 Por Cristian Alarcón

Del otro lado del teléfono, la mujer dice, con la voz pausada:

–Señor, ¿es usted el que escribió sobre la muerte de Brian Vigiano?

–Sí.

–Ah, yo soy la madre del pibe que deberían haber matado. Con Brian se equivocaron. Tenía puesta la campera de mi hijo.

Dora Rodríguez es la mamá de Muqueño, un joven ladrón que tras un incidente con una banda de narcotraficantes del barrio Rivadavia 1 se ganó una informal sentencia de muerte. En una entrevista exclusiva con Página/12, esta mujer de 36 años cuenta cómo escapa hoy de la violencia, alejada de su casa por las amenazas de los traficantes. “Agarraron al nene de tres años, le pusieron una pistola en la cabeza y preguntaron por él. Cuando se fueron, en la esquina se pusieron a hablar con los del patrullero de la 38ª. Después mi hijo me contó que en el gran tiroteo entre los Soliz, los narcos y los pibes amigos de Brian Vigiano, los de la 38ª disparaban del lado de los narcos.”

Esa semana, otros llamados desde el barrio Rivadavia habían alertado sobre una larval guerra entre los Soliz, un grupo narco que intentaba fortalecer su dominio, y un grupo de pibes chorros conocido como Los Quebrados, a quienes se habían sumado algunos de los dealers minoristas y ex “soldados” de los narcos que controlan la 1.11.14. Ambos grupos habían pedido apoyo de hombres y armas a otras zonas calientes de la ciudad. Así se explicaba el terror de algunos delegados, que describieron con detalles los intensos tiroteos que los obligaban a buscar las paredes más gruesas de sus casas para ponerse a salvo de las balas perdidas. La historia, revelada por este diario el 22 de octubre, se extiende hasta hoy. “La pelea contra la adicción de dos de mis tres hijos ha sido terrible –cuenta Dora–. Al del medio logramos internarlo hace dos años, pero Martín (el nombre de pila de Muqueño) estuvo cada vez peor y empezó a robar. Ahora que lo buscan para matarlo me desespero porque no sé cuánto tiempo más va a estar vivo. No sé cuándo lo van a encontrar. Yo no me perdonaría no haber hecho nada por él.”

“Mi padre, fallecido, era tipógrafo en La Prensa”, comienza Dora. Hija de Fernando Rodríguez, un socialista que trabajó junto a Simón Lázara y Alfredo Bravo, esta mujer pequeña ha sobrevivido cuidando ancianos, aunque estudió hasta el tercer año de Administración Legislativa en el Senado. “Cuando Martín tenía nueve años me separé. Su papá, que era un hombre que lo llevaba a pescar, obrero metalúrgico, se fue y eso lo marcó para mal. Fuimos a la casa de mi madre, y allí mi hermano, adicto, me golpeaba. Por eso entramos en un programa de violencia familiar y luego en el de emergencia habitacional”, dice. A Dora y sus hijos les adjudicaron uno de los departamentos del barrio Rivadavia 1. Esa mudanza, dice, le cambió la vida. Nunca se adaptó. Su ex marido le decía que ella se hacía “la fina”, pero ella dice que no, que era la violencia que se puede respirar, la virulana –que se quema con el paco– escondida en los rincones, sus hijos y los amigos del barrio delgados y mugrientos, acercándose a algún tipo de final.

Antes de ese 17 de octubre en que una mujer con una pistola y cinco sicarios también armados aparecieron en su casa, hacía ya tres meses que Dora vivía durante la semana en la casa de su madre. La violencia en su departamento había llegado al límite: una vez, el menor de sus chicos, de 12, para defenderla de la agresión de Martín, le clavó a su hermano las agujas de un costurero. Por eso en el departamento solían estar solo el pibe más buscado del Bajo Flores, y su novia, embarazada, con un hijito de ella, de tres años. A él fue a quien apuntaron en la cabeza cuando llegaron por el Muqueño. La venganza era doble: por un lado se le cobraba que hubiera agredido a una “transa” de la familia Soliz; por el otro que, amenazado, haya movido a confusión prestándole la campera a Brian Vigiano, a quien habían matado por error.

“A mi hijo le vendía droga María Soliz. Ella atiende una de las casas de venta. El me contó el diálogo que tuvieron”, dice.

–Estoy cansada de que los clientes se quejen de que los robás cuando salen de comprar –se quejó ella.

–Y a vos qué te importa si a vos ya te pagaron por eso –le contestó él.

Con la misma plata robada, Muqueño quiso comprar otra dosis para él. “El le dio la plata, me contó, pero ella se la tiró en la cara. Entonces el saltó el mostrador y le pegó.”

La versión que el Muqueño le dio a su madre es la misma que los vecinos, los delegados, los pibes chorros y algunos dealers le dieron a Página/12 durante los días en que el barrio vivió en guerra. La golpiza había desatado la venganza. Ahora Dora cuenta los detalles de esa muerte. Fue en un pasillo del Rivadavia, cerca de una imagen de la Virgen de Luján. El asesino bajó de una combi blanca. Muqueño quedó detrás de la camioneta. “Brian estaba de espaldas –cuenta Dora–. Con la campera de gimnasia, con los colores de la bandera. Por eso a él le tiraron directamente, a matar.” Tras la muerte de Brian Vigiano, los Soliz encontraron oposición en el grupo de Los Quebrados, que consiguieron la ayuda de ex soldados de la banda que controla la 1.11.14, entrenados y con armamento pesado. Los vecinos cuentan que fueron advertidos, la tarde de ese martes 17, para que vaciaran la calle. “Pasaban con chalecos, mostraban armas largas y granadas”, contaron. Varios le habían contado a Página/12 que la policía intervino contra los pibes chorros, no contra el grupo narco de los Soliz: “Mi hijo me contó que en el gran tiroteo entre los Soliz, los narcos, y los pibes amigos de Brian, los de la 38ª disparaban del lado de los narcos”. Fuentes judiciales le dijeron a Página/12 que ésa es una de las versiones investigadas por la justicia en lo criminal. “Detectamos tantas irregularidades en la forma de reportar este crimen y los tiroteos de esa semana que sospechamos que hicieron un levantamiento de cápsulas para limpiar la escena”, sostuvo un investigador.

El testimonio de Dora en la fiscalía 13ª, que investiga el caso como delito de coacción, significó una serie de entredichos entre esa fiscalía y la Ufidro, la unidad de apoyo a investigaciones de narcotráfico, a cargo de Alberto Gentili. Por un lado, en las fiscalías criminales la desconfianza hacia la Federal llega al punto de que algunas medidas son solicitadas a Gendarmería Nacional. Por el otro, éste es uno de los casos que motivaron una denuncia ante la Cámara del Crimen realizada en base al entrecruzamiento de datos de una decena de causas, por la fiscal en lo criminal Mónica Cuñarro y el fiscal federal Carlos Rívolo. Entre otras sospechosas intervenciones de la Federal, ésta es la que motivó la frase que luego Cuñarro pronunció en una entrevista exclusiva con Página/12: “Hay que investigar si la policía permite, protege o participa del narcotráfico”.

En su deambular por oficinas judiciales, Dora Rodríguez también pasó por la Ufidro. “Yo quería dejar asentado en algún lugar que, si nos pasaba algo, quién había sido –dice–. Me tuvieron ocho horas. Les conté todo, pero ellos querían datos específicos. Como yo no sabía con qué arma habían apuntado al nene en el departamento, el secretario se enojó y me dijo: ‘Tenés un hijo delincuente y no sabés de armas’. A mí eso me chocó.” Fuentes de la Ufidro se negaron ayer a dar información sobre la zona en conflicto. Desde la flamante oficina –creada por la Procuración General y el Ministerio del Interior tras el escándalo de las valijas con 60 kilos de cocaína en Southern Winds–, sólo prefirieron admitir que mantuvieron comunicación telefónica con Dora.

Ella no sabe cómo hacer para volver a su casa a buscar sus pertenencias. “Nos avisaron que alguien había entrado y eran los Soliz, que querían tendernos una trampa. La policía de la comisaría 36ª nos confirmó que hubo un llamado diciendo que había hombres armados en el playón”, relata. “Ahora los Soliz no se quieren ensuciar y pagan diez mil pesos por alguien que dé información sobre Martín”, sigue. El 1º de enero, el pibe buscado por los narcos fue con su novia a visitar de incógnito a una tía de ella. Pero lo vieron al bajar del remise. “Un vecino les avisó que tenían la casa rodeada. Griselda escapó con los niños. Martín se tiroteó y se fue por el techo. Entonces la mujer salió a la calle a preguntar:

–¿Por qué este quilombo? ¿Por qué querés matar a mi sobrino?

–No, yo lo quiero llevar con vida, yo lo tengo que chupar y entregar vivo a los Soliz. Por tu sobrino pagan diez mil pesos.”

Eran los rastreros, los propios ex compañeros de Muqueño, los que buscan con qué seguir fumando paco en un barrio fragmentado y sitiado.

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La mamá de Martín recurrió a diversos organismos, declaró en la Justicia, pero sigue con miedo.
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