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Martes, 28 de junio de 2011

TEATRO › SUSANA TORRES MOLINA PRESENTA SU OBRA ESTáTICA

Una fricción electrizante

Subtitulada Oratorio para cuatro cuerpos, la nueva pieza de Torres Molina aborda la decadencia física, la necesidad de consuelo, la culpa y la evocación del pasado. “Intenté no caer en solemnidades: hay humor, ironía y mordacidad”, dice la autora.

 Por Cecilia Hopkins

A la carga eléctrica generada por fricción se la llama estática. Y con esta palabra, Estática, la dramaturga Susana Torres Molina bautizó el texto que escribió en 2002, el mismo que acaba de subir a escena en el Teatro Ofelia (Honduras 4761) bajo la dirección de la propia autora. Torres Molina, que viene de hacer una exitosa temporada con Esa extraña forma de pasión, también de su autoría, decidió convocar a algunos de los actores que compartieron esa experiencia. Así, volvió a reunir a Emiliano Díaz, Silvia Dietrich, Gabriela Saidon y Santiago Schefer, quienes habían dado forma a las diversas situaciones del anterior montaje, referido a la vida en los campos de detención durante la dictadura militar y la relación entre represores y detenidos, entre otras cuestiones. En esta oportunidad, el paso del tiempo es el tema que la obra privilegia, focalizado en la relación de una madre de 95 años y su hijo, interpretados por Dietrich y Díaz. La decadencia física, la necesidad de consuelo, la culpa y la evocación del pasado encuentran en esta obra subtitulada Oratorio para cuatro cuerpos ciertas derivaciones complementarias que aportan los otros dos personajes, la Muda y el Testigo, a cargo de Saidon y Schefer. Escrita en forma de poema libre, Estática presenta a la Madre, el personaje pivote, como a un ser demandante, fijado en sus recuerdos, especialmente en los años en que siendo adolescente viajaba hacia Europa en el Cap Arcona, barco de lujo apodado “el rey del Atlántico Sur”. En su confusión mental, la madre sigue sin comprender cómo fue que el peronismo la despojó de todo. Su hijo, que la tiene internada en un geriátrico, no sabe a ciencia cierta qué es lo mejor, si acompañarla hasta el final o dejarla librada a su suerte. Cerca de ellos discurre sus pensamientos la Muda, una joven que, por desobedecer los mandatos de sus padres, fue expulsada de la familia, a pesar de su embarazo. El Testigo, por su parte, dice todo lo que los personajes callan.

Finalista del premio madrileño Casa de América, Estática fue reelaborada por Torres Molina desde la dirección, acatando a pies juntillas la advertencia que ella misma escribió a modo de prólogo: “Estática es un texto abierto, sin didascalias, para invitar a la dirección y a los actores a explorar la relación de los personajes entre sí, y con el espacio escénico sugerido. Y de ese modo inaugurar nuevos sentidos y asociaciones poéticas que escapen y rebasen –en muchos casos afortunadamente– el mero texto dramático”. Así, entonces, los personajes fueron encontrando su espesor hasta convertirse “en fuerzas que entran en situaciones que van exacerbándose y agudizándose durante el desarrollo de la obra”, según define la autora y directora en una entrevista con Página/12 quien, por primera vez, buscó la manera de paliar la soledad que implica la dirección invitando a asistir al desarrollo de los ensayos a una psicóloga, María Masquerone, con quien pudo contrastar resultados y objetivos. A pesar de su estructura fragmentaria, los monólogos que incluye la obra fueron integrados en un entramado de acciones, con la intención de evitar cualquier corte.

“Entiendo al arte como la revelación de lo que está en las sombras”, define Torres Molina. Y agrega que la crítica a lo establecido es también un punto importante en su forma de concebir al teatro: “En Estática tomé como excusa el tema de lo familiar, pero la asfixia que encuentro allí me sirve para hablar de otros temas y, de esta manera, ir de lo micro a lo macro”, explica. No obstante, la autora sabe que a pesar de que la puesta alienta ciertas formas de comicidad, el espectador puede no salir indemne de la experiencia: “Escribí esta obra rayando el humor negro, la tragicomedia y el grotesco –afirma Torres Molina–, pero sé que toca temas muy fuertes, de los cuales es muy difícil reírse”.

–¿Cómo son estos cuatro cuerpos que presenta la obra?

–Una madre demandante que sufre no sólo el deterioro físico, sino también un deterioro de clase. Aferrada a sus dos carteras, siente que le robaron todo. Su hijo, por su parte, duda permanentemente y dilata toda decisión en relación con lo que debe o debería hacer por su madre. Hay un testigo que observa y que dice lo que no debe ser dicho y un personaje, la Muda, que es la rebelde de su familia, que bien podría ser una de las militantes que en los ’70 le dieron la espalda al bienestar de su casa para alcanzar el ideal de una sociedad más justa.

–¿Cuál es el aporte de las imágenes filmadas?

–En una pantalla se proyectan los momentos idílicos de la madre, referidos a sus viajes. Las imágenes las obtuve documentándome y aprovechando también materiales familiares, con la idea de recrear lo verídico, ficcionalizándolo. Sé que tengo olfato teatral para aprovechar situaciones propias o de personas que me rodean.

–¿Cuál es el elemento central en su teatro?

–Es en los actores donde está la clave de todo: si ellos no imantan con su presencia, el texto no tiene ninguna potencia por más bello que sea. Entonces, como dramaturga y directora tengo el desafío de sacar al texto de un primer plano y mostrar cuerpos dotados de una gran presencia escénica.

–¿Cómo son los actores que convoca?

–Busco actores poseídos por una gran fuerza interior, exaltados, afiebrados. Les rehúyo a la melancolía y la impavidez. Intenté no caer ni en golpes bajos ni en solemnidades. Hay humor, ironía, mordacidad. Como artista, me atrae hablar de lo que se oculta bajo la alfombra.

–¿Cuáles son las etapas que recorre en su trabajo creativo?

–Me planteo cómo hacer para conjugar cuerpos expresivos y potentes con textos que interroguen e interpelen acerca de todo lo que no se dice. La tarea es encontrarle el código. Y mientras va apareciendo, creo que no hay que tenerle miedo al caos creativo. Hay que saber tolerar la incertidumbre y no recurrir a soluciones conocidas. En algún momento se hace la luz. Además, es bueno sorprenderse de uno mismo.

–¿Cuando escribe también piensa en la puesta?

–Primero escribo y después cada idea encuentra su propia forma. Nunca me digo “qué difícil que va a ser llevar esto a escena”. No puedo traicionar lo que me va saliendo.

–¿Qué le entusiasma más, escribir o dirigir?

–Escribir es un placer absoluto. Dirigir, en cambio, implica también asumir otros roles. Porque así como se trabaja en el teatro alternativo, también el director es productor y esto requiere mucha voluntad. El teatro es un arte de minorías, selectivo. Por eso mismo uno tiene el control absoluto de su trabajo. En cambio, cuanto más masiva es una expresión artística existen más condicionamientos y presiones. Y hay más gente que opina de tu trabajo y lo recorta.

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“Como artista, me atrae hablar de lo que se oculta bajo la alfombra”, dice Torres Molina.
Imagen: Bernardino Avila
 
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