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Miércoles, 8 de agosto de 2007

TEATRO › MARCELO BERTUCCIO, DIRECTOR Y DRAMATURGO

“Trabajo en busca de la pureza”

El teatrista propone en Homenaje a mí misma un montaje muy particular: Andrea Vázquez interpreta a una actriz que recibe espectadores en su propia casa y hasta les da de comer.

 Por Cecilia Hopkins

En Homenaje a mí misma, Andrea Vázquez, bajo la dirección del dramaturgo Marcelo Bertuccio, interpreta el rol de una actriz que recibe espectadores en su propia casa, no sólo para que la vean actuar en dos monólogos (Orejas caídas y hocico casi cilíndrico, del mismo Bertuccio, y Javier y Javier, de Roberto Saunier), sino también para mostrar un video de su autoría y para convidarlos con exquisiteces de la cocina naturista, preparadas por ella misma (en rigor, por la propia Vázquez). El espectáculo-degustación se ofrece los domingos a las 16.30, en la sala Apacheta, en Pasco 623.

Del peculiar conjunto es preciso señalar un caso curioso: el primero de los textos (Orejas caídas...) está cumpliendo una gira por diversas ciudades de Francia, bajo la dirección de Michel Didym, tras lo cual será estrenada en el Teatro de la Colline. Había sido traducida para la ocasión por Armando Llamas, publicada por Les Solitaires Intempestifs (la editorial que fundó Lagarce), presentada en un semimontado en París, por el propio autor, y luego, en el Festival de la Mousson d’Ete. “Es superlativa la aceptación de este texto. Quizá sea el más honesto de toda mi producción, porque no veo imposturas en él. Es casi de expresión pura. Y creo que cuanto más pura es la expresión que se genera, mayor resonancia logra en sus receptores. Trabajo de modo permanente en la búsqueda de esa pureza”, afirma Bertuccio en una entrevista con Página/12. El director y dramaturgo espera estrenar el año próximo Lapsus, pieza también traducida al francés, con un elenco integrado por la misma Vázquez, Nacho Gadano, María Inés Howlin y Esteban Fagnani.

–¿Cómo percibe su carrera dramatúrgica?

–Tuve un efímero éxito inicial como dramaturgo en los ’90 (El señor Bergman y Dios), al que siguió un alejamiento voluntario de varios años dedicado a la experimentación y al dictado de talleres, espacio en el cual aún hoy aprendo muchísimo. Luego de un infarto y de una especie de autoexilio en Mendoza, hoy empiezo a sentir que encuentro mi verdadera forma de trabajar, la que por fin me expresa, y que tiene sus referentes en la filosofía hermética (madre primigenia de la física cuántica) y la práctica activa de la filosofía zen.

–¿Orejas caídas...es una de las obras más difundidas de su producción?

–La considero un milagro. En Buenos Aires la estoy trabajando desde el 2001, cuando la estrené con Andrea Vázquez, que la sigue haciendo hasta hoy, en el Centro Cultural Recoleta. Luego la presentamos en Madrid con una nueva puesta, ya que nos encontramos con un espacio y una disponibilidad técnica completamente diferentes. Me interesa que los espectáculos tengan la posibilidad de mutar, de evolucionar, en relación con las condiciones que se presentan en cada oportunidad y, en lo estrictamente teatral, a cada espacio diferente. El espacio, la arquitectura, su energía constituyen el marco de contención de cualquier texto, de cualquier actor, y trato de tenerlo siempre muy en cuenta. También hicimos esta obra en el festival que funcionó como apertura de la Ciudad Cultural Konex, en un laboratorio desmantelado. Hasta hoy que, en su última versión escénica (a mi juicio, la que mejor expresa el texto), está asimilada a Homenaje a mí misma.

–Como en Orejas caídas..., en sus obras es habitual que aparezcan animales con un valor simbólico o metafórico. ¿Piensa lo mismo?

–No lo había pensado hasta este momento, pero de tener que descubrir un bestiario en mi obra, pienso en los chanchos y los murciélagos que aparecen en Orejas caídas...; los vampiros y los gatos en El que trabaja con el martillo, los pájaros en El señor Bergman y Dios; los peces en Señora, esposa, niña, y joven desde lejos; los perros en El propósito colectivo; las moscas y las palomas en Víctimas,... y seguramente podría encontrar más. Lo que no me atrevo a afirmar es que contengan un valor simbólico o metafórico. Sé que lo tienen, pero en el acto de escribir no estoy atento a eso, porque estoy más imaginando que pensando en ese momento. Y de lo que estoy plenamente convencido es de que las imágenes que genera la pura energía creadora tienen siempre valor simbólico y metafórico. Pero descubrirlo y ponerlo en escena ya no es tarea del dramaturgo. Ese es material de trabajo del director.

–¿Por qué le interesan más los personajes femeninos que los masculinos?

–Es verdad. Puedo trabajar más cómodo con los personajes femeninos. Quizá porque conozco mejor a los hombres. Además de que en la vida cotidiana (que es para mí la fuente de creación más generosa) puedo llegar más rápido a descubrirles a los hombres ciertos mecanismos, que los vuelven menos impredecibles. Las mujeres, en cambio, siempre son impredecibles para mí. Quizás ese misterio me dé más libertad para crear personajes mujeres. No es que las conozca, para nada. Acabo de decir todo lo contrario. Pero, justamente, por eso, puedo imaginarlas con mayor complejidad.

–¿Cómo surgió el armado de Homenaje a mí misma...?

–Fuimos convocados a participar en un ciclo de monólogos femeninos que se organizó el año pasado en el Beckett Teatro. Por entonces, recibí para su supervisión Javier y Javier, texto de un alumno muy talentoso, Roberto Saunier. Lo hicimos explorando el territorio de la remanida “voz en off” en un trabajo de audio de Gustavo Lucero, músico con el que trabajo desde hace años. Luego surgió la idea de unir a esta obra Orejas caídas... y apareció la idea del ego y de los homenajes que, si estamos desprevenidos, nos hacemos los artistas a nosotros mismos. Entonces surgió el Intervalo, un espacio de improvisación, la invitación de Andrea (o de quién sabe cuál de esas tantas mujeres que están ahí) a probar la comida que ella misma preparó antes de llegar al teatro, y un video unipersonal que dirigió Cecilia Buldain.

–¿Salió una especie de performance?

–Sí, en su acepción plástica o teatral, pero no en la patética adopción irresponsable del término que hacen en los concursos de televisión. En la sala se reflexiona activamente sobre el asunto de lo que se es y lo que se actúa. Así surgen las preguntas inevitables: ¿quién actúa más en un teatro, el actor o el público?, ¿actuar es mentir o es el modo más efectivo de decir la verdad?; ¿qué certeza tenemos de que lo que asumimos como realidad lo sea verdaderamente...?

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Bertuccio, responsable del “espectáculo-degustación” que se puede ver en la sala Apacheta.
 
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