SOCIEDAD › LA INEDITA OFERTA EN SEGURIDAD QUE CRECE CON ROBOS Y SECUESTROS

El negocio del miedo

Las ofertas se reproducen con el mismo ritmo febril con que aumentan las noticias de secuestros y asaltos violentos. Hay más autos blindados, armas y vigiladores, pero la estrella son los nuevos cursos de autoprotección, donde se aprenden técnicas de defensa y escape. Quiénes ganan en esta nueva psicosis.

 Por Alejandra Dandan

“Soy del interior y siempre practiqué tiro, pero ahora encaré la defensa: si a mí el gobernador me dice que la policía está desbordada, bueno, yo quiero protegerme.” César Moreno se anotó en un curso de defensa contra secuestros y ahora aprende tiro apuntándole a una silueta. Practica hace tres sábados en el polígono del Centro Argentino de Seguridad SA, uno de los circuitos visitados por los sectores medios en pánico ante la promocionada ola de violencia. Los cursos y los seminarios de autoprotección y autorresguardo son algo así como el último grito de la moda en el mercado de la seguridad privada. Se expandieron en los últimos meses en Buenos Aires al ritmo de los casos más resonados de secuestros. Ahí toman clases ejecutivos, empresarios y gente con capacidad para pagar al menos los 800 pesos de costo básico. Para los entendidos, el tema da miedo: el mercado de la seguridad privada es el único que crece en la crisis. Desde enero la demanda aumentó entre 18 y 25 por ciento. Página/12 visitó uno de los centros de entrenamiento más top del conurbano. También habló con su dueño: Guillermo Ruckauf, un comisario retirado que además es pariente del canciller. “Pero aclará –suplica–: primo lejano, nunca me dio pelota y no nos vemos ni para los casamientos ni para los entierros.”
El negocio del miedo creció hasta aquí y seguirá haciéndolo: las cámaras de empresarios como Caesi y Aaspri proyectan que para fin de año la demanda habrá trepado al 35 por ciento. Y cuando este mercado avanza no lo hace solo: alimenta un polirrubro explosivo. Sus curvas empujan el consumo de armas, los blindados y con la difusión de los casos sacan ventaja hasta las empresas de televisión: en la cobertura de la última toma de rehenes de Avellaneda, Azul Televisión y América doblaron su promedio habitual de audiencia.
Sobre este escenario, los entendidos insisten: el boom del miedo parece riesgoso. En este caso quien lo manifiesta es Alberto Binder, director del Instituto de Estudios Comparados en Ciencias Penales y Sociales (Inecip). “Sólo en contextos de crisis como puede ser Colombia pueden aparecer los niveles de expansión que se están dando aquí”, comenta mirando uno de los datos más llamativos: la cantidad de tropas privadas contratadas por las agencias. Las cifras son tan altas que sorprenden incluso a los empresarios nucleados en torno de las cámaras. Para el comisario retirado Carlos Reisz, vocero de Caesi, existen entre 60 o 70 por ciento de vigiladores sin entrenamiento.
“¿Cómo puede ser que en los seis meses de una de las recesiones más fuertes que tuvo el país, la única industria que crezca sea ésta?”, se pregunta Binder buscando ahora una lógica que explique la difusión y los beneficios del negocio. “Para entender la inseguridad y su alcance hay que comprender el poder y el lobby que pueden ejercer esas empresas como anunciantes en los medios, en el Congreso y ante los agentes de política criminal del Estado encargados de velar por la seguridad.”
Y cuando los encargados de velar por la seguridad no están o desaparecen se buscan reemplazantes. Alrededor de la industria del secuestro, primero surgieron los cursos de autodefensa y después apareció el kit completo: manuales, auditorías de chequeo y clases vip para empresarios preocupados.
En torno de ellos se mueven los proveedores de chalecos y autos blindados. Daniel Riccieri es uno de ellos:
–Este es un negocio muy particular –dice–: la demanda está en relación directa con el grado de inseguridad. Cuando la inseguridad sube, tu negocio sube.
–¿Conviene el miedo?
–Me da no sé qué decírtelo: pero en este contexto te diría que sí.
Hot zone
El CAS es sólo uno de los centros de prácticas usados como campo de entrenamiento. Desde diciembre y mientras se conocían los primeros casos de secuestros express, esa línea de servicios se disparó en distintos ámbitos. Aparecieron ofertas en Internet, en diarios y hasta en universidades como la de Belgrano. Desde ese ámbito salió una fórmula clave: la “víctima profesional”, una idea que dio origen a un concepto y después a un mercado. Aparecieron programas de estudio, módulos y técnicas que compilan una serie de estrategias de autopreservación y defensa para casos de persecución, robo de autos, negociaciones y retención de personas.
Las empresas de seguridad son algunos de los canales difusores de estos servicios. De hecho, Caesi y la Asociación Argentina de Seguridad Privada la próxima semana lanzarán manuales donde incluyen todo lo que debe saber, conocer y controlar aquel que se siente en terreno hostil e inseguro cada vez que sale de su casa. Cada módulo, anticipa ahora el comisario Reisz, costará entre 35 y 40 pesos y se asegura que es un estudio serio. “Es que acá –dice Reisz– hay que entender una cosita, el 70 por ciento de todos esos cursos que están pululando por ahí son truchos, son todos truchos.”
El centro CAS está ubicado a la altura del kilómetro 7,5 de la ruta provincial 24, en General Rodríguez. El predio se abrió el año pasado como campo de entrenamiento para los grupos especiales de las fuerzas de seguridad. En diciembre pasaron por ahí los escuadrones de elite del grupo SWAT de la policía norteamericana para hacer los simulacros de prácticas con las áreas especializadas del Grupo Halcón y del Geof. Por entonces ni el subcomisario Ruckauf ni sus socios pensaban ponerse a trabajar con instructivos para clientes masivos y populares. Todavía no habían comenzado los saqueos ni las olas de secuestros y el actual canciller aún gobernaba la provincia. Pero todo eso pasó y ahora en buena parte de las 14 hectáreas del CAS hay aulas para ejecutivos o funcionarios acostumbrados a pasarse horas en una silla. Hay también instalaciones especiales que aún usa, gratis, la Bonaerense.
En uno de los galpones está instalado el polígono de tiro. Frente a él, entrenan ahora los cuatro civiles que con esta jornada terminan el módulo básico de autorresguardo. Uno de la fila es César Moreno, el piloto de helicóptero enojado con el gobernador por el desborde de la provincia.
–¿Siente que atraviesa situaciones riesgosas cuando maneja?
–Vulnerables –aclara—, la palabra creo que es vulnerable. Me siento indefenso, desprotegido, en realidad no es una situación fundamental, lo que sí es que me siento vulnerable.
–¿Así se siente cuando anda por su barrio?
–Vivo en Ramos Mejía que es exactamente igual que todo lo que está en la calle: fuera de mi casa todo es un ambiente muy hostil, me siento vulnerable, no lo limito al barrio ni a la zona donde vivo. Me muevo por todo Buenos Aires y lo veo permanentemente.
La pesadilla para este hombre, como para otros, no comenzó hace mucho, sino a partir de diciembre. “Si bien hubo un gatillo económico, en ese momento se modificó también el estado de la gente”, dice ahora Mario Lorenzi, un ingeniero especialista en seguridad e higiene que desde entonces estudia metódicamente el trayecto que recorre todos los días desde su casa en la provincia hasta el trabajo, en pleno centro. También él tiene en la mano una nueve milímetros.
Hot zone, cap. II
La dirección técnica del campo está a cargo de Claudio Pereyra, uno de los hombres más experimentados en las filas de la Bonaerense. Pereyra es comisario retirado y fue quien entrenó a los grupos de elite en el ‘78 y más tarde al Grupo Halcón. Ahora camina en el polígono de tiro implorándole a un gordito que tenga cuidado en su 9 milímetros, porque las armas –sugiere– no son juegos de niños.
El gordito se llama Gastón Varela, tiene 30 años y su mayor logro consiste, contará más tarde, en salir vivo todos los días de la joyería del centro donde trabaja, subirse a un charter hasta la Zona Sur de la provincia y llamar rápido a una remisería para no caminar las seis cuadras hasta su casa. Los días de mayor valentía espera a su mujer.
–¿Ves? –le pregunta el comisario–. ¿Te das cuenta de cómo poner el seguro?: eso que tenés ahí es el seguro, ¿entendés más o menos?
Varela no tiene chance. Dice que entiende. Pereyra es ducho y advierte rápidamente las fallas:
–¿A ver cómo te la estás guardando? –sondea–. ¿Bajás el seguro o lo levantás?
Pereyra no hostiga a nadie, pero el pobre Varela ya no sabe cómo calzarse la pistola en la panza. En tanto, el comisario sigue hablando:
–Es importante que sepan los mecanismos del arma. Hay dos causas por las que pueden quedarse sin capacidad de fuego: o mecánica o balística. Y en el momento de error –remata– salir del inconveniente es lo que nos salva vida. ¿Queda claro?
No conocer esas cosas es un verdadero problema. Hoy se hace aquí la tercera y última jornada de autoprotección. Gastón Varela debe volver a su casa: pasará las próximas horas analizando si está listo para salir a la calle o recomienza el curso.
Mariano Marienhofe es otro de los alumnos de la clase. Especialista en marketing y dueño de una casa “segura” en San Isidro. Llegó al CAS contagiado por la tele: “Viste que uno se sube un poquito a la psicosis aunque no quieras, prendés la tele y te subís: en otra época tal vez hubiese hecho zapping, ahora creo que me subí, por ahí inconscientemente”. Hoy, después de aquel programa de televisión, está probando tiro al blanco. El programa no fue un noticiero ni un flash urgente de noticias. Fue el espacio sobre seguridad conducido por otro de los integrantes del CAS. Una tarde Marienhofe observó allí algunas maniobras para escapar de situaciones presuntamente sospechosas. Le parecieron impracticables a primera vista y decidió pagar para probarlas en un auto ajeno. Después de las primeras prácticas se puso ducho. Volvió a su casa y habló seriamente con su mujer: “Mirá, le dije, hay que perder la fiaca. Si ves un auto que se te pega atrás, no dudes, doblás a la derecha, doblás a la izquierda y si después de tres dobladas los tenés atrás no lo dudes: no están paseando, te están siguiendo”. Ella lo escuchó y le hizo caso. Tres días después le devolvió el auto, una Rural Fiat, con una puerta menos. “Vio un auto sospechoso, hizo la prueba y como la seguían –cuenta Marienhofe– se metió de lleno y dejó una puerta colgada en el parante del estacionamiento de un supermercado.”
Los cursos básicos del CAS se extienden durante tres sábados. En ese lapso los clientes aprenden un programa de tiro en movimiento, tiro desde vehículo, en ascenso y descenso, defensa personal y (de última moda) reacción rápida y de fuga en estado de stress. El curso cuesta 800 pesos, si quien lo pide es una empresa el precio es de 3000 pesos. En esos casos el equipo se traslada al lugar y explica todo en cuatro horas. Cuando empiezan, lo hacen con un clásico: “Hoy nadie está exento”. Y después Eduardo Carpio, el periodista del equipo, les contará el resto: “Antes uno sabía que en determinado lugar no podía meterse porque era una zona riesgosa: ahora nos damos cuenta de que el peligro está en todos lados, avanza como una mancha de aceite sobre el papel secante”.
Cuando el terrible diagnóstico concluye, comienza la lección. Punto número uno: definir las zonas peligrosas, zonas hostiles o hot zone, en la jerga.

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