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Sábado, 22 de julio de 2006

CHICOS › EL ABIGARRADO PANORAMA DE OPCIONES DE ESPECTACULOS PARA LAS VACACIONES DE INVIERNO 2006

Dónde ir con los niños, una comedia de enredos

¿Qué hacer con tanta adrenalina infantil disparada por el ocio invernal? La cartelera porteña estalla de opciones y, afortunadamente, hay para todos los gustos y todos los bolsillos. Aquí –y en la página siguiente– se ofrece un panorama bien completo, con días, horarios y precios.

 Por Silvina Friera

Si hubiera que clasificar las vacaciones de invierno que empiezan hoy dentro de un género teatral, sería lo más parecido a una tragicomedia, y ciertamente bien almodovariana, del tipo Mujeres al borde de un ataque de nervios. Pero aún más inclusiva, porque los hombres no pueden escapar, aunque a veces quisieran, al alboroto en las calles, los teatros, los centros culturales, las confiterías y fast food que prometen “cajitas felices”. Pero ésta es la sensación que prevalece en padres y madres; los chicos tienen tiempo libre –un recreo “eterno” de dos semanas–, mucha ansiedad y demandas estimuladas por el peso mediático de la rubia Panam y de Florencia Bertotti y su Floricienta, del dinosaurio más famoso de la tevé, Barney, de las Chiquititas de la troupe de Cris Morena, de Frutillita o de los clásicos como Disney on ice. Y el marketing y merchandising son como la mecha que termina de encender ese clima que se podría definir como “vaya, vea y compre”, que empieza en la pantalla televisiva y termina en la puerta del teatro, o dentro de las cadenas de comidas rápidas.

Y sí, los chicos sólo quieren divertirse, pero no todo es tan rápido –y efímero–, si se mira bien las múltiples ofertas que ofrece la cartelera porteña. El genial Hugo Midón, en partida doble, con Derechos torcidos (protagonizada por el versátil Oski Guzmán y un ajustado elenco de niños) y con Objetos maravillosos; Gerardo Hochman y su circo tan vibrante, festivo y poético de Sanos y salvos; Enrique Federman y su teatro artesanal, que él define como “tracción a sangre”, en La fila; Claudio Gallardou y su versión aggiornada del cuento de Perrault, Caperucita y el lobo, y Adelaida Mangani y el grupo de titiriteros del teatro San Martín con Romeo y Julieta y Paso a paso, son algunos de los nombres que garantizan, a priori, calidad en medio de la cantidad de propuestas que se prenden improvisadamente a la movida de las vacaciones de invierno. Pero también Héctor Presa y las comedias musicales que presenta en La Galera Encantada durante todo el año, o María Inés Falconi con Chiches, obra pensada para los más chiquititos, además de otros espectáculos teatrales, de títeres y de música concebidos por la autora, o la infatigable Sarah Bianchi y los montajes en el Museo Argentino del Títere.

Pero no son los únicos. La lista se puede ampliar sin perder ese horizonte común de respeto por el imaginario de los chicos, implícito en una suerte de “pacto” que los artistas establecen con sus espectadores. Un ejemplo de ese guiño y complicidad es Los Cazurros con Diversión: Pablo Herrero y Ernesto Sánchez incorporan las nuevas tecnologías, pero siempre preservando al juego como algo esencialmente artesanal y vital. El circo tiene en Pasión animal (ganadora del premio Estrella de Mar 2005) una perspectiva original: la obra, dirigida por Mario Pérez y Gabriela Ricardes y representada por la escuela El coreto (seleccionada recientemente por el Cirque du Soleil para realizar la producción artística de la première de Saltimbanco), rescata las rutinas circenses que habitualmente realizaban los animales, para ser representadas por los artistas. Con una mirada clownesca, Vincent y Paul, protagonizada por el autor de la obra, Mariano Singer, y dirigida por Ricardo Sverdlick, propone un viaje imaginario por Arles, donde Vincent Van Gogh y Paul Gauguin se conocieron. El espectáculo recrea esa convivencia “imposible”, los encuentros y desencuentros entre dos grandes artistas que parecían el agua y el aceite: uno caótico y con el peso de la locura sobre sus espaldas (Van Gogh), el otro, prolijo y más ordenado (Gauguin).

Se sabe que los clásicos de la literatura universal siempre funcionan. El grupo de teatro El Globo recrea en una versión libre del famoso espadachín conocido por su enorme nariz, Cyrano de Bergerac, de Edmond Rostand, con dirección de Hernán Peña; la compañía Alas adaptó Aladino y la lámpara mágica; la dupla Pepe Cibrián Campoy y Angel Mahler revisitaron el tradicional cuento de Perrault, El gato con botas, en clave de comedia musical; el grupo de teatro negro Kukla se animó con Pulgarcita, de Andersen, y La O de Odiseo es la versión libre que propone la directora Cecilia Miserere, pero también hay una parodia de Héctor Presa, Odisea, el musical infantil, sobre el clásico del poeta griego Homero.

Hay dos fenómenos en esta temporada que sorprenden: los títeres (con técnicas de manipulación diversas y tamaños para todos los gustos) y los espectáculos gratuitos. Simultáneamente conviven dos festivales, el Internacional de Títeres y Teatro Al sur del sur, organizado por el grupo Libertablas y Catalinas Sur, con 150 funciones (90 de acceso gratuito) y entradas que oscilan entre los 5 y 8 pesos, y el 12 Encuentro de Teatro, Títeres y Cuentos, un clásico que se presenta en las dos salas de la Universidad Popular de Belgrano (UPB). En el Museo Argentino del Títere rotan los trabajos de Los Quintana, los grupos Chinche poroto (de Catamarca) y El búho (Chubut), entre otros. También El Nudo compañía teatral ofrece una obra de títeres para toda la familia, Un tigre en el gallinero, con dirección de Nelly Scarpitto. Los Títeres de Don Floresto continúan presentando su repertorio en la Asociación Italiana de Belgrano, y La flauta mágica, recreación de la ópera de Mozart del grupo Babel Teatro, sigue con funciones en el teatro Cervantes. El grupo El Yeite arremete con sus muñecos en Bichitos, la Compañía de Omar Alvarez con El viento entre las hojas y Carolina Erlich con Caminito de hormigas. Y hasta los nenes de dos años pueden sumergirse en el mundo de estos objetos que cobran vida con Soluciones para ir a dormir S 0A.

Si hay muchas aduanas para los jóvenes hoy, como señaló el antropólogo Néstor García Canclini en una entrevista con Página/12, los precios de las entradas son las aduanas o los peajes que los padres que pueden pagan para satisfacer los deseos de sus hijos. Pero esos padres no son todos los padres del país, y a veces las barreras que excluyen a muchos chicos no son necesariamente escandalosas –hay entradas que arrancan desde los cinco pesos–, pero son realmente dolorosas e imposibles de solventar cuando hay varias bocas que alimentar (antes que entretener), sueldos muy bajos –cuando hay trabajo– y la pobreza empujando hacia al fondo de la pirámide social a familias enteras. Quizás este año, como nunca antes, las secretarías de Cultura de la Nación y de la Ciudad buscaron paliar esta situación injusta con una agenda nutrida de actividades gratis en todo el país y en muchos barrios porteños (ver aparte).

No queda más alternativa que rendirse a la evidencia: las vacaciones de invierno podrán moverse una o dos semanas del almanaque, pero siempre están. Y lo paradójico es que cuando terminan, cuando las puertas de las escuelas se vuelven a abrir y el timbre suena, los chicos las extrañan y los padres necesitan tomarse “vacaciones de las vacaciones” y de tantas cajitas felices. Pero si resiste a la embestida frontal de sus hijos o sus nietos, quizá recuerde las peripecias de estas dos semanas como una desopilante y disparatada comedia de enredos.

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Disney on Ice.
 
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