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Domingo, 19 de octubre de 2003

AGRO › RECORD DEL AREA SEMBRADA DE SOJA

¿Las buenas noticias son buenas?

Por Susana Díaz

Desde hace algunos años las buenas noticias sobre producción en el campo argentino suelen conducir a un denominador común devenido casi en palabra mágica: “soja”. Los términos asociados son dos: rentabilidad y productividad. Al son de los buenos precios internacionales y de la excelente ecuación económica implícita en su producción el cultivo se extiende incluso a zonas que antes no se consideraban rentables. Los números son impresionantes. La Secretaría de Agricultura acaba de estimar que para la campaña 2003/2004 el área sembrada con la oleaginosa será de entre 13,0 y 13,5 millones de hectáreas, lo que significará un aumento del 7 por ciento en relación con la campaña anterior. A su vez, las señales de precios y de la demanda internacional no dejan de conjugarse a favor de los productores locales. Mientras la producción estadounidense cae por factores climáticos, crece la demanda de grandes consumidores, como China y algunas economías del sudeste asiático. A 200 dólares la tonelada, se estima que el año próximo las exportaciones podrían llegar hasta los 8000 millones de dólares, una excelente noticia tanto para los empresarios del agro como para el fisco, que promete generar nuevos rounds en la pelea tributaria.
¿Pero las buenas noticias son realmente buenas noticias?
Los preocupados por la ecología sostienen que uno de los problemas asociados al boom sojero es una alarmante tendencia al monocultivo que atenta contra la biodiversidad de los ecosistemas involucrados. Algunas organizaciones que representan a los pequeños productores ponen el acento en el proceso de exclusión social provocado por las economías de escala asociadas al cultivo. Desde la economía agropecuaria se suma el ingreso y consolidación de un nuevo actor al circuito de acumulación agraria. Se trata de las multinacionales proveedoras del paquete “semillas transgénicas más herbicida”.
En este contexto resulta discutible el análisis ecologista que suele asociar daño ecológico y exclusión social al carácter transgénico de las semillas utilizadas. Al igual que los luditas, que en los albores del capitalismo creían que la destrucción de las máquinas pondría fin al imparable nuevo modo de producción emergente, los actuales luditas verdes sostienen que el problema del monocultivo responde a la mejora tecnológica. Olvidan que “tecnología” es técnica en un marco cultural, que el marco cultural de las técnicas transgénicas se llama capitalismo y que la raíz del problema del monocultivo y la exclusión no está en las semillas, sino en las relaciones de propiedad de la tierra. Pero para organizaciones como Greenpeace denunciar la explotación social en las economías periféricas parece tener menos glamour que un crucero por la Antártida o un viaje por el Amazonas.

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