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Jueves, 22 de junio de 2006

TEATRO › EDUARDO MISCH Y LA PUESTA DE “LOCURACION”, DE TATO PAVLOVSKY

El loco artefacto de múltiples piezas

Nacida como “un compendio de Pavlovsky”, la pieza integra cuatro textos, con una puesta que impacta desde lo escenográfico.

 Por Hilda Cabrera

La locura como cura, reverso de la existencia adormecida. Así se presenta Locuración, espectáculo sobre cuatro textos de Eduardo “Tato” Pavlovsky reunidos en un montaje del actor y director Eduardo Misch y el grupo El Soporte, que se presenta todos los jueves en El Camarín de las Musas (Mario Bravo 960). La génesis del trabajo data de 2004, cuando el director, acompañando a Pavlovsky en una gira por Francia con Variaciones Meyerhold, decidió ensayar uno de sus textos breves, Análisis en París (2003), que integró el proyecto El Diván. “Le pedí a Mauricio Zulueta, compañero de estudio y militancia en el ENAD, que me supervisara colaborando en la dirección”, cuenta Misch. “Poco después Carolina quiso que la dirigiera en Bicicleta molida y Sofía y Sebastián eligieron Tercero incluido. Mauricio había preparado Parroquiano en el conservatorio, y dije tengo un compendio de Pavlovsky.”

Asistente de dirección y secretario del autor de La espera trágica, El señor Galíndez, Telarañas y Potestad, Misch se ocupa también de los rubros técnicos. Participó del montaje de La muerte de Marguerite Duras de Daniel Veronese; fue actor en La gran marcha, puesta de Norman Briski; de Imperceptible, dirigida por Susana Evans, y se desempeñó como coordinador del taller de actuación del servicio de Salud Mental del Hospital Alvarez. “Conozco toda la obra de Tato y su entorno”, dice. “Lo vi en todas sus obras, en Rojos globos rojos, Potestad, Poroto... En 2007 haré Dirección contraria.” Actor en Criaturas, de Alberto Adellach, dirigido por Beatriz Matar; en Gore, escrita y dirigida por Javier Daulte, y en otras puestas, Misch admira a Griselda Gambaro y Osvaldo Dragún, de Ionesco y Samuel Beckett. Luego de Locuración participará de otras piezas de Tato, Sólo brumas, como asistente de dirección de Martín Pavlovsky, y Largo encuentro, una puesta de Elvira Onetto.

La idea de curación se afincó en el grupo y enlazó a los personajes: al analizado que asegura que para los argentinos “analizarse en París es como un diploma”, aun cuando “últimamente, con la miseria que existe nos avivamos de que somos latinoamericanos”; al “parroquiano” que encerrado en un loquero confiesa su asesinato; al Anastasio atrincherado en su cama a la espera de un imaginario enemigo y a la compañera de éste, Carmela, fastidiada por la falta de sexo. A ellos se suma otro que –según Misch– exorciza mediante palabras un ataque de asma. “Unifiqué estas obras a partir del descubrimiento escenográfico”, puntualiza. El artefacto que aparece en escena fue concebido durante una noche de insomnio. Imaginó a los personajes metidos todos en una misma cama, porque el primer disparador fue el ámbito de Tercero incluido (de Teatro Abierto 1981). “Con Mauricio diagramamos una cama que después se convirtió en una estructura que nos permitió crear un universo subterráneo”, señala.

–Más que una cama impresiona como un cuadro con doble fondo, donde los personajes se encuentran aprisionados.

–Sí, fueron cuadros desde donde ellos podían decir sus verdades. Nos costó relacionarlos, porque el de Bicicleta... parecía no tener lugar.

–¿Por el lenguaje quebrado?

–Imaginamos a una persona en medio de un ataque de asma, alguien que se ahoga y dice cosas que le sirven para aliviar la crisis. Le encontramos un tránsito en la obra cuando nos dimos cuenta de que esa forma de expresarse traducía nuestras angustias.

–Sin embargo, esa persona mantiene su independencia del resto. No es lineal como Anastasio o Carmela, de Tercero incluido...

–El texto de Bicicleta... se entiende por las resonancias que produce en los espectadores y en nosotros. El personaje, interpretado por Carolina Pavlovsky, simboliza nuestro doble. Es un modo de poner palabras al miedo. El miedo y la angustia son expresados con palabras que se cruzan y con imágenes no coherentes.

–¿El “doble” representa el lado más conflictivo?

–Es el lugar del resguardo, pero no de la salvación, porque uno se resguarda a veces de lo que no quiere ver. El doble dice lo que callamos. Extrañamente, los monólogos de Análisis..., Parroquiano y Bicicleta... atravesaron nuestra vida.

–¿Hubo una intención surrealista? Se relacionó el montaje con el “cadáver exquisito”.

–Eso se dijo por la fragmentación de los textos y de las imágenes, pero ideamos la puesta sin esa intención surrealista. Inventamos de 30 a 40 cuadros y fraccionamos los cuerpos tratando de descubrir las posibilidades del movimiento: queríamos que parecieran elásticos, que las manos y los pies emergieran de esos cuadros desde lugares insólitos.

–¿Es lo que se buscó en la catarsis del “parroquiano”?

–Nosotros la llamamos convulsión. Parroquiano es un texto muy difícil de sostener. El personaje no puede controlar su estado ni las manos que lo aprisionan, pero que también le dan aire y hasta lo calman.

–¿Cuáles son las “verdades” de estos personajes?

–Las que necesitan decir sobre las cosas que los movilizan. Tato tiene una forma de escribir que se conecta con el devenir, con lo que sucede aquí y ahora, y estas cosas que suceden son “las verdades”. Intentamos que eso que dicen en las cuatro obras se conozca al mismo tiempo. Es muy raro el universo que se fue formando a partir de este tratamiento y de la invención del artefacto. Por debajo de esa estructura todos se encuentran en un mismo espacio, pero cuando emergen lo hacen en lugares diferentes: un consultorio, una trinchera, un manicomio... Esta invención nos dio libertad. Antes de Locuración había un tinte intelectual en lo que hacíamos, ahora nos sentimos como chicos jugando. Nosotros llamamos a esto “la briskeada”, porque creemos que es influencia de los artefactos que le gusta crear a Norman Briski.

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“Tato tiene una forma de escribir que se conecta con el devenir, con lo que sucede aquí y ahora.”
 
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