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Sábado, 4 de julio de 2015

CULTURA › LA MUERTE DE EDGARDO RUSSO, UNA PERDIDA PARA LA LITERATURA ARGENTINA

Un editor exquisito y vehemente

Construyó un formidable catálogo en Adriana Hidalgo e Interzona y en su propio proyecto editorial, El Cuenco de Plata. Puso en circulación obras de Filloy, Gombrowicz y Copi, entre otros.

 Por Silvina Friera

La pasión desmesurada de Edgardo Russo ha dejado marcas imposibles de borrar. Se ha granjeado el agradecimiento de miles de lectores rioplatenses, latinoamericanos y españoles por rescatar y poner en circulación las obras de Juan Filloy, Felisberto Hernández, Witold Gombrowicz, Copi, Armonía Sommers, Henry James, Leopold von Sacher-Masoch y Marosa di Giorgio, por mencionar apenas algunos autores de una lista tan ecléctica como extensas. “Mi actividad como editor es casi más gratificante que la de publicar un libro propio. Es la literatura más allá del escritor, es poner al alcance de los lectores autores u obras olvidadas. El dicho debería ser ‘plantar un árbol, tener un hijo, editar libros’”, afirmó Russo –poeta, narrador y traductor–, que construyó un formidable catálogo en Adriana Hidalgo e Interzona y en su propio proyecto editorial, El Cuenco de Plata. El editor exquisito y vehemente –su mala fama de cascarrabias jamás podrá eclipsar su excepcional trabajo– murió a los 65 años, el miércoles a la noche.

Russo nació en Santa Fe el 26 de diciembre de 1949. Su itinerario como editor empezó cuando armó la editorial de la Universidad del Litoral, en su ciudad natal, en 1988. Al poco tiempo publicó su primer libro de poemas, Reconstrucción del hecho (1989), Premio Fondo Nacional de las Artes, y Exvotos (1990); la biografía Landrú por Landrú (1991) y el ensayo La historia de Tía Vicenta (1992). A mediados de los años ’90, ya instalado en Buenos Aires, dirigió colecciones para El Ateneo y Espasa-Calpe. Fue el primer director editorial de Adriana Hidalgo (1999-2002) y estuvo un año al frente de Interzona (2003). Se jactaba, con razón, de haber logrado reunir en la conformación inicial del catálogo de Adriana Hidalgo a poetas tan diversos como Leónidas Lamborghini, Marosa di Giorgio, Juana Bignozzi, Juan José Hernández y Diana Bellessi. “En un auditorio harían explotar una verdadera guerra de los estilos –e incluso alguna o alguno de ellos hasta podría arrojar sobre los otros huevos o tomates–, pero dentro del marco editorial convivieron en armonía”, planteaba el editor que publicó también su primera y única novela, Guerra conyugal (1999), y tradujo a autores como W. H. Auden, George Steiner, Harold Bloom y Henry James, entre otros.

En 2004 decidió que era hora de tener su propio sello independiente, El Cuenco de Plata. Y fue construyendo un catálogo maravilloso en el que se mezclan la Biblioteca Juan Filloy, con títulos emblemáticos como Op Oloop, Caterva, Gentuza o La purga, entre otros; la Biblioteca Gombrowicz, con Trans-Atlántico, El casamiento y Bacacay; La ciudad de las ratas, de Copi; el rescate de la uruguaya Armonía Sommers –La mujer desnuda, La rebelión de la flor y Sólo los elefantes encuentran mandrágoras–; además de varios escritores inclasificables o raros como el italiano Giorgio Manganelli, los alemanes Christa Wolf y Arno Schmidt, el austríaco Leopold von Sacher-Masoch y el francés Pascal Quignard. “El libro como objeto sagrado se superpone siempre a la realidad más procaz del libro como mercancía. A partir de allí se generan equívocos insolubles y a menudo ridículos. La vieja disputa ‘cultural’ sobre el best-seller versus libro de calidad sólo se dirime en el tiempo –advertía Russo–. Un clásico absoluto de la literatura norteamericana, como los poemas de Emily Dickinson, podría no haberse publicado jamás; los manuscritos fueron casi azarosamente encontrados en los cajones de su escritorio después de su muerte. Esto quiere decir que una cosa es la escritura y la literatura, y otra, no siempre coincidente, el mercado y la industria del libro. Los editores y editoras, incluyendo los aparentemente más progresistas, suelen aprovecharse del limbo artístico de la producción literaria para explotar al escritor, camuflando las liquidaciones de derechos, o al traductor, pagándole cifras irrisorias por millar de palabras, aun cuando reciban generosos subsidios. Sabemos que el mercado del libro no es el mercado del arte o el espectáculo, pero a la hora de repartir los beneficios, el editor suele relegar al escritor a la condición de ‘artista desinteresado’, mientras se enfunda los royalties.”

“Conocí a Edgardo hace diez años. Fue mi novela Muerta de hambre la que me llevó hasta él”, recuerda Fernanda García Lao a Página/12. “Lo había seguido como lectora en su paso por Adriana Hidalgo e Interzona. En aquel momento, su exquisito catálogo de El Cuenco de Plata me tenía subyugada. Crucé los dedos y lo llamé. Tenía fama de pocas pulgas. El mismo atendió el teléfono, encantador. Quedamos para el día siguiente. Tuvimos una charla encendida. Hablamos de Felisberto Hernández, Marosa di Giorgio, Juan Filloy. Pero sobre todo, había un autor del que era adorador ferviente: Witold Gombrowicz. Sentí que estaba frente al hombre indicado. Le dejé el manuscrito, me pidió unos días. No pasaron veinticuatro horas. Ahí estaba su voz en el teléfono diciendo que sí, sin secretarias, citas, ni misterios. Y yo, del otro lado. Una inconsciente sin antecedentes literarios. Editor, traductor, escritor, fumador empedernido. Acido, afiebrado. Su última quijotada fue encarar la traducción del Ulises de Joyce, junto a Marcelo Zabaloy. Edgardo fue un creyente. Y su Dios, la edición independiente”, subraya García Lao, que también publicó en El Cuenco de Plata dos novelas más: La perfecta otra cosa y La piel dura.

“Mi relación con Edgardo fue siempre correcta y cordial –cuenta el escritor y traductor Jorge Fondebrider–. Pero sé que entre él y otra gente ha habido malentendidos y un trato más áspero. Sin embargo, creo que tanto quienes tenemos un buen recuerdo como quienes no siempre lo hemos juzgado como un excelente editor lo consideramos uno de los mejores que tuvo la Argentina. Sentía verdadera pasión por lo que publicaba, recuperando lo mejor de nuestro pasado editorial y apuntando a un futuro rico en novedades e ideas.” Bárbara Belloc, poeta y traductora, intenta exorcizar la tristeza por la muerte del editor. “Bibliófilo apasionado, poeta secreto y emprendedor audaz e intelectualmente independiente a ultranza, Edgardo es uno de los más agudos lectores y uno de los interlocutores más intensos que yo haya conocido, y probablemente uno de los últimos editores de pura raza que ha habido en Argentina, de los que eligen los títulos para sus catálogos por amor, por convicción, tras minuciosas y gozosas exploraciones literarias y extraliterarias. Trabajé con él durante muchos años en varios de los sellos que coordinó y fundó, y aprendí muchísimo. Con Teresa Arijón le debemos haber cumplido el sueño de traducir la prosa riesgosa de Clarice Lispector y la poesía magnífica, inigualable, de Alberto Caeiro, con el cuidadoso rigor que abre las puertas a la libertad total, es decir, a la literatura y sus oficios. Y por esto le estuvimos y estaremos siempre agradecidas –reconoce Belloc–. Edgardo el incansable, el polémico, el tímido, el afectuoso, el ojo de la tormenta que leía y traía a nosotros el otro lado de la tormenta: vas a hacer falta, vamos a extrañarte, vamos a recordarte con respeto y cariño inmensos. Esta es para mí tu imagen: en el cuenco de plata, vivo, el fuego.”

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Russo fue, también, poeta, narrador y traductor.
 
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