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Sábado, 8 de abril de 2006

TEATRO › MIRIAM GOLDSCHMIDT, DISCIPULA DE PETER BROOK

Una actriz en el laberinto de Peter Brook y Beckett

La intérprete alemana llevó al Festival de Bogotá la obra Días felices, de Samuel Beckett, dirigida por Peter Brook.

Desde Bogota

El X Festival Iberoamericano de Bogotá lo esperaba. El rumor decía que el gran mito del teatro llegaría. Peter Brook –el heredero de las teorías de Brecht, Meyerhold, Grotowski y Artaud, famoso por sus puestas de Shakespeare, su experiencia con el teatro sagrado y de la crueldad– no llegó a la capital colombiana. Sin embargo, arribó su puesta de Días felices, pieza de Samuel Beckett, con la que el festival de Bogotá recibió la mejor faceta de Brook: su trabajo escénico. La actriz alemana Miriam Goldschmidt es quien lleva adelante este monólogo, interpretando a una mujer que, enterrada hasta el cuello en cenizas, atrae al público durante noventa minutos casi sin moverse. Discípula de Brook desde la década del 70, Goldschmidt habló con Página/12 sobre los entretelones de la puesta.

–¿Cómo llegó a la compañía de Peter Brook?

–A Peter lo conocí en 1971. El invitaba a gente de todo el mundo, de diferentes países, con diferentes trasfondos sociales, idiomas, necesidades, conocimientos. Yo fui la última en llegar al grupo, la más pequeña. Fue el encuentro entre una persona muy joven, inexperta pero con talento, con una persona muy experimentada.

–¿Cómo trabajaron este personaje tan difícil de interpretar?

–En 2002, Brook me pidió que hiciera esta obra. Seis años antes me lo había pedido pero yo le había dicho que no. Seis años más tarde, nos encontramos en Alemania y lo leímos juntos. Finalmente, acepté el papel. Porque él es mi maestro, mi amigo, el padrino de mis hijos y una de las pocas personas que realmente me conocen.

Así, Goldschmidt se metió en la piel de Winnie. En medio de un calor infernal y hundida hasta el cuello en una montaña de ceniza, Winnie asume la situación con naturalidad y ante cada adversidad sale adelante con una frase optimista. Un cepillo de dientes, un espejo, una sombrilla y hasta una respuesta monosilábica de su marido son los elementos que le bastan para afirmarse como una mujer feliz. Ciega de su condición, cómplice de su propio destino, Winnie no pide que la liberen. Se ha adaptado a su situación y acepta con pasividad su hundimiento. Leída tradicionalmente como una metáfora de una clase social en decadencia, esta obra de Beckett abre para Goldschmidt posibilidades interpretativas. Dice entusiasmada: “Beckett le otorgó al personaje una fantástica posibilidad: la de encontrar, partiendo de la imaginación, algo que vale la pena. Winnie ha salido de la historia: está ahí pero no se sabe si está viva o muerta”.

–¿Está realmente contenta o dice ser feliz para evadir la realidad?

–Es una gran pregunta y yo no puedo responderla. La obra puede ser interpretada como una gran mentira. Pero tal vez en eso resida la mayor de las verdades. Que se puede encontrar placer en mover sólo los ojos. Es el personaje más esperanzador en la historia de la literatura.

–Este año se cumple el centenario del nacimiento de Beckett. ¿Cuál es la razón profunda por la cual los teatristas se vuelcan a revisar su obra?

–Beckett está fuera del tiempo. Yo no me considero la abogada de Beckett, sólo, de alguna manera, soy su víctima. Su obra trata acerca del fin de los días, y a él se le ocurrió ver este final como algo feliz. Y yo le creo.

Informe: Alina Mazzaferro.

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Miriam Goldschmidt sedujo al público casi sin moverse.
 
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