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Martes, 6 de enero de 2009

LA NUEVA EDICION “ABREVIADA” DEL DICCIONARIO MARIA MOLINER

Un clásico que no pierde vigencia

Desde que se editó por primera vez, ningún otro diccionario concentró halagos casi unánimes de sus lectores, llegando a ser definido por Gabriel García Márquez como “el más completo, más útil y divertido de la lengua española”.

 Por Silvina Friera

En ese inocultable combate cuerpo a cuerpo entre los gladiadores del léxico, “El Moliner” -–como todos conocen al Diccionario de uso del español (ahora en una nueva edición abreviada publicada recientemente por Gredos), escrito por una bibliotecaria y filóloga aragonesa simplemente llamada María– gana por afano cuarenta y tres años después de su publicación. Desde que se editó por primera vez, ningún otro diccionario ha suscitado alabanzas casi unánimes ni ha contado con el justo fervor de sus lectores. Aunque resulta conveniente aclarar que ese universo hispanoamericano de “amigos del Moliner” incluye especialmente a quienes dependen del idioma: profesores, escritores, traductores, periodistas, aficionados a la filología, universitarios de carreras humanísticas. En homenaje a la claridad ejemplar de su autora, nada mejor que ir directo al grano. Hay una cuestión de piel, de amor a primera vista. Las páginas de María Moliner transpiran el lenguaje de la calle y de los medios de comunicación; resultan fraternales, amenas y simpáticas. Como si se tratara de una parienta cercana, sabia y cómplice, que se visita de vez en cuando, se consulta “el Moliner” como quien entabla una conversación con alguien a quien se quiere mucho; algo que el aún antipático Diccionario de la Real Academia Española (RAE) no ha conseguido, pese a las más recientes revisiones.

Gabriel García Márquez fue uno de los primeros en elogiar la proeza del “diccionario más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua española”. En 1981, el escritor colombiano calculó que el Moliner es “más de dos veces mejor” que el de la Academia. “Tenía un método infinito: agarrar al vuelo todas las palabras de la vida. Sobre todo las que encontraba en los periódicos”, recordaba Gabo la faena de la autora, María Moliner, que nació en Paniza (Zaragoza) el 30 de marzo de 1900. Su familia se trasladó primero a Almazán (Soria) y después a Madrid, donde Moliner estudió en la Institución Libre de Enseñanza. Entre 1918 y 1921, cursó la Licenciatura de Filosofía y Letras en la Universidad Cesaraugustana, que culminó con sobresaliente y Premio Extraordinario. Ingresó por oposición en el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos en 1922, y obtuvo como primer destino el Archivo de Simancas. En la década del treinta se trasladó a Valencia. Mientras criaba a sus dos hijos, participó con fe y esperanza en las empresas culturales que nacían al calor de la II República, trabajando en la organización de las bibliotecas rurales. Escribió Instrucciones para el servicio de pequeñas bibliotecas (publicada en Valencia, en 1937), que fueron muy apreciadas tanto en España como en el extranjero, y cuya presentación preliminar, A los bibliotecarios rurales, es considerada una pieza conmovedora y un testimonio fehaciente del compromiso de Moliner con la cultura como vehículo para la regeneración de la sociedad. Al término de la Guerra Civil, los estómagos franquistas no toleraron el republicanismo de la joven bibliotecaria. Moliner sufrió la pérdida de 18 puestos en el escalafón del Cuerpo Facultativo de Archiveros y Bibliotecarios, que recién recuperaría en 1958.

Hacia 1950 comenzaría a trabajar en esa joya excepcional, el Diccionario de uso del español. Moliner se entregó con pasión al cultivo de un campo recóndito, la lexicografía, que para muchos tenía un tufillo exótico, cuasi nigromántico. Esta mujer silenciada y maltratada por el régimen de Franco emprendió una tarea titánica: construir un diccionario simultáneamente descifrador y cifrado, “que ayuda a entender” y “que ayuda a decir”. Quince años de su vida los dedicó a armar las fichas, pulir como una artesana cada una de las definiciones, señalar el debido empleo gramatical y ofrecer pistas etimológicas sobre miles de palabras. Se le agradece eternamente haber cortado de raíz la tomadura de pelo a la que era sometido el lector de diccionarios en ese círculo vicioso de las definiciones con sinónimos: “amparar”, que se explicaba como “favorecer, proteger”; “favorecer”, como “ayudar, amparar, socorrer”. ¡Menos mal que llegó la dulce María para despejar la maleza y abrir esos cerrojos! Sin ella, los lectores continuarían a la deriva, naufragando por las aguas de las antiexplicaciones. Concibió su diccionario como una herramienta, un instrumento de guía en el uso del español. Por eso huyó despavorida de todo retoricismo o formulismo que oscureciera lo que trataba de transmitir. Desmontó una por una todas las definiciones de la Academia y las volvió a redactar en español del siglo XX, dándoles, en muchos casos, una precisión que les faltaba, y desdoblándolas a menudo en nuevas acepciones y subacepciones.

El parto, esos quince años hasta que publicó los dos tomos de su única obra (1966 y 1967), valió la pena. Entre los diccionarios españoles de lengua o usuales, el de Moliner es el intento renovador más ambicioso que se ha producido en el siglo XX. Se dijo que María trabajaba en la cocina sin ayuda y, mientras revolvía los guisos, anotaba a lápiz usos pronominales y orígenes de palabra. Aunque no es cierto, esta mentira que circuló con tanta fuerza hasta adquirir el estatuto de verdad tiene la belleza atávica de toda ficción que resulta verosímil. Pero la ilustre bibliotecaria republicana contó con la ayuda de tres asistentes y solía escribir con ímpetu en una Olivetti portátil, hecho que atestiguan varias fotos en las que brillan las hermosas canas de una señora laboriosa, convencida de la imperiosa necesidad de su obra.

Podría haber sido la primera mujer en ingresar a la Real Academia Española en 1972 –la habían propuesto Rafael Lapesa y Pedro Laín Entralgo–, pero los celosos custodios de la lengua, tan “honorables” como misóginos, se negaron a abrir las puertas de su hermético palacio a una dama y optaron por el filólogo Emilio Alarcos Llorach. Moliner dijo una de las frases que más veces se ha repetido: “Sí, mi biografía es muy escueta en cuanto a que mi único mérito es mi diccionario. Es decir, yo no tengo ninguna obra que se pueda añadir a ésa para hacer una larga lista que contribuya a acreditar mi entrada en la Academia”. Se puede adivinar el tono zumbón con el que se refería al rechazo de género que padecería por parte del comité de los honorables de la RAE. “Pero si ese diccionario lo hubiera escrito un hombre, dirían: “¡Pero y ese hombre, cómo no está en la Academia!”. Años después de publicado, la autora quiso actualizarlo y corregir algunas imperfecciones, como la incómoda estructura alfabética por familias de palabras y no por voces. Pero no pudo; siguiendo las directrices de Moliner, otros lexicógrafos tomarían la posta dejada por ella. Aquejada por la peor enfermedad que puede atacar a un escritor de diccionarios –el mal de Alzheimer–, María murió en Madrid el 22 de enero de 1981, a los 80 años.

La segunda edición del nuevo María Moliner abreviado compendia 45.000 entradas en 1800 páginas y ofrece una visión precisa del español vigente en todos sus registros (culto, formal, coloquial y vulgar), tanto en España como en América, sin excluir las terminologías especializadas que entran a formar parte de la cultura general actual, como blog, chat, inalámbrico y pilates, además de incorporar expresiones como violencia de género o salir del armario. La razón de la vida de Moliner sigue siendo una referencia ineludible. Y aunque no se lo pueda llevar en la diminuta cartera de la dama, menos en el bolsillo del caballero, ese voluminoso amigo, ahora renovado y abreviado, está en el escritorio, en la biblioteca o en la librería más cercana, dispuesto a proporcionar certezas cuando la duda acecha.

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María Moliner fue receptiva al lenguaje de la calle.
 
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