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Jueves, 10 de julio de 2008

ENTREVISTA AL HISTORIADOR FEDERICO FINCHELSTEIN

“Es todo un síntoma esa idea de que Dios es argentino”

El autor del libro La Argentina fascista analiza el itinerario del fascismo criollo desde Uriburu hasta la última dictadura militar, destacando el modo en que esa ideología sobrevive en la cultura política del país.

 Por Silvina Friera

Sin necesidad de “parar la oreja”, se puede oír en las charlas de café la palabra facho para denotar una actitud política autoritaria, intolerante y represiva. Aun en muchos artículos periodísticos, el adjetivo fascista es un confuso comodín adosado a Juan Domingo Perón, Hugo Chávez, Jorge Rafael Videla o Augusto Pinochet, utilizado más como una crítica política que como un intento de análisis. Federico Finchelstein considera que el fascismo es una realidad histórica concreta que tuvo y tiene importancia en la historia del país. En La Argentina fascista (publicado en la colección de divulgación Nudos de la historia argentina, de la editorial Sudamericana), el historiador argentino, residente en Estados Unidos, plantea que fascismo y nacionalismo son sinónimos en la Argentina. “Si Mussolini fue el padre del fascismo como ideología universal, no hay duda alguna de que los nacionalistas representaban la madre del fascismo a la argentina”. La Iglesia y el Ejército fueron sus “padres adoptivos” en las décadas del ’20 y del ’30 del siglo pasado. La última dictadura militar implicó la consagración y puesta en práctica del ideario fascista, “engendro originalmente criollo”, en el nombre de Dios, la espada y la Patria. El surgimiento de un fascismo vernáculo y el análisis de sus relaciones ideológicas con el peronismo, los antecedentes nacionalistas de las organizaciones terroristas de extrema derecha en los ’60 y ’70 y la importancia del antisemitismo en el fascismo argentino convierten al libro en un texto fundamental para comprender el largo y sinuoso recorrido del fascismo made in Argentina, cuya influencia en la cultura política del país aún se siente con el reciente lockout de los sectores agrarios (ver aparte).

Desde Nueva York, donde enseña historia en la New School for Social Research de esa ciudad –casa académica que se creó para darle un refugio a intelectuales europeos perseguidos por los fascismos, como Claude Levi-Strauss, Roman Jakobson y Leo Strauss, y donde fueron profesores Hannah Arendt, Agnès Heller y Eric Hobsbawm, entre otros–, Finchelstein recuerda en la entrevista con Página/12 que su interés por el fascismo comenzó a principios de los años ’90, durante su formación como historiador en la Universidad de Buenos Aires. Las charlas con una compañera de estudios muy especial de la facultad, Perla Wasserman, antifascista histórica y Madre de Plaza de Mayo, “me hicieron ver con más claridad el largo hilo pardo que recorre nuestra historia, de Uriburu a la última dictadura”.

El autor de La Argentina fascista, que define su libro como una “genealogía ideológica de las desapariciones”, cuenta que si tiene que pensar en los orígenes de su preocupación por el tema en términos de experiencia personal, el hecho de haber vivido su primera infancia durante la dictadura es un dato esencial. “La mirada histórica de la dictadura y su sentido común, mezcla de retórica antipolítica con una política práctica radicalizada de exaltación de lo ‘nacional’ y persecución del enemigo interno, fue algo que todo niño percibía en los colegios aunque, por supuesto, no en estos términos –aclara Finchelstein–. La historia argentina enseñada en las escuelas radicalizaba la percepción de nuestro pasado como un poco creíble amasijo de mitos falsos y verdaderos que pelean entre sí. Esta historia amateur sigue siendo ejercitada en el presente y, como en sus versiones anteriores, descuida el análisis empírico y la investigación de archivo; habla de buenos y malos, de la patria y la antipatria, cambia las figuritas y no se distingue de la mentalidad binaria de la dictadura en su forma de pensar el pasado.”

–En el libro señala que no es casual que los golpes militares a partir de Uriburu se definan como revolucionarios (Revolución del 6 de septiembre, Revolución Libertadora, Revolución argentina). ¿Por qué los militares que hicieron el golpe del ’76 se autodenominaron Proceso de Reorganización Nacional y no utilizaron el término revolución?

–Los golpes de 1930 y 1943 son claramente revoluciones en contra de la revolución, en tanto los nacionalistas que los llevan a cabo, junto a sus aliados de derecha en el Ejército y la Iglesia, intentan barrer con los valores liberales inaugurados por la Revolución Francesa y, según la entienden algunos, también con aquéllos de la Revolución de Mayo. Si las revoluciones de 1930 y 1943 son contemporáneas de los fascismos y se inspiran, como Perón, parcialmente en ellos, luego del gobierno peronista las cosas cambian. Los que fueran otrora antifascistas se hacen antiperonistas, es decir, hacen a un lado un valor central del antifascismo que es la defensa de la democracia. El antifascismo es esencialmente democrático porque el fascismo global es esencialmente antidemocrático, mientras que el antiperonismo no tiene problemas en sustentar regímenes a partir de genealogías golpistas y prácticas autoritarias. De hecho la violencia “liberal” de 1955 supera el autoritarismo peronista que la precede. Después de 1945 muchos argentinos parecen coincidir en el “espanto” mutuo del que hablaba Borges, pero pocos se preocupan por entender el golpe como una aberración de la democracia. Esta práctica que se radicaliza no es nueva: ya los socialistas y muchos radicales habían apoyado el golpe uriburista de 1930. Y muchos de sus herederos lo harían en 1976. Independientemente del nombre, la última dictadura es claramente una “revolución contra la revolución”.

–Usted afirma que el movimiento peronista originario no fue fascista pero sí lo fue la “mentalidad” de Perón. ¿A qué atribuye que buena parte del imaginario de la clase media siga asociando al peronismo con el fascismo?

–El peronismo tiene una genealogía fascista bifronte que se relaciona, por un lado, con los gustos europeos de Perón, su admiración por Mussolini y por la Italia fascista que visitó y “estudió”; por otro lado, por la formación nacionalista de Perón, es decir la influencia que tuvieron en su forma mentis las ideas del fascismo argentino. Perón no fue fascista pero, como ha sugerido Tulio Halperin Donghi, sí lo fueron su mentalidad y su vocación. La percepción del peronismo como fascista por parte de los sectores medios es aguda pero anacrónica, en tanto el peronismo viene a ser un fascismo sui generis adaptado a las realidades del mundo de posguerra, y por lo tanto sustancialmente diferente de los fascismos originales. Si para el fascismo el enemigo debe ser eliminado, para el peronismo debe ser ridiculizado, incluso perseguido, pero nunca exterminado. Tampoco el peronismo tiene veleidades imperialistas o busca la guerra como todos los fascismos, y en términos de redistribución su postura también difiere de las políticas corporativas o neoclásicas del fascismo. Las políticas fascistas están claramente identificadas con la concentración del capital en pocas manos, y mientras que en general los fascismos son producto de sectores medios, el peronismo tiene una base obrera que nunca tuvo el fascismo histórico. A pesar de ver su origen en un régimen protofascista como la dictadura de 1943-1945, el peronismo se diferencia de la ideología nacionalista de esa dictadura al intentar moderar el papel de la Iglesia y el Ejército. La idea de que el golpismo militar y la religión deben sustentar la realidad política del país es minimizada por Perón, que prefiere identificar esa sustentación con su persona. La idea fascista, originalmente argentina, de que el Ejército y sobre todo la Iglesia deben tener un papel central como árbitros de la política no es tan importante en el peronismo.

Finchelstein dice que el peronismo y el fascismo se expandieron gracias a las debilidades, o incluso al fracaso previo de la democracia como sistema político, tanto en Argentina como en Italia. “A diferencia del fascismo clásico que usa a la democracia para destruirla y establecer la dictadura, el peronismo tiene su origen en una dictadura militar, pero establece una democracia popular y autoritaria –compara el historiador–. El peronismo no destruye la democracia, pero tiende a vaciarla de contenido. La continuidad sustantiva con Uriburu no se da con el peronismo, a pesar de que Perón participó con entusiasmo en el golpe de 1930, sino con la última dictadura. El peronismo nunca puso en duda la democracia como sistema, más allá de que contribuyera, como los otros partidos políticos argentinos, a deteriorarla.”

–¿El fascismo se literaliza en los campos de concentración durante la dictadura, alcanza allí el mayor grado de concreción?

–En un sentido de análisis genealógico éste es claramente el caso. En el libro demuestro cómo aquello que en los comienzos del fascismo argentino era discurso y práctica se va intensificando con el correr de los años y finalmente con la dictadura, el discurso se literaliza de forma absoluta, se personifica en las personas de sus víctimas imaginarias, pues provienen de la ideología y no de la realidad empírica o demostrable, pero pasan a ser reales en el marco de los campos. Si los fascistas argentinos prometían en 1939 que iban a tirar al mar a los enemigos, la dictadura cumple con esas promesas. Pero la dictadura no fue fascista, aunque sí lo fue parcialmente su ideología en tanto heredera del fascismo originario. Fuera de los campos de concentración, la dictadura fue muchas cosas, dentro de éstos fue totalitaria, radicalmente nacionalista y fascista. Dentro de los campos, sí se pudo recrear un mundo fascista a la argentina en el cual Dios era el verdadero dictador, el verdadero Duce, y sus enemigos, sobre todo personas pensadas como comunistas, “subversivas” y judías, eran eliminados a partir de una cruzada ilegal que se pensaba heroica, y que sólo lo era a los ojos de la banalidad de una ideología nacionalista heredada del pasado pardo del Ejército, la Iglesia jerárquica y la tradición nacionalista. No es casual el hecho de que la Iglesia bendijera estas acciones ilegales.

–Usted advierte que la guerra de Malvinas sigue siendo conmemorada en la Argentina como una fecha patria, que la ideología que la motivó no ha cambiado después de tantos años. ¿En qué otras conmemoraciones sucede algo similar?

–No en muchas otras. Malvinas representa un contexto casi esquizofrénico, fuera del principio de realidad, porque a los militares se les criticó no haber sabido hacer lo único en lo que están capacitados para hacer, es decir ganar una guerra, y sin embargo se siguen defendiendo las razones nacionalistas que motivaron la guerra. Lo único que se podría conmemorar es la derrota de nuestras Fuerzas Armadas, que en la guerra convencional no pudieron “triunfar” frente al enemigo como lo hacían en sus campos de concentración. En Malvinas no hubo héroes sino víctimas, y lo mismo pienso que podría relacionarse con las conmemoraciones críticas de la dictadura. Se habla de Malvinas sin hablar de la dictadura y es imposible hacerlo sin pensar la ideología que hizo posible el desembarco austral. Todos sabemos que sin la derrota de Malvinas la dictadura no habría terminado tan pronto, pero poco se habla de eso o de cómo la derrota permitió finalmente poner en duda una ideología nacionalista que presentaba a Argentina como el país elegido por Dios para instaurar una política de extrema derecha. Esa idea de que Dios es argentino, incluso cuando se la presenta como chiste, es síntoma de un contexto ideológico ampliamente compartido. El silencio con respecto a la realidad malvinera es parte de un proceso que niega la participación de muchos sectores en los festejos de la única guerra del siglo pasado que los argentinos supieron conseguir.

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Finchelstein es argentino, reside desde 2001 en Nueva York y enseña historia en la New School for Social Research.
 
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